20 de diciembre de 2018
20.12.2018

El ruido y la furia

20.12.2018 | 02:18
Luisa Cid

No tengo noticia de que se hayan incrementado las consultas médicas por calambres en los dedos y, francamente, no me lo explico. Jóvenes pulgares y añejos índices, vuelan desatados sobre los teclados virtuales de los teléfonos móviles. La pericia con el tirachinas transformada por la tecnología que sustituye la pedrada certera contra uno, al improperio contra todo.
El aparato, narcisista y un poco impertinente, no para de llamar la atención. Cualquier momento de paz es inmediatamente interrumpido por un pitido que nos traslada la última afrenta. Y así pasamos los días. En llamas.
Existen varios impulsos que mueven a las personas. Algunos se mueven por codicia, por su afán de tener más que nadie. A otros les mueve el amor, la lujuria,
la fama o el poder. Y luego están los otros, aquellos cuyo principal combustible en la vida es la
indignación.
En uno de los mejores mundos posibles, son legión los que viven enfadados porque nadie aplica soluciones inmediatas y perfectas, sin efectos secundarios. ¡Tanta evolución para seguir creyendo en la magia! Hay quien sostiene sin pudor que las respuestas simples que lo arreglarían todo existen, lo que sucede es que hay personas que se dedican al mal y no las aplican a propósito porque son odiosos.
Las tormentas de ruido y furia que vivimos algunos días no creo que tengan parangón en la historia de la humanidad. Según los acontecimientos, viene a ser como una jauría humana virtual a gran escala, a la que no le faltan ni los sacerdotes exaltados, ni las antorchas. Algunas de las tendencias irracionales que son secundadas por la masa se estudiarán en los libros de historia. En medio, destacan algunas voces lúcidas y valientes que se empeñan en recuperar el camino de la razón. En el proceso algunos pagan altos precios.
Pero estos días de diciembre, a estas zozobras se suman otras. Los buzones de mis cinco o seis direcciones de correo electrónico están al borde del colapso por culpa de la Navidad. Lo mismo le pasa al WhatsApp y ya temo por las noches del veinticuatro y el treinta y uno y su éxtasis de vídeos, memes, fotos y buenos deseos. La tecnología por fin ha hecho que, de verdad, sea infinitamente más fácil dar que recibir. El botón de "enviar a todos los contactos" tiene, por fuerza, que ser obra de una mente enferma o de algún irresponsable que no supo evaluar las consecuencias.
Entre unas cosas y otras, hay días en que una se siente tentada de decir sobre los móviles, como José Luis Sampedro cuando le preguntaban porqué no veía la tele: "Me quita más de lo que me da".
Aún no hemos llegado a ese punto. Pero cada vez con más frecuencia, entre el hartazgo y la autodefensa, voy dejando olvidado el teléfono móvil en cualquier parte, sobre la mesa, en el coche o en el fondo de un cajón y, durante unas horas, recupero ese estatus que mis hijos les parece ilógico y hasta irresponsable: el de estar ilocalizable. Ese vértigo. Esa sensación de libertad.

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