15 de enero de 2020
15.01.2020
el trasluz

Negocios

14.01.2020 | 23:14

El PP y sus adláteres planificaron bien la maniobra conjunta de extorsión para evitar la investidura de Sánchez, pero se olvidaron de ordenar a los sicarios que pareciera un accidente. No es lo mismo ver a alguien con las piernas rotas por culpa de una caída que conocer el nombre y los apellidos del matón. Ese fallo, en lugar de amedrentar a los amenazados, los envalentonó con los resultados catastróficos que hoy tenemos a la vista: Sánchez gobierna ya con nuestros enemigos, que son los de la patria. Parece mentira que personas que han gozado del magisterio de gánsteres de la elegancia de Luis Bárcenas o de Rodrigo Rato cayeran en la ingenuidad de destapar sus cartas en un acto televisado. Eso se hace discretamente y ofreciendo protección a los traidores. Recuerden el amparo que recibieron en su día Tamayo y Sáez, a quien la gente de Aguirre proporcionó un escondite seguro hasta que pasó el vendaval a fin de evitarles las preguntas incómodas de la canallesca. Si mi memoria no me engaña, pasaron el trago en un hotel de cinco estrellas, tomándose un Martini con aceituna mientras el PSOE perdía una elección que daba por ganada.

Porca miseria.

¿Acaso no han visto ustedes películas de Scorsese o de Coppola? ¿No han visto Uno de los nuestros, por ejemplo? ¿No han visto El Padrino? Cuando los mafiosos entran en una tintorería para exigir a su dueño una cuota fija a cambio de no destrozarle el establecimiento, lo hacen con una sonrisa, de buenas maneras. Y si el extorsionado se resiste, lo atropella a los cuatro días un coche, para que los demás tintoreros tomen nota, y aquí paz y después gloria. No alborotan porque el alboroto no es bueno para los negocios, y aquí lo que está en juego es un negocio, el de España, S. L., que ha caído ya en manos de esos malditos rojos, a ver si vamos entendiéndonos. Pero precisamente porque hablamos de negocios, debemos dejar a un lado las cuestiones de orden personal. Ahí es donde comienzan las guerras internas que nos dañan a todos. Lo dicho, en fin: la próxima vez que enviemos a alguien a dar una lección, debe parecer que la víctima se ha estrellado contra un árbol regresando a Teruel.

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