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La Opinión de A Coruña

Juan Tallón

Nada de pamplinas

Ned, el protagonista de El jardinero fiel, de John Le Carré, es un agente secreto británico de larga experiencia. En un momento dado su superior, Mr. Burr, le propone que investigue si uno de los hombres de la casa es en realidad un espía que pasa información sensible a los soviéticos; todo apunta a que sí. Cuando Ned acepta el caso, Mr. Burr le dice: “Pues adelante. Téngame informado, pero no muy informado; nada de pamplinas”. Imagino que saberlo todo te deja para el arrastre. En cierto sentido, se vuelve descorazonador. Y más en el espionaje. Es mucho mejor, y más práctico, no disponer de absolutamente todos los detalles. Por eso el Gobierno parece no estar muy al tanto del caso Pegasus, aunque a la vez pueda haber dado la orden de espiar a los políticos catalanes. “Es del todo imposible que estemos al tanto de lo que hacemos cuando nadie nos ve”, parece estar a punto de anunciar la ministra de Defensa, aclarando los hechos de una vez por todas.

La vida se hace más llevadera si mezclas conocimiento e ignorancia. Adentrarse en el subsuelo de la inteligencia de Estado es, a fin de cuentas, un viaje directo a la depravación. Qué necesidad hay de bajar tanto. Por eso nunca sobra la frase de Mr. Burr, muy útil para escurrir el bulto. A la hora de la verdad, cuando las cosas no van necesariamente bien para tus intereses, conviene no tener la culpa. Tener la culpa es feísimo, así que, ¿por qué no tratar de sortearla? Recuerdo que en 1990 la Diputación de Ourense reunió todo su fondo artístico con la intención de exponerlo. Durante el traslado de las obras, un cuadro de Fernández Mazas “sufrió un fuerte impacto al ser golpeado por un coche cuando efectuaba una maniobra de marcha atrás, hallándose el cuadro apoyado en uno de los parachoques del patio del aparcamiento, al parecer sin protección”, explicó la Diputación en un comunicado. Parecía un accidente más, hasta que al poco, por otras fuentes, se supo que el automóvil que embistió el cuadro era el coche del propio presidente de la Diputación.

El espionaje se reivindica cada cierto tiempo como una manifestación artística, aunque demasiado peligrosa y complicada. Cuanto más se avanza en un caso, y más información se obtiene, menos claro está siempre lo que pasó. Las historias de espías solo se cierran cuando el relato ya no puede aclararse. Y después está esa ingratitud del oficio mismo. ¡Tienes que negar que lo eres! El espionaje, según la versión oficial, es algo que nunca sucede, como si no estuviese inventado. En un mundo perfecto y justo, un agente secreto debería poder atornillar una placa dorada en la fachada del edificio que dijese “Mrs. Pérez. Espía. Primera planta”. Todos sabríamos que tiene un trabajo de verdad. Le constaría al vecindario, que en el ascensor podría preguntarle por las escuchas, y si quiere que hable más alto; lo sabría el ayuntamiento, que le pasaría un impuesto. Por fin podrías presumir de ser espía y conocer sin cortapisas éticas las conversaciones que no te incumben. Y lo mejor de todo, podrías llevar una vida secreta en la que serías jardinero.

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