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La Opinión de A Coruña

Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Debate de vinos y cañas

Ebrios de cerveza y catolicismo, los irlandeses suelen decir que la bebida es el más rápido atajo hacia la gloria. “Si bebo me emborracho; si me emborracho me duermo; si me duermo no cometo pecados; y si no cometo pecados, voy al cielo”, razonaba a este respecto un famoso rebelde de aquel país.

No es esa, lamentablemente, la opinión de la comunidad científica ni la del Gobierno español, que el otro día recomendó la supresión del vino y de la cerveza en el menú del día de los restaurantes. Por el bien de la salud pública, que tal es uno de sus cometidos.

Aunque se trate de una mera sugerencia, la iniciativa desató un escándalo de lo más normal en un país como éste, donde al acto de socializar con los amigos se le llama “ir de vinos” o “tomar las cañas”. Pocos niegan que la ingestión de alcohol sea dañina, desde luego; pero tampoco hay noticia de que alguien acuda a un bar a pedir —literalmente— una copa de alcohol. Para eso están las farmacias.

Al vino y a la birra se les mira con mayor indulgencia, lo que acaso explique la polémica desatada entre el público por la —leve— intromisión del Gobierno en el negociado del menú del día. Finalmente, el ministerio encargado de la salud optó por retirar el consejo antialcohólico.

Ardua cuestión la del vino y las cañas. Una ley del año 2003 tal vez vigente aún define al vino como “alimento natural”, si bien añade a continuación que la bebida se obtiene “por fermentación alcohólica”. Un producto que alimenta y a la vez emborracha podría parecer un contradiós, pero esto es lo que hay, legislativamente hablando.

Tampoco la ciencia ayudó en su momento a aclarar la situación. Tiempo atrás se afirmaba que una copa diaria de vino tinto —pero una sola— contribuía al mantenimiento de la salud cardiovascular. Una opinión, basada en el contenido del tintorro en resveratrol, que la comunidad médica ha ido desechando ante el razonable temor de que fuese entendida como una incitación al consumo.

Algo parecido ocurre con la cerveza, a la que diversos estudios atribuyen propiedades no ya salutíferas, sino directamente milagrosas. Ingerido en las adecuadas dosis homeopáticas, el dorado líquido prevendría el infarto, retrasaría el envejecimiento, fortalecería las células frente a la amenaza del cáncer y mantendría en forma los músculos de la vejiga.

Los escépticos hicieron notar que algunas de esas investigaciones estaban financiadas por empresas cerveceras, lo que no dejó de restar credibilidad a tan felices conclusiones. Aun así, la discusión sigue abierta, por más que el Gobierno haya dado marcha atrás en su propósito de desalcoholizar los menús.

Alegan, por ejemplo, los defensores del morapio que en España hay quince o veinte bares por cada farmacia, lo que no obsta para que este país tenga la segunda mejor tasa de longevidad del mundo. Y tampoco es mentira que las naciones más prósperas y desarrolladas se caracterizan por dar barra más o menos libre a la bebida, en contraste con la mala vida de aquellas en las que se prohíbe el alcohol por motivos religiosos o de otro tipo.

Quizá sin pretenderlo, el Gobierno ha proporcionado un nuevo tema para debatir en los bares. A la hora del vino y las cañas, naturalmente.

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