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La Opinión de A Coruña

Juan Soto Ivars

El espejo de los ‘haters’

Jordi Molto es un tío que trabaja para El hormiguero de Pablo Motos haciendo cosas con viejos y con cámaras ocultas y también hizo aquel gag con Rosalía donde la gente la ponía verde por la calle, pero en realidad era ella haciendo preguntas con una peluca. Molto empezó a trabajar con Juan Carlos Ortega, que fue su mentor, y la verdad es que en algo se parecen, y no solo en la gerontofilia. El otro día echaron en El hormiguero una de sus secciones. Fue tremenda. Por si no la viste:

Había dos habitaciones. A una invitaron a gente que había dicho mierdas en Twitter sobre Juan del Val, María Pombo y Laura Escanes. No les dijeron que iban a El hormiguero, claro, sino a hablar de las razones por las que odian a esos personajes. En la otra habitación estaban los famosos. Yo no sé cómo carajo engatusaron a los haters, pero para qué te van a llevar a ti a un sitio con muchas cámaras para que hables de tus tuits, si no es para crujirte. En fin.

Entendí que ninguno tenía muy desarrollado el sentido arácnido y que en cambio había muchos egos sobredimensionados. Les daban unos cartones con sus tuits impresos nada más llegar. Les hacían preguntas y les daban coba para que se desfogaran a gusto. Había dos grupos: hombres y mujeres tristes, como los que van a una panadería a las siete y media de la mañana cualquier domingo porque tienen las pestañas quemadas de ver vídeos de “Te lo resumo así nomás”, y chiquitas jóvenes y envidiosas, y graciosetes hipster, sin más pecados o desequilibrios aparentes que usar Twitter.

Total, se explayaban. Se crecían. Y entonces salía por la puerta Juan del Val, o María Pombo, o Laura Escanes. Sorpresa. Los famosos se enfrentaban a quien los ataca de vez en cuando o les dedica el chistecito hiriente ocasional, y a los que se han obsesionado y cultivan su odio con el mimo de una jubilada que hace unos cuadritos de acuarela horribles. ¿Y cómo reaccionaban unos y otros? Los ocasionales se ponían como tomates, unos pocos se defendían, y los obsesionados, en cambio, querían hacerse amigos de su víctimas y sacarse selfis. Curioso el odio en internet, ¿verdad?

El insulto al famoso puede ser barato, una distracción frívola, o síntoma de un serio desajuste, pero internet todo lo iguala. Nos vuelve psicópatas detrás de las pantallas. Bravo, por cierto, por los famosos. ¡Qué papelón! Trataron con encanto y amabilidad a quienes les habían vomitado encima. Chapeau.

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