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La Opinión de A Coruña

Juan Tapia

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Juan Tapia

Timbre de fin de fiesta

Guindos confirma que el BCE dejará de comprar deuda de los estados este mismo junio

Desde hace años la prioridad de los bancos centrales —para salir de la crisis de 2008 y luego por la pandemia— ha sido empujar fuerte a las economías. El punto máximo fue cuando los tipos de interés bajos ya no bastaron y hubo que seguir bombeando dinero comprando bonos, muchas veces de los estados. Los bancos centrales pasaron de ogros a benefactores. Las sociedades se acostumbraron. Y ellos también.

Pero 2022 marca el fin de esta era porque la inflación se ha desbocado. Ahora la prioridad es atajarla porque distorsiona la economía, solivianta a los ciudadanos y crea malestar social. En Francia, donde la inflación es menor que la europea (5,4% frente a 7,5%), toda la campaña de Marine Le Pen ha girado sobre la pérdida de poder de compra de los salarios.

En Estados Unidos (paro 3%, inflación 8%), la FED ya ha subido los tipos un 0,75% y se cree que los va a subir otro 0,5% (lo esperado era un 0,25) en cada una de sus dos próximas reuniones. También va a reducir su cartera de bonos, lo que es quitar alegría (dinero) a la economía. A fin de año habrán pasado del 0% al 2,75% de interés. Pero hay quienes no lo creen suficiente, y Biden y Powell, el presidente de la Fed, están indecisos.

El temor es que la agresividad en la subida de tipos para atajar la inflación acabe provocando una recesión. El pánico ha invadido los mercados y el Nasdaq, el índice de las empresas tecnológicas, las más dinámicas, ha caído un 36% en lo que va de año.

En Europa, el BCE (paro medio 7% frente al 3% norteamericano) era más contemporizador. Christine Lagarde, su presidenta, dijo que veía difícil que los tipos de interés subieran antes de fin de año. Pero todo ha cambiado y el miércoles afirmó que el BCE dejará de comprar deuda en junio y que los tipos subirán enseguida. Antes, el presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, un halcón, había avisado que el retraso en subir tipos —para no frenar el crecimiento— puede obligar luego a tenerlos que subir con más intensidad y dañar más a la economía.

El viernes, el vicepresidente del BCE y ex ministro de Economía, Luis de Guindos, estuvo en Barcelona, en la Escuela de Liderazgo que dirige Duran Lleida en Foment. Y confirmó el giro del BCE, que puede afectar mucho a países como Italia y España. En junio, el BCE dejará de comprar bonos. Se vuelve a la normalidad (olvidada) y la deuda se tendrá que vender en los mercados al precio que fije la oferta y la demanda. Los grandes programas sociales de los estados, que en último término financiaba el BCE comprando deuda, ya no tendrán la financiación garantizada. Y en este nuevo contexto, los estados tendrán que vigilar más que el gasto no dispare el déficit.

Guindos no fue más allá. Cuando se le preguntó si el tipo de interés subiría tres veces un 0,25% antes de fin de año, para pasar del -0,5% actual al 0,25%, se limitó a decir que eso era lo que creían los mercados. Pero, añadió, todo es incierto y depende de circunstancias que cambian. Con la inflación, “todos los bancos centrales nos hemos equivocado”.

Para España lo relevante es que ha sonado el timbre del fin de fiesta. Ha acabado la barra libre para no preocuparse del déficit porque el BCE ya no es el seguro y benevolente comprador.

La pregunta es si el Gobierno —que sigue anunciando medidas que aumentan el gasto— ha oído el timbre. La inflación (8,3%) sigue más alta que el 7,5% europeo y, aunque el tope del precio del gas en la electricidad (que el Gobierno aprobó el viernes) puede ayudar, la propia Calviño cree que el IPC acabará 2022 en el 6%.

Si después del verano —que puede ir bien por la vuelta a la normalidad turística— la economía crece menos, quizás por los efectos de la guerra de Ucrania, las alternativas se complicarán. España todavía debe recibir parte de los condicionados fondos de regeneración europeos. ¿Se podrán seguir manteniendo algunos programas sociales? ¿Las pensiones subirán el 6%, la tasa prevista de inflación?

La nueva era en la que han entrado los bancos centrales plantea duros interrogantes a la política de Sánchez y Calviño. No digamos ya a las exigencias de Podemos. El consuelo —no pequeño— es que el diferencial del bono español con el alemán es menor que el italiano. ¿Estamos mejor que la Italia de Draghi?

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