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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

El retorno del rey emérito

El regreso de Juan Carlos I al que fue su reinado hasta la abdicación en su hijo Felipe VI está resultando tan polémico como lo fue en su día la huida vergonzante al emirato de Catar, que es donde ahora reside. Un pequeño país con una extensión territorial muy parecida a la de la Región de Murcia pero con unas reservas de gas y de petróleo valoradas en cientos de miles de millones de dólares.

La estancia del rey emérito en Catar ha debido de resultar muy beneficiosa porque, entre otras cosas, ha permitido hacer coincidir la visita de Estado del emir con el regreso del monarca autoexiliado, las maniobras de acercamiento entre padre e hijo y la perspectiva de grandes inversiones. Tales que anunció el propio emir en la cena de gala ofrecida a sus invitados en el Palacio Real de Madrid, que suman 5.000 millones de dólares.

Nadie se puede creer que el soberbio espectáculo desplegado por la Casa Real española para halagar a la pareja real catarí no se deba a la casualidad, porque para poner de acuerdo a tanta y tan cualificada gente hay que tocar muchas teclas y no equivocarse ni en una. Un conocido mío, experto en propaganda y publicidad, opina que la película del encuentro entre los dos monarcas está saturada de mensajes subliminales.

El argumento no difiere mucho del que conocimos en tiempos de bonanza. Entonces (aún vivía el general Franco) los monarcas árabes pasaban los veranos en la costa malagueña, donde construyeron lujosas mansiones y una mezquita. Fue la época en la que los felipistas se lanzaron a disfrutar de la prosperidad recobrada y una revista publicó esa portada Locos por la jet, en la que podía verse al ministro de Hacienda, Carlos Solchaga, durante un esparcimiento nocturno en compañía de unos amigos.

Luego, los Borbones prefirieron gozar sus días de ocio en las islas Baleares y trasladaron allí su campamento. Y allí se fueron también los árabes que no querían perder de vista sus inversiones ni sus préstamos. Según trascendió en medios bien informados, el Rey emérito se habría retrasado en la devolución de las cantidades prestadas y hubo algún incidente con el cobrador.

La impresión general es que Juan Carlos I mantuvo fraternales relaciones con los monarcas árabes en la misma línea de entendimiento que acreditaron con el dictador ferrolano. El conocimiento por la opinión publica de aspectos escabrosos de la vida privada del heredero de Franco en la Jefatura del Estado derivó en un enfrentamiento (al menos en apariencia) entre el entonces rey Juan Carlos I y el Príncipe Felipe. La situación se hizo imposible y terminó con la abdicación del primero de ellos y la subida al trono del segundo con el nombre de Felipe VI.

Pero esa maniobra de apaciguamiento no resultó y el emérito escapó a Catar mientras la Justicia dilucidaba si lo incriminaba por diversas cuestiones. En paralelo, su hijo le quitó la asignación económica que cobraba del presupuesto de la Casa Real. Ahora, no existiendo reproche penal para su conducta, asistimos al enésimo intento de apaciguar los ánimos sin cometer nuevos errores. Por cierto, ¿a quién se le habrá ocurrido llevar a Felipe VI de visita en Catar por un funeral para hablar por teléfono con su padre? Si estaban en el mismo sitio ¿quién les impedía verse en persona?

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