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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

La OTAN, de pacto defensivo a instrumento al servicio de la hegemonía militar y económica de EEUU

La OTAN se creó en su día como una alianza defensiva frente a los países comunistas liderados entonces por la URSS. Los soviéticos respondieron inmediatamente con su Pacto de Varsovia.

Con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la alianza militar de Moscú con los que entonces llamábamos “países satélites” dejó por fortuna de existir.

Y lo consecuente, lo que esperaban tanto tiempo muchos en todo el mundo, extinguido ya el peligro comunista, habría sido la desaparición también de la Alianza Atlántica. Pero no ocurrió así.

De acuerdo con la doctrina geoestratégica expresada por el ex consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, Zbignew Brzezinski, en su libro El Gran Tablero, había que debilitar y acorralar militarmente a Rusia si se quería garantizar la continuación de la supremacía estadounidense.

De nada sirvió que, dos días antes de los atentados del 11 de septiembre contra EEUU, el presidente ruso, Vladímir Putin, alertara a su homólogo estadounidense, George W. Bush de que algo se tramaba contra su país, o que en 2009 abriera Rusia su espacio aéreo a los aviones militares de EEUU que transportaban tropas y armamento a Afganistán.

Rusia, que había dejado de ser comunista para convertirse en una autocracia capitalista y corrupta, seguía siendo vista por Washington como un obstáculo en el camino de su buscada hegemonía global, respaldada en su fuerza militar y el poder del dólar.

Y, frente a los consejos de algunos de los mejores diplomáticos estadounidenses, que advirtieron del peligro de una nueva carrera de armamentos, Washington decidió ampliar la OTAN a los países europeos que habían sus enemigos en el Pacto de Varsovia.

La llamada “guerra de Putin”, totalmente al margen —hay que decirlo claramente— del derecho internacional, sirvió, sin embargo, a Washington de perfecta justificación para el objetivo estratégico que llevaba tiempo acariciando.

Había que hacer sangrar a Rusia en Ucrania, como le había sucedido a la Unión Soviética, en Afganistán, tal y como lo expresó sin tapujos la ex secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton, clara seguidora de la doctrina Brezezinski

Y para ello nada mejor que armar a Ucrania para prolongar la guerra todo lo posible, tarea en la que los socios europeos de la OTAN jugarían un papel esencial, entre otras cosas financiando generosamente el rearme de la OTAN en eventual detrimento de sus programas sociales.

Estados Unidos no tendría que enviar allí a sus soldados, lo que habría sido un problema para su opinión pública, ya que los muertos los ponían otros: rusos y ucranianos.

Washington aprovechó pues la ocasión que tan criminal como absurdamente le había brindado Putin para lanzar una triple ofensiva: militar, con el continuo envío de armas a través de la OTAN, económica y —algo muy importante— también mediática: había que movilizar a la opinión pública y estigmatizar todo disenso.

Las sanciones contra Rusia tenían como objetivo provocar la bancarrota de ese país, algo que no parece estar, sin embargo, ocurriendo de momento porque Rusia ha encontrado a otros clientes para sus hidrocarburos, y a la vez cortar los lazos económicos de Europa con Rusia.

Europa es así utilizada como ariete en esa ofensiva económica diseñada por Washington y tanto su industria como sus poblaciones serán las que sufran más directamente sus inevitables consecuencias negativas.

El cierre del gasoducto Nordstream 2 y el corte de otros suministros de hidrocarburos rusos privan sobre todo a la Europa central de una importante y segura fuente de materias primas, que tendrán ahora que buscar en otros países, entre ellos EEUU, y por las que se pagará un precio más elevado.

El demócrata Joe Biden consigue así un doble objetivo: incorporar a la UE a su designio hegemónico y debilitar de paso económicamente a un importante competidor económico como es la Unión Europea, algo que ya intentó aunque con métodos más burdos el republicano Donald Trump.

Y hay más. No olvidemos que el próximo y principal objetivo de Estados Unidos es la China capitalista/comunista de Xi Jinping, el principal obstáculo para esa hegemonía, a la que Biden se refirió recientemente con estas palabras: “Habrá un nuevo orden mundial y debemos liderarlo”.

¿No es significativo que en la última cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN se decidiera incluir a China entre “los grandes desafíos sistémicos a la seguridad global” y que en la próxima cumbre de la Alianza de junio en Madrid se la vaya a incluir consecuentemente en su nueva estrategia de defensa?

¿Forma parte de esa estrategia la divulgación en este momento de los documentos filtrados sobre las violaciones por China de los derechos humanos en la provincia de Sinkiang, que han ocupado las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo?

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