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La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

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Matías Vallés

El PSOE andaluz votará a Moreno Bonilla

Una somera búsqueda confirmará que la simbología que identifica a España en el mundo entero corresponde a una transfiguración de la imaginería andaluza, por mucho que Isabel Díaz Ayuso predique disparatada que “Madrid es España dentro de España”. La asociación está tan arraigada que lo andaluz no se limita en su expansión internacional a lo intrínseco de matriz indiscutible, como el flamenco o la Semana Santa, también a la paella andaluza y a los sanfermines andaluces.

Un arranque de orgullo patriótico atribuiría la expansión planetaria de la tradiciones andaluzas a la incuestionable calidad del panorama que ofrecen. Sin embargo, hasta sus virtuosos más aclamados expresaban sus dudas sobre la magnitud del aprecio. Recuerdo una velada con Paco de Lucía en la que, avanzada la noche, el perspicaz músico avanza su escepticismo:

–Estás en Tokio con tu guitarra, se alza el telón, el teatro está lleno y te preguntas qué demonios entenderán los japoneses de tu música.

De la misma forma en que Andalucía metaboliza mitologías vecinas, también se desengancha de sus ciudadanos más ilustres. Para el mundo exterior, no existe un Picasso andaluz, lo han trasterrado a geografías exóticas. A resultas de la amalgama, el andalucismo político es un concepto intrincado que aspira a distanciarse del españolismo en la pugna constitucional entre nacionalismos y regionalismos a secas, pero que resuena como un portazo castizo, por mucho que la puerta cierre hacia adentro a diferencia de Cataluña.

A título individual, Felipe González y Alfonso Guerra fabricaron a partir de estos mimbres una Andalucía del PSOE, que no socialista. Volviendo al mito, la veneración de un Paco de Lucía hacia el forjador del felipismo en ningún caso se transmitía a Zapatero, contemplado como una imitación endeble de su predecesor. Los patriarcas de la izquierda andaluza teledirigieron a su región natal desde Madrid como un inmenso latifundio, donde colocaban a sus lugartenientes sin necesidad de detallar que se trataba de un poder delegado. Pálidos reflejos de los fundadores.

A salvo de una sorpresa inesperada, el PSOE andaluz votará al PP en las elecciones autonómicas. El milagro socialista en la comunidad más poblada de España consiste en que el barcelonés José Manuel Moreno Bonilla se proclame el político mejor valorado de España, incluidos los miembros del Gobierno central y a falta de que cada cual determine lo que esta supremacía supone para el resto del elenco democrático. Puede calibrarse a simple vista la diferencia entre el liderazgo regional de Núñez Feijóo o de Miguel Ángel Revilla, pero cuáles son los atributos concretos del actual presidente de la Andalucía de González.

En una escala personal de uno a cien, el socialista Juan Espadas se ve desbordado por su rival en más de treinta puntos, un castigo de proporciones bíblicas que suprime la posibilidad de un duelo salvo en su dimensión fúnebre. Ocurre con los candidatos como con los guiones del arte fenecido que llamaban cine. De un buen texto puede salir una mala película, pero un mal texto la garantiza. La sencilla comprobación empírica plantea si usted desea al candidato socialista en pantalla, si ha interrumpido en alguna ocasión su rutina para escucharle.

En honor a la verdad, ha habido un momento en que el discurso de Espadas ha causado la conmoción suficiente para reparar en su figura. En concreto, al anunciar que el calor se le podría volver en contra durante la jornada electoral. A falta de determinar por qué habría de dañarle más que a los restantes candidatos, esta circunstancia lo convertiría en el primer aspirante derrotado por el cambio climático. El argumento es tan potente que se lo ha disputado Juan Marín, otro perdedor en ciernes. El refugio meteorológico permitirá interpretar los resultados obviando la rendición por fragmentación del antaño pujante Podemos. Se esgrime a veces que la región no es lo suficientemente pobre para necesitar un rescate desde la ultraizquierda. Según los datos consignados por los propios andaluces, la mitad de los hogares de dicha autonomía viven con menos de 1.800 euros netos al mes.

Moreno Bonilla no solo perdió las elecciones andaluzas frente a la inolvidable Susana Díaz, también empeoró los resultado de su jacarandoso predecesor, Javier Arenas. Es difícil enjuiciar el tránsito a figura indiscutible sin incrustar datos de realismo mágico. La situación actual, con antiguos socialistas a sus pies y dispuestos a votarle, equivale a que hubiera recibido una segunda investidura a cargo del electorado y sin necesidad de urnas. Solo falta determinar el tamaño de la previsible derrota, donde unos márgenes menos abultados de lo anunciado alcanzarían la resonancia de una resurrección. Después de varias escaramuzas, el primer descalabro andaluz en toda regla del PSOE no atiende todavía a un viraje ideológico. Materializa el deseo de exvotantes socialistas decepcionados, pero que mantienen su filiación izquierdista y su simpatía por las siglas que han sustentado en la mayoría de ocasiones. Más que unas elecciones pero, ¿no lo son todas?

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