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La Opinión de A Coruña

Luis Sánchez-Merlo

Melina Mercouri, la diosa valiente

Rebajando recelos a la entrada de España en la OTAN

La adhesión de España a la Alianza Atlántica, de la que ahora se cumplen 40 años, requería la ratificación del tratado de adhesión de España a la OTAN por todos los países miembros. En la primavera de 1982, cinco países —Holanda, Italia, Portugal, Francia y Grecia— aún no habían iniciado el trámite parlamentario.

Sin unanimidad en el Pasok —Partido Socialista heleno— sobre la conveniencia de la entrada de España, el Gobierno griego ya había mostrado su preocupación por las consecuencias que podría tener en el equilibrio estratégico de fuerzas entre los dos bloques.

Asimismo, flotaba en el ambiente una reticencia, que más tarde se disipó: retrasar la ratificación hasta que la Alianza diese a Grecia garantías de aumentar la ayuda militar y de reforzar su posición en un tema espinoso —el espacio aéreo del Egeo— una reivindicación permanente frente a la vecina Turquía, miembro de la OTAN.

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Así las cosas, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, consideró prioritario viajar a Grecia para reunirse con Constantino Karamanlis —presidente de la República— hombre clave de la restauración democrática tras la dictadura de los coroneles, y con Andreas Papandreu (AP), líder del PASOK y primer ministro.

Ya en el aeropuerto de Atenas fue, sin ambajes, al grano: “Soy el presidente de un Gobierno que quiere ingresar en la CEE y de este tema voy a hablar largamente con el primer ministro Papandreu. Tanto Grecia como España han salido recientemente de dictaduras, han devuelto la soberanía al pueblo y quieren construir una democracia moderna”.

Desde su victoria en las elecciones del año anterior, el primer ministro griego había sostenido públicamente que Grecia no se opondría a la presencia hispana en la OTAN, sin fijar fechas concretas ni expresar un agrado excesivo.

Pero en el almuerzo —en el Ministerio de Asuntos Exteriores— en ningún momento de su improvisado discurso afirmó el apoyo sin reservas de Grecia a las aspiraciones atlantistas y comunitarias de España. Con la misma prudencia, tampoco lo negó.

Durante el brindis, Calvo-Sotelo reiteró el objetivo de su viaje: hablar de la CEE y de la OTAN, añadiendo que esperaba de Grecia una “cooperación fecunda”.

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España correspondió con una recepción a media tarde, ofrecida por el nuevo embajador en Atenas, Pedro López Aguirrebengoa, a la que asistieron, junto al primer ministro griego, su ministra de Cultura, Melina Mercouri (MM), acompañada de su marido, el director de cine Jules Dassin.

Acompañando, como secretario general de la Presidencia del Gobierno, en el viaje a Grecia al jefe del Ejecutivo, me había quedado con la referencia que había hecho Leopoldo Calvo-Sotelo a la coincidencia cultural, histórica y geográfica de ambos países mediterráneos, como bases para el diálogo con las autoridades griegas.

Pensé que a la combativa ministra de Cultura le podría interesar conocer los pormenores de la mayor exposición del Greco de toda la historia, El Greco y Toledo —sesenta obras procedentes del Museo del Prado, de colecciones de museos norteamericanos y europeos y de otras colecciones particulares, españolas y extranjeras—, que los reyes de España habían inaugurado el 1 de abril de 1982, pocos días antes de nuestro viaje a Atenas.

Sin tiempo para encomendarme al mando, se me ocurrió ofrecer a quien solo conocía por la película Nunca en domingo —premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cine de Cannes en 1960— explorar las posibilidades de llevar la exposición a Grecia.

Manos Hadjidakis, autor de bandas sonoras para el cine, entre ellas 'Los niños del Pireo', dejó escrito: "A las personas que se han ido, pero permanecen vivas, las tenemos a diario cobijadas en nuestro interior"

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Con una infancia rodeada de políticos y artistas —sus dos vocaciones vitales—, Melina Mercouri provenía de una familia con ascendiente político. Su abuelo, Spyros Merkoúris, fue alcalde de Atenas y su padre, miembro destacado del Parlamento.

A la activista —que ponía entusiasmo y pasión en todo lo que hacía como actriz de cine y teatro, opositora a la dictadura de los coroneles (1967-1974) y política entregada a la protección de la cultura en Europa— se le encendieron los ojos: “¡Cuando se trata de Grecia, me convierto en el mendigo más grande del mundo!”. Me acompañó hasta donde se encontraban Papandreu y Calvo-Sotelo y expuso los beneficios —para los dos países— del reencuentro del pintor nacido en Creta, que vivió y trabajó en Toledo el resto de su vida.

Sorprendidos ambos mandatarios por la inesperada iniciativa, nos quedó hecha la encomienda de pasar de las musas al teatro. Con ánimo de ir avanzando en el proyecto, le ofrecí a Melina Mercouri (Los niños del Pireo, Oscar a la mejor música de cine) una cena —con retsina, vino blanco muy popular y un poco de música— en Plaka, a los pies de la Acrópolis, lo que aceptó con agrado.

Antes de encaminarnos al Barrio de los Dioses, su marido —el director de cine Jules Dassin, nombre derivado de Odessa, su ciudad natal, donde su padre, judío, era peluquero en el Teatro de ópera y ballet— al bajar las escaleras de la embajada se trastabilló, con la buena fortuna de encontrarme a su lado y poder evitar su caída.

Mientras Melina, con esa voz gangosa —rozada por miles de cigarrillos y madrugadas— enviaba a Dassin a descansar en casa, la comitiva a la cena fue ensanchando, con periodistas y acompañantes que se fueron sumando.

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Los acontecimientos iban precipitando el reloj y no fue posible concretar la viabilidad de la exposición de El Greco en su país natal. Faltaban pocos meses para las elecciones generales y el CIS anticipaba un landslide, sin matices, del partido socialista.

Dos meses antes, el 29 de agosto de 1982, en un acto electoral —junto a Felipe González, Willy Brandt y el canciller alemán Helmut Schmidt— en Wiesbaden (Alemania), Melina Mercouri anticipó lo que sucedió más tarde: “El inminente triunfo socialista en España será un hecho trascendental para el Mediterráneo, para la paz, para el socialismo y para la cultura”.

Como consecuencia de incidentes provocados por un grupo de jóvenes punk, que lanzaron huevos contra las personalidades invitadas al mitin, la principal afectada fue ella que recibió el impacto con la sonrisa en los labios y comentó: “Siempre me hubiera gustado morir de esta manera, pero sin un huevo”.

Fumadora empedernida, desde los 11 años, fue tratada de un cáncer de pulmón en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center (Nueva York), y sometida a una traqueotomía por una infección del sistema respiratorio. Un fallo cardíaco puso fin a su vida, en 1994, a los 73 años.

Su viudo, Jules Dassin, ordenó que le abrieran la caja. Besó el rostro de Melina y sacó de una bolsa un vestido rojo de terciopelo, que había introducido en el féretro, cumpliendo así uno de los últimos deseos de su mujer.

Trasladado el cadáver a Atenas, más de millón y medio de personas se lanzaron a las calles para despedir a su diosa. Como homenaje, cientos de ciudadanos colocaron en su tumba cajetillas de su marca favorita de cigarrillos.

Manos Hadjidakis, autor de bandas sonoras para el cine, entre ellas Los niños del Pireo, dejó escrito: “A las personas que se han ido, pero permanecen vivas, las tenemos a diario cobijadas en nuestro interior y las llevamos dentro a lo largo de toda nuestra vida”.

Nota del autor. En las postrimerías de las celebraciones —40 años de la adhesión de España a la OTAN y Cumbre de la Alianza Atlántica en Madrid— esta narrativa no tiene otra pretensión que recordar a una valiente militante socialista, que puso la vehemencia al servicio de sus ideales, contribuyendo —en alguna medida— a alejar las últimas nubes, en el largo camino de ir colocando a España donde le correspondía.

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