Kiosco

La Opinión de A Coruña

Julio Llamazares

caleidoscopio

Julio Llamazares

Escritor y guionista. Autor de 'Luna de lobos', 'La lluvia amarilla', 'Cuaderno del Duero' y 'Atlas de la España imaginaria'.

Se vende

Media España se vende y la otra media se compra. Ahora que llegan las vacaciones y mucha gente se lanza a las carreteras para disfrutar del país en el que vive pero cuya condición ignora mayoritariamente, puesto que las circunstancias laborales o económicas no la permiten viajar por él a menudo, los españoles volverán a comprobar que o bien su país está atestado de gente y todo se compra y vende o bien está vacío y, aunque todo se vende, nadie lo compra porque a nadie le interesa vivir donde pocos viven. Mientras que los carteles de compraventa de pisos y de chalés en las zonas de costa o en las ciudades apenas duran unos días, en la llamada España interior permanecen indefinidamente colgados, incluso se desvanecen sus letras con el sol y con las lluvias hasta que desaparecen del todo.

La famosa España vacía se vende, pero nadie la quiere comprar. Y, por más que se publicitan sus “atractivos” (la tranquilidad de los pueblos, el contacto con la naturaleza, la armonía vecinal y paisajística…), los españoles huyen de ella como de la peste y solamente regresan en vacaciones (no todos) porque es el destino turístico más barato o por abrir la casa familiar y que se ventile o, en fin, por la costumbre o por la nostalgia, que sus hijos y nietos ya no sienten y por eso venden las propiedades cuando los mayores mueren. Los miles de carteles de “se vende” que cuelgan en las casas de media España explican mejor que ningún tratado lo que está ocurriendo en este país y lo que le espera a la mitad de él en el futuro por mucho que los discursos políticos, de un tiempo acá, insistan en alertar de la situación y en anunciar proyectos y soluciones que ya nadie se cree y menos los que los proponen. Porque hablar de la España vacía solo llena las bocas de sus propagandistas mientras que las inversiones sigan fluyendo en la misma dirección, que es esa España superpoblada y que da más votos, y se continúen efectuando recortes en la que menos tiene. Los cierres de agencias bancarias o de trenes y autobuses en esa España menos poblada son solo dos ejemplos de lo que está sucediendo a escala global y en todos los terrenos económicos, como bien saben sus habitantes.

Por eso, las vacaciones en ella de sus antiguos vecinos, esos que la abandonaron en busca de mejor fortuna o simplemente de un futuro digno, deberían servir para que los españoles tomaran conciencia de la situación y no la olvidaran al volver de nuevo a la ciudad, convirtiéndose en los portavoces de quienes por su escaso número apenas cuentan para nadie y menos para una clase política más preocupada en parchear sus problemas que los de la población más débil por mucho que se les llene la boca con esa España vacía que solo visitan en campaña electoral y en muchos casos ni siquiera entonces. Uno (perdón por la inmodestia) tiene escrita una columna ya hace tiempo cuyo título, Veintiuna, señalaba el número de provincias españolas que ningún candidato a la presidencia del Gobierno había visitado en una campaña electoral concreta y desde entonces no creo que haya disminuido, al revés. Salvo, eso sí, que los incendios o cualquier otra tragedia les obliguen a comparecer en alguna de esas provincias, pero no para disculparse por el abandono en el que las tienen sino para fotografiarse con cara de circunstancias como si fuera un entierro. En cierto modo lo es, pues hay provincias como Zamora en las que el negro ya forma parte de sus paisajes, se hayan quemado o no.

Compartir el artículo

stats