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La Opinión de A Coruña

EDITORIAL

La fortaleza del turismo en Galicia

Cumpla esta temporada veraniega con las excelentes expectativas anunciadas previamente o acabe menguada por la contención preventiva en el gasto de unos visitantes con ganas de disfrutar, pero asustados ante la perspectiva de un otoño caliente, todos los vientos soplan a favor del turismo en Galicia. La comunidad reúne condiciones idóneas para atender a la perfección el cambio en hábitos sociales y mentalidad que demandan los ciudadanos tras la pandemia. Aquellos que buscan destinos verdes, marinos y saludables, calidad de vida, buen ambiente, un respiro a los rigores del cambio climático y un paisanaje agradecido están encontrando aquí su refugio. El sector turístico ya es un pilar imprescindible de la economía gallega del que todavía cabe obtener mayor valor añadido y rendimiento.

En Galicia hay muchos territorios que han hecho del turismo buena parte de su razón de ser. Un amplio abanico de iniciativas, que proliferaron con fuerza antes del COVID, ha vuelto a renacer no sin dificultad pese a las adversidades sobrevenidas, mostrando en conjunto el gran estirón que el sector ha dado en los últimos años.

El listón está muy alto. Son muchas las expectativas que el sector turístico tiene puestas en este 2022. En 2021 se retomó el camino de la recuperación después de un periodo muy complicado con plenas restricciones por el COVID y se consiguió liderar la recuperación turística en el conjunto del Estado, según la evaluación del Clúster Turismo de Galicia. La comunidad ya competía en los mercados inequívocamente asociada a un destino seguro y de calidad, con la bandera de ser un paraíso natural. Ahora disfruta además de la ventaja de hacerlo vinculada instantáneamente por el viajero a un complemento óptimo: la etiqueta de entorno saludable. Casi han desaparecido las mascarillas, volvemos a ver las fiestas y verbenas, las playas, las rutas de senderismo y montaña, el turismo marítimo y los conciertos con el aspecto de siempre, pero sigue permaneciendo al rebufo de la pandemia la preferencia por zonas de naturaleza y disfrute al aire libre.

La práctica totalidad de los turistas que llegan aquí lo hace en coche. La desbocada carrera alcista de los carburantes supone un inconveniente, no tanto porque desincentive el desplazamiento, sino porque reduce el margen del visitante para otros consumos. Una abrumadora mayoría de profesionales del sector da por seguro que la rentabilidad de su negocio disminuirá. Por esta razón y porque, encima, el incremento de los costes operativos, de la luz y de los suministros debido a la inflación les está forzando a subir los precios. De hecho, el gasto medio por turista ya ha descendido en julio: los viajeros ahorran sobre todo en restaurantes y rebajando los días de estancia. Aun así, hoteleros y hosteleros contemplan el futuro con optimismo. Son muchos quienes consideran que, a pesar de la que está cayendo, el verano acabará resultando mejor o mucho mejor que el anterior y que agosto superará los registros de julio. Incluso los hay que pronostican que será uno de los mejores veranos de su historia. Una muestra de confianza sin victimismo esperanzadora.

El éxito también acarrea complicaciones. La falta de personal, que se extiende por todo el país, en especial en las zonas más turísticas, entre las acuciantes. Los empresarios demandan un perfil de empleado con mucha experiencia que los recién salidos de los cursos no cumplen. Y, viceversa, algunas escuelas cuentan con dificultades para llenar sus aulas porque muchos jóvenes rechazan trabajos estacionales y poco estables. En remediar la falta de cantera y, a la vez, de mano de obra cualificada tienen planteado los agentes sociales uno de sus mayores retos, convirtiendo en atractiva y prestigiada la profesión hostelera.

La elevada rentabilidad de los alquileres turísticos minimiza la oferta inmobiliaria para otro tipo de residentes. Quien por trabajo precisa establecerse ahora en las ciudades no encuentra casa con tanta facilidad. Lo vemos con los precios disparados de alquiler para estos colectivos y también para los estudiantes. Esta situación se repite en Santiago, A Coruña, Vigo… Por el contrario, no hay mal que por bien no venga, el auge de las segundas residencias ha consolidado una población flotante que retorna con frecuencia en periodos distintos a las vacaciones. Aunque este fenómeno que desestacionaliza las campañas no alcanza todavía para que muchos negocios abran todo el año, sí alegra unas economías desinfladas más allá de agosto, aunque todavía en pocos territorios.

Rías Baixas, Rías Altas, Ribeira Sacra, los paraísos de interior…. Su potencial turístico, la diversidad de su oferta, es toda una palanca de crecimiento para Galicia. La apuesta por los espectáculos, conciertos, verbenas, atrae foráneos. En el campo de la captación, en particular de extranjeros, queda margen más aún después del frenazo del turismo asiático que antes del confinamiento se desplazaba a la comunidad en peregrinación a Santiago. Más allá de sus playas —donde ondean 112 banderas azules—, de su costa, de sus islas atlánticas, los caminos xacobeos, sus reservas de la biosfera, sus ríos, su patrimonio artístico y cultural, su gastronomía,… queda mucho territorio por descubrir y por mostrar. Igual de maravilloso saliéndose apenas unos kilómetros de los circuitos convencionales. Sectores complementarios, como el agroalimentario, el de los artesanos, el cultural o el de las pequeñas producciones autóctonas, participan de un benéfico efecto de arrastre.

Asumido ya el turismo como una de las fortalezas esenciales de la nueva Galicia, la aspiración no puede ser únicamente cuantitativa: el lleno. Hay que seguir apostando por la calidad, incidir en la importancia de atraer visitantes que valoren y respeten el entorno, con un nivel de gasto medio alto que lo haga más rentable. Para cerrar el círculo virtuoso hay que proponerse convertir con esfuerzo, talento y ambición nuestra alternativa de descanso verde, marino y rural en la mejor del mundo. En sentido literal. Un sueño al alcance.

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