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La Opinión de A Coruña

entre acordes y cadenas

De mayor quiero ser ‘influencer’

No hace mucho tiempo, cuando todavía nos llamábamos por teléfono, sabíamos el aspecto que tenía un timbre y nuestros amigos eran de carne y hueso y no producto de un algoritmo, los niños, ante la habitual pregunta de qué querían ser de mayores, solían responder más o menos lo mismo. Médicos, bomberos, policías, científicos. Todas profesiones sin duda atractivas que, además, eran y son útiles para la sociedad. Y es que los niños, en las películas de aquel entonces, veían cómo los valientes bomberos salvaban a las personas de las llamas y los médicos curaban lo que, en un primer momento, parecía incurable.

Los años, sin embargo, han pasado. Y todos nosotros, le pese a quien le pese, hemos cambiado. Algunos dirán que para bien, que la sociedad ha evolucionado favorablemente, que las nuevas tecnologías nos han abierto la puerta a mundos antes desconocidos y que, sin duda alguna, ahora tenemos acceso a multitud de servicios antes inalcanzables. Es posible, ya que, a pesar de los postulados del maniqueísmo dominante, nada es intrínsecamente malo o bueno, sino que todo (o casi todo) tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

El problema radica, como siempre, en los extremos, que no son otra cosa que el producto de una falta de formación o, mejor dicho, de una mala formación, en muchas ocasiones instigada por quienes desean que los jóvenes del hoy y adultos del mañana se conviertan en una masa idiotizada carente de conocimientos, de criterio e incluso de principios, para poder así hacer y deshacer a su antojo sin que nadie salga a la calle en señal de protesta.

Ejemplo paradigmático de esta situación es el resultado del estudio llevado a cabo por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud. Según éste, uno de cada tres menores, de mayor, quiere ser influencer. Y para conseguirlo, pasan de media cuatro horas al día frente a pantallas, de las cuales casi hora y media las dedican a redes sociales.

Ahora bien, ¿qué significa ser influencer?, ¿por qué nuestros jóvenes ya no quieren ser médicos, policías o científicos? Pues bien, la respuesta es sencilla. Los influencers, los más conocidos, ganan miles de euros por sus publicaciones en las redes sociales, mientras que los médicos, sobra decir que mucho más necesarios en la sociedad, malviven durante años con unos sueldos exiguos a pesar de la importancia de su profesión.

Para ser médico hace falta estudiar, estudiar mucho, pasar horas y horas bajo la luz de un flexo y renunciar al ocio. Han de dedicar seis años de su vida a la carrera de medicina. Y luego, después del MIR, varios más de residencia en el hospital. De media, un residente de primer año cobra 1.245 euros brutos al mes, cantidad que se incrementa a 1.580 euros en el cuarto año. Un conocido influencer, en cambio, gana ese dinero con una sola publicación. Y para convertirse en ello no es necesario estudiar nada, no es necesario renunciar a nada, salvo, y esto es importante, a su intimidad.

La mayoría de los influencers tienen un denominador común. Aceptan vivir en un panóptico generalizado, ocupando ellos el lugar central y renunciando, de este modo, totalmente a su intimidad. Estas personas se convierten, así, en los ciudadanos del futuro, en los habitantes de un mundo en el que ya no existen secretos, en el que cualquiera puede saber dónde estás, qué haces, qué comes, dónde vas de vacaciones y quiénes son tus amigos. Las pesadillas de George Orwell hechas realidad. Y lo que es peor, no por imposición de quienes detentan el poder, sino por voluntad propia, viciada, sí, pero voluntad al fin y al cabo, de todos aquellos que, a pesar de las advertencias que saltan cuando tratan de abrir una cuenta en cualquier red social, aceptan los términos y condiciones sin detenerse a leer la letra pequeña, la más peligrosa.

En esto quieren convertirse nuestros jóvenes. Ya no desean curar enfermedades, prevenir la comisión de delitos o ayudar a quienes más lo necesitan en caso de una catástrofe. Ahora, según el citado estudio, quieren, a toda costa, convertirse en influencers. Y si para ello hay que fotografiarse en ropa interior frente al espejo, relatar sus experiencias sexuales o comportarse como un payaso (con todo el respeto a quienes ejercen esta noble profesión), así se hará.

Mientras, muchos de sus progenitores los animarán y sonreirán cuando los seguidores de sus hijos aumenten y aumenten. Aun a sabiendas, porque ya ha ocurrido en numerosas ocasiones, de que, si esto no sucede, si no tienen éxito en las redes, podrían caer en una depresión o incluso llegar a suicidarse.

Pero no pasa nada. Mañana, el pequeño Jaime cumple 13 años, ¡mira que Ipad más bonito he encontrado en Wallapop! Seguro que le encanta…

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