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La Opinión de A Coruña

Incierto futuro, incierto pasado

Ha sido uno de los grandes méritos de Isabel II. Otro más: hacer sentir a una parte importante del mundo, más allá de su propio país, que con ella termina una época. Que su figura era una referencia permanente no solo para el Reino Unido y sus amigos de la Commonwealth, sino para todos. Tal vez el último gran triunfo del imperio británico. Sin ella, se dice, se abre una etapa de incertidumbre, aunque esta en realidad ya estaba ahí, con una economía renqueante, un Brexit mal parido, unos políticos que solo tienen fórmulas populistas y una sociedad desorientada y harta. Qué pesada carga, qué injusto legado para Carlos III, cuyo principal papel tendrá que ser no hacer nada.

El futuro, por definición, siempre es incierto, pero hubo momentos en los que uno podía esperar que la vida siguiera unas pautas determinadas. Contaba Stefan Zweig en El mundo de ayer que la generación de su padre, al llegar a los 50 años, consideraba que ya había hecho todo lo que tenía que hacer.

Desde hace algún tiempo, el futuro además de ser incierto da miedo: crisis económica, terrorismo internacional, catástrofes climáticas, ascenso de los populismos y los extremismos… Ese temor instalado ya en nuestras sociedades se ha visto agravado y acelerado por la pandemia, por la guerra de Ucrania, por un verano dramáticamente seco y caluroso y por la promesa de un invierno frío y hostil. También flota en el ambiente la amenaza nuclear, o la posible escalada de conflictos como el de Taiwán, o la desazón que provoca en buena parte del mundo democrático el potencial regreso de Trump, o las sucesivas oleadas de cambio en América Latina o el apocalipsis tecnológico. Tan es así, que la prestigiosa revista estadounidense Foreign Affairs ha titulado el número con el que conmemora su centenario La era de la incertidumbre.

Pero si algo caracteriza esta época, junto a la zozobra ante el futuro, es también la incertidumbre sobre el pasado; su continuo cuestionamiento. La famosa máxima marxista “todo lo sólido se desvanece en el aire” vuelve a cobrar vigencia, sumiéndonos en un grado mayor de fragilidad.

Se cuestiona algo tan aparentemente establecido como el género. Ya no se trata solo de incorporar, con justicia, a la mujer a la historia y al presente y seguir defendiendo el feminismo a capa y espada. El género ha pasado a ser algo fluido, con múltiples opciones en algunas sociedades, aunque no sin polémica.

Se cuestiona, y con razón, cómo las potencias coloniales han escrito la historia. En Norteamérica, por ejemplo, Estados Unidos no acaba de encontrar el modo de sanar el trauma causado por la esclavitud. Bolivia fue pionera a la hora de incorporar una dimensión profundamente indigenista al poder político y la Constitución, con luces y sombras; Chile lo ha intentado. Se derriban estatuas de conquistadores, se cambian nombres de plazas y calles emblemáticas, se exigen disculpas a las antiguas metrópolis. Otro tema con el que ya sabe que tendrá que lidiar el recién proclamado Carlos III.

Se cuestionan los valores que creíamos universales —la democracia, la igualdad, los derechos humanos—, esos que se asentaron a lo largo de siglos y que tanto costó defender en dos guerras mundiales. El tan cacareado declive de Occidente tiene enfrente ahora a autocracias dispuestas a marcar su impronta más allá de sus fronteras, en un mundo que cambia a velocidad de vértigo.

Ya ni el paso de las estaciones es el que era.

No es la primera vez en la historia que se tambalean los cimientos, pero es la que nos toca vivir y no sabemos cómo manejarla. La Organización Mundial de la Salud calculaba en 2019 que 970 millones de personas —1 de cada 8 en el planeta— tenía algún tipo de trastorno mental. Esa cifra, pandemia por medio, es hoy al menos un 25% mayor. Estamos, globalmente, más estresados y somos más infelices que nunca, según la encuesta de las emociones de Gallup, que cubre 122 países. No tenemos fe en el futuro, ni tampoco podemos aferrarnos al pasado.

Tal vez por eso la respuesta global al fallecimiento de una monarca, por muy anacrónica que resulte la institución, ha suscitado tanto interés. Porque parecía un elemento inmutable, identificable y compartido en un entorno siempre cambiante. Y no hay nada ni nadie en el horizonte que vaya a ser capaz de sustituirla en esa función.

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