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Pilar Garcés

el desliz

Pilar Garcés

Cambio de hora y tiempo perdido

El otro día una niña de 12 años lloraba amargamente porque había extraviado el teléfono móvil en su propia casa y no lo podía recuperar, pues estaba apagado. Cuando los demás restamos importancia al problema, ya que era fin de semana, no había clases y estaba en familia, nos respondió: “¿Y todo lo que me estoy perdiendo?”. No se refería solo a su existencia, sino también a la ajena. Dedicamos un tiempo precioso a las vidas de los demás, conocidas al detalle a través de los dispositivos que nos las ponen en bandeja. Esta misma semana, comenzó la mañana del martes con un inusitado silencio en el teléfono. Tampoco vibraba el reloj inteligente. Poco duró el paréntesis porque la radio dio la noticia de la caída de WhatsApp en todo el mundo y ahí empezaron los sudores fríos por todo lo que me podía estar perdiendo. Dediqué un rato a comunicarme, con métodos periclitados, con personas que tuvieron la amabilidad de aclararme que no se habían puesto en contacto conmigo, ni me necesitaban para nada. Superado el parón, pasé otro lapso importante tratando de averiguar si me había cundido esa tranquilidad regalada y la respuesta es no. No la supe aprovechar por la ansiedad que me produjo una desconexión no buscada. Desperdicio total del tiempo arrebatado a las tecnologías a las que suelo culpar por robármelo.

Estos días se celebra la Barcelona Time Use Week, que viene a ser una reivindicación del derecho al tiempo, a una existencia menos agobiada, más saludable y feliz. Intervienen administraciones públicas y una legión de expertos en temas de conciliación, bienestar y redistribución horaria. No se cansan de predicar en el desierto. Si a resultas de la pandemia se ha producido el fenómeno de la deserción en masa de profesionales de sus puestos de trabajo en busca de una mayor calidad de vida incluso en detrimento de los sueldos, no se puede decir que los gobiernos hayan captado el mensaje. Las políticas para organizarnos como sociedad de una manera más eficiente no arrancan, siempre hay una crisis que las relega al furgón de cola de las prioridades. Nadie contesta afirmativamente cuando pregunto si dispone de más tiempo libre que sus padres o abuelos; si nuevas tendencias como el teletrabajo o tecnologías más sofisticadas le han proporcionado una mayor capacidad de desconexión. Por el contrario, cada avance aparente consume más tiempo y atención, en especial de las mujeres.

El domingo se cambiará la hora para abandonar el huso de verano: a las tres de la madrugada serán las dos. Numerosos expertos en Europa defienden la desaparición de este reajuste decidido en los 70 que no tiene los beneficios que se le suponen en ahorro energético, y el mantenimiento para siempre del horario de invierno, de momento sin éxito. España seguiría sin estar en la hora que le corresponde por su posición geográfica por una rectificación horaria que decidió Franco hace ochenta años para que la esfera de su reloj coincidiera con las de sus amigos nazis alemanes y fascistas italianos, así que tendría que atrasar todavía una hora más. Acaba de entrar en vigor la ley de Memoria Democrática. Ya que el resto de motivos que año tras año se esgrimen no han logrado convencer a quienes deciden sobre racionalización de horarios (mejora el rendimiento laboral y escolar, reconexión con nuestro reloj interno y con el natural), se podría reclamar la vuelta al tiempo perdido para animar a eliminar esa última reminiscencia de la dictadura.

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