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Tino Pertierra.

Solo será un minuto

Tino Pertierra

La fiesta de la lágrima cautiva

El tiempo no lo cura todo. Quien sostiene semejante disparate es que poco ha sufrido en la vida. El tiempo cura las heridas superficiales. No tiene mérito. Los rasguños de los errores propios o ajenos. Los arañazos de las decepciones, que a poco que las analices y recicles pueden convertirse en una magnífica oportunidad para hacer balance o limpiar las cañerías interiores: librarse de recuerdos tóxicos y mandar a paseo las ilusiones perdidas que se revelaron baldías cuando se quedaron rezagadas hasta difuminarse en el pasado. Los moratones de los contratiempos irrelevantes también se van con el paso de los calendarios: las rencillas por asuntos laborales, las colisiones en asuntos de amor (si es que lo fue, que no siempre está claro y se puede confundir con una cierta clase de encaprichamiento pueril y bobo), las ambiciones que se van descolgando y acaban convertidas en jirones de indiferencia. Y las pequeñas fracturas que causan las zancadillas o los empujones (apártate que voy yo primero) en carreras de ego o vodeviles de envidias, celos y demás chatarra.

Todo eso lo cura el tiempo, y más pronto que tarde si te esfuerzas por mantener a raya tus peores alianzas con el autoengaño (victimismo, indiferencia, resignación). Lo que no tiene cura, y no la tiene porque es imposible detener ciertas hemorragias vitales, es el dolor de las heridas que nunca se cerrarán porque no damos oportunidad a las cicatrices para quedarse. Se puede recurrir a vendajes, calmantes o trampas que nos hacemos en solitario para evitar el pensamiento sangrante, y así se puede ir tirando sin que los días se conviertan en tormento permanente, pero sabiendo que en cualquier instante puede llegar un recuerdo feliz que venga cargado de tristeza súbita, una invitación a la gran fiesta de las lágrimas cautivas.

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