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Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

Afirmacionistas y negacionistas a la vez

Según los paneles internacionales del cambio climático y demás instituciones milenaristas con The Lancet como última incorporación, estamos todos muertos. Cabe imaginar la decepción de tan beneméritas instituciones, cuando miles de millones de primos de Rajoy y votantes de Trump preparan el fin de semana como si tal cosa. No solo atienden a las cavilaciones científicas, sino que aceptan sus conclusiones. A continuación, vuelven a sus quehaceres. Los afirmacionistas son negacionistas al mismo tiempo.

Todo el mundo cree ya en el cambio climático y percibe sus embarazosos efectos, pero el mismo número de seres humanos se comporta como si se tratara de un fenómeno ajeno de solución espontánea. Se incluye en esta voluptuosidad suicida a los practicantes del reciclaje, que pretenden que un esparadrapo resolverá una hemorragia interna. Quedan abarcados en especial los farsantes de los discursos apocalípticos. En el último ejemplo de mi peripecia vital, papá científico predica desde Singapur la extinción de la humanidad por culpa de los combustibles fósiles, su esposa atiende desde California y su hijo asiente desde Sao Paulo. Cada año queman miles de kilómetros de queroseno para aterrorizar a los pobres burgueses sedentarios, por no hablar del precio. El confinamiento de los apóstoles climáticos en sus domicilios reduciría las emisiones globales en un veinte por ciento.

Basta de discursos, no se necesita más pedagogía. Hasta un espectador devoto de la Tele 5 de Paolo Vasile sabe que el cambio climático amenaza la supervivencia de la especie humana, que a continuación se comporta como si el drama no fuera con ella. El afirmacionismo negacionista afirma de palabra y niega de obra. Al Gore estrenó la conciencia climática de elevado consumo con su evangelización en jet privado, pero sería injusto olvidar las contribuciones impagables de Richard Gere galopando por el Mediterráneo a lomos de una moto náutica budista, o de los Bardem obligados a refugiarse de la catástrofe inminente en un yate de lujo. Se exige demasiado de las celebridades.

Los negacionistas disfrazados de afirmacionistas son virtuosos por definición, y así se ahorran la ejemplaridad. El cambio climático es la única religión verdadera, pero esa conformidad con los datos científicos no libera a esta fe del comportamiento sectario característico de los colectivos eclesiásticos. Las penitencias que imponen tras la obligada confesión colectiva de culpa se dirigen siempre hacia los demás. Otra de sus distorsiones es el exceso diagnóstico, frente a la ausencia de tratamiento. No se necesitaba la conversión de la humanidad al efecto invernadero, para acabar rescatando el carbón en Alemania o etiquetando a la energía nuclear con el color verde.

En el caso de los gobernantes, ni siquiera aplican cambios cosméticos a su conducta, salvo para quienes se tomen en serio la política a corbata quitada de Pedro Sánchez. Una elemental norma de higiene periodística obliga a no enfangarse en la demagogia de los coches oficiales, y de lo que cuesta un Gobierno, cuando Núñez Feijóo ridiculiza la potestad a la que aspira al hablar de una reducción drástica de ministerios. Sorprende sin embargo que los ejecutivos se estanquen en el irrelevante cambio de bombillas en los ministerios, siempre en la línea de matar con moscas los cañonazos climáticos.

En anteriores andanadas energéticas, jerarcas imprevistos recurrieron a gestos ahora descartados. Richard Nixon se rebajó a volar en comercial con destino a sus vacaciones estivales durante la crisis energética de los setenta, para predicar con el ejemplo. Recibió un homenaje de los pasajeros y de la opinión pública. Desde entonces ha aumentado imparable la distancia con los gobernados. Los sucesores planetarios del presidente estadounidense dimitido no se han tomado la molestia de compartir la carestía. El entramado gubernamental insistirá en que son apuestas incompatibles con la seguridad indispensable que exige un mandatario. No transmiten tanto sus desvelos como el abismo que se ha abierto entre los gobernantes democráticos y sus sujetos.

El discurso sobra, pero el lenguaje importa. El Occidente cartesiano se encela en el dualismo persona/planeta, una versión actualizada del gran éxito cuerpo/mente del cantautor Descartes. Por eso se habla de convivencia con la Tierra, como si fuera un ente externo al que se trata de seguir doblegando, ahora mediante los términos sugerentes de la mercadotecnia. Mientras no se corrija el distanciamiento aristocrático, para admitir la humilde identificación terrestre, la solución seguirá lejos. No hay un homúnculo pilotando, solo la obediencia ciega a las leyes termodinámicas, que no necesitan aprobación.

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