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José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Sobre los crímenes de guerra

Hubo un tiempo en el que bombardear a las poblaciones que no fuesen estricto objetivo militar estaba considerado como un “crimen de guerra”. Y si por un lamentable error de cálculo resultaban heridos, o muertos, inocentes ciudadanos, entonces nos excusábamos recurriendo a la figura del “daño colateral”. E incluso del “fuego amigo”, si estábamos de buen humor. Los aplastantes bombardeos sobre las ciudades de Alemania y de Japón, en trance de ser vencidas en la Segunda Guerra Mundial, prescindieron de tales remilgos y en aplicación de la táctica del general norteamericano Curtis LeMay se esforzaron en “causar el mayor daño posible al enemigo”. La sublimación de esa táctica se produjo con el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki que aceleraron la rendición japonesa y sirvieron de advertencia a la Unión Soviética y al resto de la comunidad internacional, sobre la inmensa superioridad militar de Washington, ya que en ese momento era la única potencia que poseía lo que se llamó el “arma definitiva”. Estábamos al inicio de la “era atómica” y por tanto de la carrera armamentística entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial para lograr los avances técnicos que permitieran acreditar superioridad sobre un hipotético enemigo o al menos temor a una replica destructiva por su parte. Las pruebas subterráneas o al aire libre se sucedieron peligrosamente y no hubo nación con aspiraciones que no quisiera disponer del paraguas nuclear para defenderse. En definitiva, lo que el presidente de Francia, general Charles De Gaulle, llamaba Force de frappe (Fuerza para golpear), una de las propuestas para usar armamento nuclear en una guerra fue el del general McArthur en Corea hasta que el presidente Truman lo cesó. Por cierto, Truman fue quien autorizó el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Y otra la del general Curtis LeMai, que propuso lanzar 133 bombas atómicas sobre 70 ciudades rusas. A partir de ese momento, se impone el principio de la llamada Destrucción Mutua Asegurada o como dice nuestro sabio refranero “El miedo guarda la viña”. A este disparate filosófico se le conoce en los medios como El equilibrio del terror, aunque nadie supo nunca que el terror sirviese para equilibrar a los desequilibrados. Más bien al contrario. En la guerra de Ucrania, si fuera cierto lo que nos cuentan los aparatos de propaganda de ambos contendientes, parecen haber optado por bombardear ciudades, pueblos, hospitales, escuelas y distribuidores de gas y electricidad privándolos de su derecho a ser usados correctamente. Ni que decir tiene que se trata de desmoralizar a la población Parece ser la nueva orientación del alto mando del ejército ruso que está utilizando las enseñanzas obtenidas en la guerra de Siria para llevar a la mesa de negociación a los nacionalistas ucranios y a su líder Zelenski, ese hombre de voz profunda , vestido de verde y con manga corta como si fuese el celador de un sanatorio . El otro protagonista de ese drama por capítulos es el presidente ruso Vladimir Putin, un ex jefe de los servicios secretos empeñado en evitar que las inmensas riquezas de ese inmenso país caigan en manos de oligarcas foráneos y no en las de los oligarcas rusos. Es otra forma de explicar las cosas.

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