Kiosco La Opinión de A Coruña

La Opinión de A Coruña

Juan Tallón

parece una tontería

Juan Tallón

Amor al martillo

Por alguna curiosa razón, que desgraciadamente ignoro, tengo cuatro martillos en casa. Es una herramienta a la que se le toma cariño. Yo la uso para muchísimas cosas, una mayoría de ellas equivocadas. Pero el cariño es el cariño y está por encima de los errores. Por otra parte, no puedes culpar al martillo de nada. Hace, en todo caso, cierto seguidismo de la mano. No vamos a decir que es una herramienta especialmente inteligente y sutil. Pero siempre será inocente. Incluso cuando se trata del martillo con el que David DePage allanó la casa de Pelosi a las dos de la madrugada, al grito de “¿Dónde está Nancy?”, mostrando firmes intenciones de matarla a golpes.

El martillo, por su sencillísimo uso, lleva fácilmente a engaño. Cualquiera cree que lo sabe todo de él, incluso que es más listo que él. Yo mismo fui el típico idiota, en su día, que pensó que el martillo carece de misterios. Ocurrió una de las primeras veces que me animé a montar un mueble. ¿Por qué lo hice? Ni idea. Supongo que atravesaba por una de esas rachas en las que no rompes nada y te sientes investido de algo que se podría llamar el “toque de Dios”. Cómo de claro lo vi, que un amigo con experiencia se ofreció a echarme una mano, y la rechacé. Me faltó decirle “Apártate de mi vista, mamarracho”. Enfrentado a los tableros y el manual de montaje fácil —fácil los cojones—, y con la llave Allen de intermediaria, me puse manos a la obra.

Todo fue mal desde el principio, por suerte. Me frustré a la primera con la educadísima llave Allen, que aprieta gracias a que casi pide las cosas por favor, y recurrí al martillo. Con el primer golpe no conseguí nada, pero con el segundo ya rompí el futuro mueble. “La he jodido”, dije, absorbiendo una lección para toda la vida.

El martillo despliega siempre una violencia inexacta, repentina, desagradable. Nunca afirma nada nuevo: se repite. Pocos objetos tan frontales, profundos. “El zumo de la ira se ha reunido en el extremo de un mango de madera”, escribe Fabio Morábito en Caja de herramientas, “ahí se ha dejado fermentar y endurecer; así es como surgen los martillos: por goteo lento de cólera, hasta que se forma una costra al final del mango, una amalgama de iracundia”. Es puro golpe. Aporre y zanja su autobiografía. No hay para más. Su contundencia tiene menos que ver con la fuerza que con su laconismo.

La persona que martillea reúne en la cabeza del martillo lo mejor de sí misma y, según Morábito, lo mejor de su ascendencia. Ella, como individuo particular, “está representada por el mango”, pero “el impacto propiamente dicho se debe por entero a su pasado, grávido de muertos”. Una multitud de muertos “se agruma en cada golpe, los muertos de uno, todo aquello que se ha resecado antes de uno, todo lo duro que lo precede, y con esa dureza uno golpea, con todos sus muertos, para eso sirven al fin los muertos, para ser la dureza de los vivos”. Quizá, después de todo, un martillo no sea una herramienta tan sencilla.

Compartir el artículo

stats