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El castillo de la mujer mártir

En pleno pifostio por los efectos indeseados de la ley del solo sí es sí, entre acusaciones de machismo y lamentos acusicas de yo-ya-te-lo-dije, con decenas de abogados engrasando recursos y la alarma instalada en la sociedad, la filósofa Clara Serra recuerda que la ley ha sido criticada por numerosas feministas y miembros de la judicatura progresista porque implica un “aumento del punitivismo y supone una ampliación de las conductas delictivas: endurece penas anteriores e introduce castigos que antes no existían”. Y añade: “Ninguna protección de las mujeres depende de la dureza de las penas”. Ante la conmoción por la reducción de las penas mínimas, Serra denuncia el aumento de otras y, sobre todo, el ambiente punitivo creado en torno a la ley.

Más allá de los (d)efectos de la redacción legal del solo sí es sí, basta pasearse por las redes para palpar el clima de castigo. Exigir penas elevadas para las conductas criminales es un impulso humano, pero buscar el modo de reparar el daño causado, poner a la víctima en el centro de la justicia y ahondar en la reinserción del delincuente es una necesidad ciudadana.

El número de denuncias por agresión sexual no deja de aumentar. Se apuntan múltiples factores: desde un incremento muy elevado del consumo de alcohol y drogas al aumento del visionado pornográfico que cosifica a la mujer y, por supuesto, un rearme del machismo ideológico. Tampoco puede obviarse la existencia de patologías infradiagnosticadas. Es evidente que los delitos deben ser penados, pero también debe profundizarse en las medidas de reinserción y, sobre todo, en la pedagogía.

Hay algo inquietante en esas voces que solo reclaman mano dura, mientras caen en la revictimización constante de la mujer agredida. A un hombre que sufre un robo con violencia extrema se le animará a superar la agresión. A una mujer violada se le presupone un trauma indeleble. Como si esa agresión la marcara, la definiera. Víctimas perpetuas… y agresores eternos.

Frente al castillo de la mujer mártir se perfila el hombre bárbaro, invasor y perverso que se empecina en penetrar en la fortaleza de la virtud. Es una imagen recurrente, que también la observamos en parte del discurso contrario a la ley trans, que denigra a las mujeres trans, considerándolas hombres que solo buscan humillar o violar a las mujeres. Al fin, un hombre siempre culpable e incurable. Y una imagen que no deja de ahondar en la concepción machista de la sociedad. Alimento para el discurso victimista de la ultraderecha.

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