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Daniel Capó

El Pesebre

Giorgia Meloni, la primera ministra italiana, ha reivindicado recientemente el valor cultural del Pesebre en un video que se ha hecho viral. “¿Cómo puede un niño que nace en un establo ofenderte?”, se pregunta; y prosigue: “¿Cómo puede ofenderte una familia que huye para defender a ese niño?”. Sus palabras recuerdan otras referidas a ese mismo Jesús, ya crucificado, escritas por una autora judía e italiana, Natalia Ginzburg, en L’Unità, en el periódico oficial del partido comunista en 1988, cuando el gobierno quería quitar el crucifijo de los colegios y del resto de espacios públicos. “El crucifijo es el signo del dolor humano —escribió en aquella ocasión, según podemos leer en el blog de Ángel Ruiz, En Compostela—. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo. Para los católicos, Jesucristo es el hijo de Dios. Para los no católicos, puede ser simplemente la imagen de uno que fue vendido, traicionado, martirizado y muerto sobre la cruz por amor de Dios y del prójimo. Quien es ateo quita la idea de Dios pero conserva la idea del prójimo. Se dirá que muchos fueron vendidos, traicionados y martirizados por su fe, por el prójimo, por las generaciones futuras, y su imagen no está en las paredes de las escuelas. Es verdad, pero el crucifijo les representa a todos. ¿Cómo les representa a todos? Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres. Y el ser vendidos y traicionados y martirizados y asesinados por la propia fe les puede pasar a todos. A mí me parece un bien que los muchachos, los niños, lo sepan desde los bancos de la escuela. Jesucristo ha llevado la cruz”.

¿A quién va a ofender un crucificado?, se preguntaba Ginzburg; ¿un niño a quién va a ofender?, se cuestiona ahora Meloni. Detrás de ambos interrogantes se erige el misterio de la Navidad, que subyace en el corazón mismo de nuestra cultura. ¿De quién somos herederos? ¿De aquel que vino a sufrir con los que sufren o de aquellos que lo persiguieron? Porque no olvidemos que la Navidad que celebraremos en los próximos días es también el relato de un rey, Herodes, quien para salvarse optó por matar a los niños de Belén, a los santos inocentes. No deja de ser paradójico que la historia de la civilización cristiana haya depositado el bien y la bondad en unas urnas tan frágiles: un Dios reducido a la fragilidad de un niño, un padre y una madre guarecidos en un establo, unos pocos pastores, tres magos y poco más; mientras que el mal resplandece entre los poderosos obsesionados con no perder su cetro.

Todo esto nos lo cuenta el Pesebre, como también nos lo cuenta el crucifijo. Y no es necesario ser creyente para reconocer su profunda verdad. No nos avergoncemos de nuestra herencia.

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