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José María Asencio

Vuelva usted mañana

José María Asencio Mellado

Un Rey constitucional. Un ciudadano más

El discurso del Rey fue el de uno más de los españoles que, en su mayoría, se sienten identificados con sus palabras, que viven en los valores que inspiraron nuestra Constitución, que rechazan la confrontación permanente en que se ha instalado la clase política, que anhelan mantener los principios que han favorecido la convivencia durante casi medio siglo, que creen en sus instituciones y las respetan por encima de los burdos y expresos intereses partidarios.

El Rey, tan denostado por aquellos que reivindican otra España diferente y de resultados tan poco esperanzadores si su reflejo es el presente, puso sobre la mesa el sentir de la inmensa mayoría, así como el temor de que el sistema democrático se vea dañado irreversiblemente y regresemos o vayamos hacia un futuro incierto.

El Rey, Jefe del Estado, levantó su voz, la voz de una España que dijo y demostró conocer bien. Frente a los que parecen representar solo a una parte, Felipe VI habló en nombre de todos. Ese es su papel, el que no agrada a quienes no creen en una sociedad plural.

La Monarquía, que no es una institución autoritaria como quieren hacer ver los que no han evolucionado al compás de su transformación, es con certeza valorada muy por encima de los partidos, de los poderes ahora inmersos en un juego partidario extremo y de las instituciones atacadas en su autoridad y posición institucional.

La Monarquía representa la unidad de España, sin ser incompatible con su diversidad, de ahí el ataque a la misma desde el independentismo. La Monarquía representa unos valores, los constitucionales, que se levantaron bajo el reinado de un Rey, Juan Carlos, exiliado sin motivos jurídicos atendibles y solo por un acto de autoridad detrás del que se oculta, pudiera ser, la intención de debilitar la institución, cuando no de atacar la misma Transición y la Constitución.

Dicen algunos que la Monarquía no fue votada. Mienten. Lo fue al momento de hacerlo de la Constitución. Omiten decir, si lo saben, que la II República llegó de la mano de una derrota en las elecciones municipales de 1931, que ganó solo en las grandes ciudades, que la Constitución de 1931 que la instauró legalmente se aprobó por un Parlamento que no pudieron votar las mujeres y que nunca se sometió a referéndum. Es decir, la república jamás fue votada por los ciudadanos. Fue legal, pero su legitimidad fue muy inferior a la Monarquía que se restauró, no se instituyó en 1978.

La Monarquía fue plenamente aceptada por el PSOE e incluso por el PCE, que, imitando a otros países europeos, pusieron por delante la democracia a la forma de Estado. Dar pasos hacia su demolición es, como se aprecia, hacerlo hacia un cambio de sistema, aunque en apariencia se defienda la pervivencia del que ha ofrecido los mejores años de este país en su historia.

Los valores de la Constitución son democráticos. Intentar contraponerlos a otros que se dicen republicanos sin acotar estos últimos y valorarlos como propios y excluyentes es tan artificial que una mirada al mundo desvanece tales discursos.

El Rey, en su discurso, fue el primer español y habló en nombre de la mayoría social, puso en su boca lo que se oye en la calle, los lamentos de la gente corriente, el miedo de quienes ven deteriorarse la convivencia resucitando viejas rencillas, vencedores y vencidos que se lamentan desde donde estén al ver tanta estulticia, el rechazo a la confrontación interesada como método puramente electoral propio del populismo ignorante, el abuso del poder cuando quiere inundarlo todo sin respeto a lo que está consolidado y ha funcionado. Dice bien el Rey cuando advierte de que no todo está seguro, que puede saltar por los aires. El temor a que, por el ego y la ambición de algunos perdamos el rumbo, no es ya ideal, sino sentido en la calle; alimentarlo es el recurso de los demagogos, insultar es el efecto de la necedad de quienes carecen de inteligencia para debatir con el adversario.

No debemos dudar y la advertencia del Rey es expresa, de que caminamos hacia un profundo cambio constitucional que estamos presenciando en directo. Del estado autonómico al federal, de la división de poderes a la concentración, de la monarquía a un presidencialismo autoritario, del consenso a la confrontación excluyente. Hora es de preguntar a los españoles si la política de Sánchez, que en nada se parece a lo que prometió, es refrendada por quienes votaron otra cosa diametralmente diferente.

No hace falta ser monárquico convencido para serlo en España. Juan Carlos y ahora Felipe han sido excelentes monarcas. Negarlo exige argumentos sin base más allá de objetivos que no son compatibles con el orden constitucional. Esto es lo que está en juego: el sistema en su integridad y esencia y el Rey, porque su función es esa, ha denunciado lo que es un clamor en la calle.

Ser republicano o monárquico es cuestión accesoria cuando lo esencial es la democracia. Nadie podía imaginar casi cincuenta años más tarde que volveríamos a discutir sobre un dilema que fue superado a la vez que la división entre españoles y el respeto en el marco de la Constitución. Esa es la esencia de la Monarquía: el representar una España unida y una sociedad de todos y para todos bajo el imperio de la ley.

José María Asencio Mellado es catedrático de Derecho Procesal

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