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Jorge Dezcallar.

Velos castradores

Esta gente sigue en la Edad Media, una época por la que nosotros también pasamos y en la que desde el punto de vista actual cometimos muchas salvajadas que afortunadamente hoy hemos corregido, mientras que los musulmanes no han podido hacerlo y por eso siguen cometiendo lo que a nosotros nos parecen barbaridades mientras que ellos lo consideran natural y nos acusan de querer imponerles nuestros valores y no respetar su propia cultura. El resultado es que no hay acuerdo posible con quiénes estiman lógico condenar la blasfemia con la muerte (Theo Van Gogh, Salman Rushdie) o subordinan la mujer al varón como si fuera una menor de edad permanente cuya dignidad y protección exigen taparla de la cabeza a los pies. La igualdad de género les es incomprensible e incluso ofensiva.

Carecen de margen de maniobra para ver las cosas de otra manera porque desde su punto de vista no se trata de opiniones sino de la Verdad revelada por el ángel Gabriel al profeta Mahoma y recogida en el sagrado Corán. Y eso no hay quien lo cambie. Pedro Gómez García, catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada, lo explica de manera rotunda al decir que con respecto al hombre musulmán la mujer “está estigmatizada como inferior teológicamente. Es considerada inferior por naturaleza. Es vista como fuente de impureza. Es juzgada como deficiente intelectual y moralmente. Es tratada como inferior social y jurídicamente. Vale menos en la venganza de sangre. Tiene menos derecho en la herencia. Tiene menos derechos en el matrimonio. Está supeditada en la relación sexual. Queda en desventaja en el divorcio. Está más indefensa en el caso de adulterio. Recibe peor castigo por la homosexualidad. Sufre la mutilación genital. Es descrita como objeto sexual en el paraíso. El velo islámico simboliza la sumisión femenina y la supremacía masculina”. Y es ese velo el que por desgracia vuelve a estar de moda en dos países especialmente: Afganistán e Irán. En Afganistán los talibanes imponen a las mujeres esa cárcel ambulante que es el burka, símbolo de su sumisión y permanente minoría de edad, y acaban de prohibirles que accedan a la universidad y al propio bachillerato en una decisión que nos indigna por su inmoralidad, al margen de la estupidez que desde un punto de vista económico supone prescindir de la mitad de la población que se ve limitada a la vida doméstica. ¿Qué han hecho los soviéticos que dominaron Afganistán entre 1978 y 1992? ¿Qué han hecho los americanos, que lo han dominado entre 2001 y 2021? Ambos se fueron con el rabo entre las piernas sin preocuparse posteriormente por la suerte de las mujeres afganas y por eso el mundo entero debería negarse a aceptar esta situación y adoptar concertadamente medidas para obligar a esos bárbaros a cambiar su intolerable actitud.

En Irán vuelve a haber manifestaciones masivas como ya hubo en 2001, 2009, 2017 y 2019, esta vez tras la muerte a manos de la Policía de la Moral de Mahsa Amini por no llevar correctamente ese velo de la inferioridad. Se habla de 500 muertos, 14.000 detenidos y condenas de muerte en la horca, algunas ya ejecutadas en público para escarmiento de una población que ha vuelto a mostrar su distanciamiento del régimen clerical e intolerante que la asfixia. Entre los detenidos están figuras públicas que han tomado partido a favor del eslogan: Zan Zendegi, Azadí (Mujer, Vida, Libertad) como la actriz Taraneh Alidoosti, la escaladora Elnaz Rekabi, el equipo iraní de fútbol que en Qatar se negó a cantar el himno en el partido contra Inglaterra, los futbolistas Amir Nasr Azadani (que podría ser ahorcado) y Ali Daiei (su familia ha sido forzada a volver cuando ya volaba hacia Dubái), y, la última hasta hoy, la ajedrecista Sara Khadem, que ha participado sin velo en un torneo en Kazajistán. Son nombres de gente valiente. La situación de las mujeres en Irán es indignante y exige más contundencia en nuestra reacción contra un régimen que trata de mantener a sus súbditos en un oscurantismo medieval hasta el punto de ejecutar sin piedad a los que se rebelan y exigen vivir en el siglo XXI. No bastan las condenas verbales, hay que dar medios a quienes luchan por su libertad y su dignidad jugándose la vida y someter a estos países al ostracismo internacional. Hasta que cambien.

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