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Javier Cuervo

Un millón

Javier Cuervo

La zapatilla de la reina

Los monárquicos admiran a las reinas, mujeres clave, por el mero hecho de serlo, en la sucesión dinástica, madre del cordero del sistema, pero dan toda la importancia a la parte ginecotocológica y, al poco de nacer, sus criaturas pasan a manos de ayas y preceptores para que su majestad vaya al palco de la ópera, a la gala de caridad o al viaje por el mundo, a tener en brazos bebés que no son suyos. En los pocos reyes que quedan vemos que nunca tuvieron una madre de antes, de las que reñían, controlaban y advertían de peligros a los que la inocencia es ciega. Grandes madres que enseñaban lo que había que hacer y lo que no y a las que se desobedecía incluso después de muertas.

A Juan Carlos I y le faltó una madre que le dijera: “Con Bárbara Rey no, Juanito, que es una fresca”. Luego, Juanito habría hecho lo que el albedrío o la pichula le dictaran, pero, advertido, habría evitado que le grabara llamadas comprometidas. Con una madre de antes, Juan Carlos habría reconocido en Corinna a “una aprovechada, bobo, que no lo ves” y no le habría pedido, llevado por la gratitud, que le sostuviera un rato 65 millones de euros. Míralo en Abu Dabi y verás lo importante que es una madre, también fuera de la consulta del psicólogo.

Parecido le sucedió a Carlos III, hijo de Isabel II, un caso único de monogamia contrariada que tuvo que casarse con una chica joven porque la mujer de su vida ya tenía marido. Ahí faltó en la adolescencia una madre que, en vez de pasarse el día en las cuadras y con los perros, dijese “hijo, las casadas, no se miran”. Lady Di murió joven pero no tanto como para una advertencia clásica: “Los hermanos no se pelean”. Por Harry sabemos que su hermano Guillermo, dos años mayor, le seguía pegando a los 35 años sin miedo a que se la devolviera, a pesar de haber matado 25 talibanes. Si en vez de una madre que te diga “hijo, no se mata” tienes un militar que valore “excelente tiro, alteza” encima vas contándolo por ahí.

Las monarquías tienen cetro, vellocino, trono, corona, pero nunca han tenido una zapatilla real y así les va.

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