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Joaquín Rábago

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Joaquín Rábago

¿Peligra el eje franco-alemán en el sesenta aniversario del tratado del Elíseo?

La guerra de Ucrania y sus desastrosas consecuencias económicas y sociales para un continente cada vez más militarizado están haciendo que chirríe el eje franco-alemán, del que se cumplen ahora sesenta años.

El próximo 22 de enero se celebrará en el palacio del Elíseo el aniversario del tratado bilateral que firmaron el 22 de enero de 1963 el presidente francés Charles de Gaulle y el canciller federal alemán Konrad Adenauer, sellando así la amistad de dos países secularmente divididos.

Sin embargo, las relaciones entre París y Berlín no atraviesan de un tiempo a esta parte su mejor momento, y esto tiene mucho que ver con la respuesta europea, que es a la vez de la OTAN y la UE —tanto montan, montan tanto últimamente—, a la invasión rusa de Ucrania.

Para el ex diputado Daniel Cohn-Bendit, que tiene ambas nacionalidades, la alemana y la francesa, hay preguntas a las que no se han dado aún respuesta como “cuál debe ser la arquitectura europea de seguridad o qué significa para Alemania el que Francia sea la única potencia nuclear de la UE”.

Cohn-Bendit tiene reproches que hacer a los actuales dirigentes de los dos países: al canciller federal alemán, Olaf Scholz le falta, explica al semanario Der Spiegel, “el necesario gen europeo, que tenía (su antecesor) Helmut Kohl”.

El presidente Emmanuel Macron, en cambio, sí lo tiene, según el veterano político “verde”, pero todo lo ve “a través del prisma francés” y cuando habla de política de defensa europea, se refiere a su país. O sea que cada uno está encerrado en su propio molde nacionalista.

En Berlín causó, por ejemplo, enojo el hecho de que Macron se adelantase a sus socios prometiendo al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, el envío de carros de combate anfibios tipo AMX-10RC.

Macron hizo esa promesa, de la que no había informado, sin embargo, previamente a Berlín, tras una conversación telefónica con su homólogo ucraniano, que le presentó una larga lista de material bélico que dijo necesitar para expulsar de su territorio al invasor ruso.

A mediados del pasado diciembre, los asesores de seguridad de EEUU, Francia, Alemania y el Reino Unido, trataron en una reunión discreta de cuál debía ser el próximo paso para ayudar militarmente a Ucrania.

De aquella reunión salió la idea de que Estados Unidos pusiese a disposición de Kiev su sistema de misiles tierra-aire Patriot. Y aunque en ella se habló también de carros de combate, los participantes alemanes salieron sin saber qué haría París.

Washington lleva tiempo presionando a los europeos para que entreguen a Ucrania sus blindados más potentes, entre los que destacan los Leopard 2 alemanes. Berlín, sin embargo, siempre se resistía, argumentando que debía ser una decisión colectiva.

Según la revista Politico” el anuncio francés del envío a Ucrania de los carros de combate AMX-10RC, era una forma de presionar también a Berlín para que dejase atrás sus vacilaciones y autorizase a los países aliados la entrega a Kiev de los Leopard 2 de sus arsenales.

Las diferencias entre París y Berlín no se limitan, sin embargo, a la ayuda militar a Ucrania, sino que se extienden a otros terrenos como el energético: Francia nunca ha dependido tanto como Alemania del gas ruso, con lo que el corte del suministro los afecta menos.

Y cuando Berlín aprobó a finales del pasado septiembre un paquete de ayudas energéticas por un total de 200.000 millones de euros para proteger a sus ciudadanos y a la industria de la subida del gas, los franceses no ocultaron tampoco su irritación porque no se les había avisado.

Los franceses parecen en cualquier caso convencidos de que su país podrá resistir mejor la actual crisis que sus vecinos alemanes porque su modelo económico no está tan basado en la industria, en el gas ruso barato y las exportaciones a grandes mercados como China.

Precisamente ese importantísimo comercio bilateral con el gigante asiático convertía a Alemania en un poderoso rival económico de EEUU. Y el corte del suministro del gas ruso, objetivo claro de Washington desde un principio, no puede sino disminuir la competitividad de la industria germana.

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