Enrique Piñeyro salió de Barajas con su avión privado en la madrugada del pasado viernes. Voló a Niamey, la capital de Níger, subió a 50 refugiados, los trasladó a Roma y de allí volvió a a Madrid. Todo en 12 horas. Él mismo estaba a los mandos del aparato, un Boeing 787 con capacidad para 250 personas que había adquirido a principios de año. Piñeyro, de nacionalidad argentina, es piloto. También es médico, actor, director, productor, cocinero, monologuista y millonario, gracias a una herencia que él ha ensanchado invirtiendo. La larga jornada debería haber terminado con una cena en un caro restaurante madrileño, pero el coronavirus frustró su plan. Tres de los pasajeros dieron positivo al aterrizar en Italia, horas antes de la ola de restricciones para viajar que ha traído consigo la variante ómicron del coronavirus, y todo el mundo tuvo que confinarse.

El millonario que rescata refugiados José Luis Roca

Aun así, el vuelo funcionó como un reloj. Piñeyro y el resto de su equipo tenían miedo de lo que se encontrarían en Niamey. No sabían cómo iban a reaccionar los refugiados, seleccionados gracias a un corredor humanitario que funciona con cuentagotas desde 2016. La mayoría llevaba años esperando este traslado en un campo a las afueras de Agadez, en Níger, el país más pobre del mundo. Algunos habían sufrido torturas en los centros de detención de Libia, financiados indirectamente por la UE. Otros no habían montado nunca en un avión.

La Ruta EPC

Cuando subieron, fue casi tan impersonal y aséptico como cualquier vuelo. Una fila de personas que evitan mirarse a los ojos y guardan silencio mientras esperan a que el pasajero de delante coloque sus maletas y tome asiento. Solo cuando el aparato despegó, varias jóvenes camerunesas empezaron a bailar, cantar, ulular y dar las gracias a Dios y a "monsieur Enrique". Todos parecían saber quién era Piñeyro.

Una joven camerunesa alimenta a su bebé durante el vuelo. La mayoría de los refugiados eran mujeres y niños. JOSE LUIS ROCA

Tierra de nadie

Tuvo la idea en Somalia. En 2018, cuando estaba produciendo un documental, Piñeyro viajó al país africano y se dio cuenta de que los vuelos humanitarios eran casi siempre "tierra de nadie". Las organizaciones pagaban precios “altísimos” por aviones que no cumplían las mínimas medidas de seguridad. "Lo que hay que crear es una oenegé de intervención directa que vuele con los mismos criterios que una línea aérea", pensó.

"Podría comprar un yate, contratar a 20 marineritos, vestirlos de blanco, dar fiestas con caviar y aparecer en las revistas", dice Piñeyro de sí mismo. Pero nunca se ha visto en ese papel. Elige compartir espacio y llevar en su avión privado a personas como Moustapha Youma, un sudanés de 25 años. Vestido con sus mejores ropas (camisa, chaqueta de color fucsia, pantalón con raya y zapatos), no se movió de su asiento durante las casi cinco horas que duró el trayecto entre Níger e Italia. "No es fácil para mí hablar de lo que me ha ocurrido", dijo.

Piñeyro, a los mandos de su Boeing 787. Lo compró a principios de año, porque el 737 que ya tenía se le quedaba pequeño para sus proyectos. JOSE LUIS ROCA

En 2003, Youma dejó Sudán junto a sus padres y cinco hermanos, huyendo de la guerra civil, y acabó en un campo de refugiados en Chad. En 2016, intentó llegar a Europa, pero un año después fue arrestado en Libia y llevado a un centro de detención en la ciudad de Al Baida, uno de los al menos 15 que hay en el país norteafricano, cuyo ordenamiento jurídico permite que los extranjeros sin papeles puedan estar encarcelados sin límite de tiempo ni asistencia de abogado.

"Los guardias me golpeaban con palos, me hacían quemaduras y cortes con cuchillos", explica Youma

"Los guardias me golpeaban con palos, me hacían quemaduras y cortes con cuchillos, me echaban agua caliente y fría", explicó, desabotonándose la camisa para mostrar su pecho y sus brazos, llenos de cicatrices. También le exigían dinero y teléfonos de familiares para extorsionarlos a cambio de su liberación, pero Youma no tenía nada que darles. Seis meses después, como tantos otros que han sido detenidos en Libia, donde también es legal que los migrantes sean forzados a trabajar sin recibir ningún pago a cambio, fue vendido como esclavo.

Youma recogía tomates. "¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí?, le pregunté al dueño. 'Cuatro meses', contestó, 'en cuatro meses podrás ser libre’' Pero pasó ese tiempo y me dijo que aún no me podía ir, y que si me escapaba, me dispararía", continuó. A los seis meses, logró huir, llegando en 2018 al campo de refugiados de Agadez, en Níger. Ahora pasará un tiempo en un centro de atención psiquiátrica en Avellino, cerca de Nápoles. "No sé qué hacer con mis sueños", explicó. Cuando Youma dice sueños, quiere decir pesadillas.

El accidente aéreo

Hasta hace poco, Piñeyro, un hombre voluminoso, bien conservado a sus 64 años, nacido en Génova (Italia) pero criado en Argentina, llevaba casi dos décadas sin ponerse a los mandos de un avión. Quiso volar desde los tres años. “Todos mis juegos tenían que ver con eso”, recuerda. Mientras estudiaba Medicina, se sacó la carrera de piloto. Comenzó a trabajar en 1988 para la recién creada LAPA (Líneas Aéreas Privadas Argentinas) y denunció desde el principio las graves irregularidades de la compañía. En 1999, harto de "chocar contra un muro", lo dejó. Solo dos meses después, un vuelo de LAPA tuvo un accidente. Murieron 65 personas. Piñeyro investigó el caso, convencido como estaba de que la culpa era de la empresa, y también lo plasmó en un largometraje de ficción, 'Whisky Romeo Zulú', y un documental, 'Fuerza Aérea Sociedad Anónima', ambos como director, guionista y protagonista.

No había vuelto a pilotar desde entonces. La idea de la oenegé, llamada Solidaire, le iba a permitir volver a hacerlo, pero faltaba lo más importante: el avión. A principios de 2020, viajó a Singapur y compró un Boeing 737. Con él ha llevado alimentos a Mozambique y material sanitario a la India en lo peor de la expansión de la variante delta del coronavirus, entre otros muchos proyectos, la mayoría de la mano de Open Arms, la organización dedicada al rescate en el Mediterráneo. Piñeyro se siente muy unido a ella: hace unos meses adquirió un barco por 2,5 millones de euros y se lo cedió. Mientras tanto, sintió que el 737 se le quedaba pequeño para todo lo que quería hacer, así que se compró un 787. También de segunda mano, pero muy poco usado. Nuevo, el aparato cuesta cerca de 220 millones de euros.

El barco de salvamento que Piñeyro compró y cedió a Open Arms. Antonio Sempere

Ninguna teoría es suficiente

"Hay muchas teorías que ayudan a explicar por qué hago tantas cosas", dice Piñeyro en su casa, situada en Recoletos, una de las zonas más caras de Madrid, donde reside desde la primavera de 2020. Es una vivienda amplísima, con una chimenea de diseño en el centro del enorme salón, paredes desnudas y muebles escasos y provisionales, porque "los arquitectos y los interioristas", explica, "tienen problemas a la hora de diferenciar julio y noviembre".

Miembro de la familia Rocca, la tercera fortuna de Argentina, Piñeyro recibió en 2010 una herencia "grande, pero no monstruosa"

La primera teoría sostiene que vive en un continuo "conflicto vocacional". La segunda, que sufre "déficit de atención". La tercera, que no le importan las "carreras", sino los "proyectos". Y hay una cuarta, que alguien le dijo hace poco y desde entonces incorpora al recuento, que señala que él, en el fondo, sigue siendo "un niño". Nada de lo que hace sería posible sin mucho dinero, claro. A él le viene de familia, al menos en parte. Su padre, recuerda, era "médico, cirujano infantil, y como todos los cirujanos, ligeramente sádico". Su madre pertenecía a la familia Rocca, empresarios metalúrgicos, la tercera fortuna de Argentina según la revista 'Forbes', con quienes Piñeyro mantiene una relación distante. En 2010, recibió una herencia "grande, pero no monstruosa", que él ha "quintuplicado", asegura, invirtiendo de forma autodidacta, sin asesores financieros, una profesión de la que abomina.

Pero ni las teorías ni el capital explican del todo su trayectoria. Millonarios con aficiones hay muchos, pero Piñeyro es otra cosa. Junto a los dos aviones para viajes humanitarios y el barco cedido a Open Arms, ha llevado a cabo el vuelo sin escala más largo del mundo (Seúl-Buenos Aires, 19.483 kilómetros, 20 horas y 19 minutos), fundado otra oenegé en Argentina dedicada a sacar de la cárcel a condenados por error (Innocence Project) y producido, dirigido o protagonizado más de una decena de películas y obras de teatro. También abrió en 2018 en Buenos Aires un restaurante de alta cocina, llamado Anchoíta. Tuvo que cerrar por la pandemia, pero mientras estuvo funcionando había que reservar con meses de antelación para obtener una mesa. Él mismo preparaba los platos.

La azafata, su mujer

Piñeyro habla largo y bajo. Cualquier pregunta puede derivar en una extensa y serena explicación sobre las acciones de Tesla frente a las de Volvo, el número de muertes que provocó hace unos años la caza virtual de Pokémons o el verdadero significado de la palabra ‘prevención’ en la medicina contemporánea. Pero nunca, ni siquiera cuando algo le apasiona o subleva, y a Piñeyro le apasionan y sublevan muchas cosas, alza la voz. Intenta, pero solo consigue a medias, transmitir la impresión de que no se otorga demasiada importancia.

"Mis amigos dicen que es como un buda, porque jamás se altera -explica su mujer, Carla Calabrese, actriz y productora teatral-. Tiene su narcisismo y su arrogancia, pero sus proyectos funcionan. Y los utiliza para hacer el bien".

La pareja se conoció en un avión, cuando él era piloto y ella azafata. "Una historia muy original, ¿verdad?", bromea Piñeyro. Tras más de 25 años juntos, la oenegé les ha colocado en el lugar donde empezaron. Durante el viaje a Niamey, Calabrese volvió a ejercer de azafata. Sirvió cafés y comidas, dio las indicaciones de seguridad, vigiló que todos los pasajeros llevasen el cinturón abrochado cuando debían. Como si fuese un vuelo cualquiera.

Su mujer, Carla Calabrese, hizo durante el vuelo de azafata, profesión por la que conoció a Piñeyro

Pero no lo era. Formaba parte de un corredor humanitario establecido por Italia, que desde 2016 ha logrado trasladar a algo más de 3.000 personas desde diversos puntos de África y Oriente Próximo. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) participa en la selección, el país europeo se limita a gestionar los visados y organismos como Caritas asumen todo el desplazamiento. Hasta ahora, los viajes habían sido en vuelos comerciales, pero Piñeyro se ofreció a hacer este último él mismo, con su Boeing, y correr con todos los gastos. Según sus cálculos, trasladar a estos 50 refugiados (eritreos, cameruneses, yemenís, sudaneses, sudaneses del Sur, somalís y centroafricanos), la mayoría mujeres y niños, costó unos 250.000 euros.

La explosión emocional

El aeropuerto de Niamey es un lugar fantasmal. No se veía casi ninguna actividad, y los escasos aviones eran pequeños o llevaban mucho tiempo abandonados, con sus distintivos comerciales borrados por el sol. Tras el frío embarque, cuando el Boeing de Piñeyro ya estaba en el aire, varios pasajeros, sobre todo un grupo de jóvenes de Camerún, empezaron a celebrar. Solo al ver desde arriba el desierto del Sahel interiorizaron que aquello era real, que iban a llegar a Europa. Cánticos, abrazos, palmas, bailes, gracias a Dios. Una de las mujeres pidió hablar por megafonía. "En nombre de todos los refugiados, agradezco a monsieur Enrique que nos haya sacado de allí. Monsieur Enrique, monsieur Enrique, con lágrimas en los ojos, le damos las gracias por habernos sacado. No sabe por lo que hemos pasado", dijo en francés.

El trabajo de Piñeyro, como el de Open Arms, pone de manifiesto el desinterés de la UE hacia la crisis migratoria

Más allá de sus buenas intenciones, el trabajo humanitario de Piñeyro, y también el de oenegés como Open Arms, pone de manifiesto el desinterés de la UE hacia la crisis migratoria. Para atajar la ruta más empleada, que recorre los 300 kilómetros que separan la costa de Libia de la de Italia, los estados miembros han creado un sistema que intercepta a los inmigrantes antes de que lleguen a Europa, gracias a la colaboración de la Guardia Costera del país norteafricano, sumido en el caos y la guerra civil. Una vez arrestados, son trasladados, muchas veces en autobuses pagados por la UE, a uno de los varios centros de detención, donde viven hacinados, cientos de ellos en una sola celda, y son sistemáticamente torturados y extorsionados, según múltiples informes de organismos internacionales.

"Europa ha decidido mirar hacia otra parte", señala Gemma Pinyol, directora de políticas migratorias del centro Instrategies. Pero la analista también considera que hay un problema "conceptual" en iniciativas donde las oenegés asumen responsabilidades que corresponden al Estado. "Creo que no se pueden tener dudas éticas sobre este tipo de proyectos, porque si no lo hacen las entidades sociales, ¿quién lo haría? –argumenta-. Cumplen una función que las políticas públicas deberían cumplir. Pero sí me preocupa la falta de controles en todo este esquema. ¿Cómo se ha seleccionado a las personas que trabajan con los migrantes? ¿Qué controles han pasado? ¿Qué requisitos se les pide?".

El capitalismo disruptivo

"Lo que me mueve, asombra, asusta y escandaliza es el poco valor que se le da a la vida humana", explica Piñeyro. Por eso se puso en contacto con Open Arms. Cuenta Óscar Camps, director de la oenegé, que la primera vez que vio a Piñeyro fue en 2019, durante unas jornadas en Barcelona. "Yo no sabía quién era y él tampoco lo dijo. Hizo muchas preguntas. Sobre todo, si contábamos con algún tipo de apoyo aéreo para localizar las embarcaciones. Al cabo de un mes, recibimos una donación importante. Solo Pep Guardiola había donado una cantidad así. Cuando le llamé para agradecérselo, me dijo que no sería la única y que quería hablar conmigo", recuerda. Piñeyro le propuso que se vieran en el aeropuerto de El Prat. Camps pensó que aquello era "raro" y que le iba a tocar comer allí, algo que no le apetecía especialmente, pero la cita era en la terminal corporativa, y cuando llegó, un trabajador le dijo: "Su avión está aterrizando".

"Yo no entendía nada", continúa el director de Open Arms. Entonces apareció Piñeyro, le pidió que se subiera a su Boeing 737 (aún no tenía el 787) y se fueron juntos a comer a Mallorca, donde le contó el origen de su fortuna y se ofreció a comprar un nuevo barco. Durante la vuelta a Barcelona, volaron "muy bajito", para comprobar que el avión era capaz de hacer tareas de reconocimiento en el Mediterráneo.

“Enrique podría tener un jet y un yate con todo tipo de lujos. Podría pasarse la vida invitando a otros millonarios a cenar. Pero prefiere tener dos aviones comerciales y un barco de rescate que nos ha cedido”, explica Camps.

Como para tantas otras cosas, Piñeyro tiene para esto una teoría. Se llama teoría del capitalismo disruptivo. "El capitalismo tiene muchos problemas. Uno de los más obscenos es la acumulación desmedida de riqueza. Y si te pones a pensar en los jets privados, pues son objetos harto inútiles. El capitalismo disruptivo consiste en reformular los objetos de lujo, logrados con malas artes, entre comillas, y ponerlos al servicio de algo que merezca la pena", concluye. Suena mucho mejor que ofrecer caviar a otros millonarios en fiestas a bordo de un yate.

Una refugiada baja del avión, a su llegada al aeropuerto de Roma. JOSE LUIS ROCA