La ciudad que viví

La familia numerosa de San Pedro de Visma

En mi casa éramos catorce hermanos, por lo que todo el dinero que entraba era para comer y pocas veces pudieron darnos dinero para gastar - Los niños usábamos cualquier cosa que encontrábamos para jugar

09.04.2017 | 03:14

Nací en el lugar de Monte das Bouzas, en San Pedro de Visma, donde viví con mis padres, Enrique y Vicenta, y mis trece hermanos. Mi padre trabajó como aserrador en un fabriquín de A Coiramia y luego como técnico de mantenimiento en la Compañía de Tranvías, en la que acabó jubilándose.

Mi primer colegio el de don Manuel, a quien llamaban el Cherepa, situado en la calle Cuesta y en el que estuve dos años, tras lo que pasé al de Seoane, en Rúa Nueva. Terminé los estudios primarios en el colegio don Bernardino, en San Roque de Afuera, y a los catorce años me puse a trabajar como chico de los recados en la fábrica de chocolates La Fe Coruñesa, para lo que usaba una bicicleta con remolque con la que recorría la ciudad e incluso llegaba hasta O Burgo, por lo que las pasé canutas.

Tres años más tarde entré en los laboratorios Sandoz, en Federico Tapia, como mozo de almacén, trabajo que realicé hasta que hice la mili, en la que como estuve en la banda de tambores, me libré de todas las guardias y participé en todas las procesiones y desfiles. Cuando terminé, me ofrecieron trabajar en Intelsa, una filial de Telefónica, tras lo que finalicé mi vida laboral en Alcatel como técnico.

Mis primeros amigos fueron los de mi barrio, como José Manuel Carracedo, Antonio Brandariz, José O Panchas y Miguel, con quienes pasé muy buenos momentos en mi infancia pese a que no teníamos juguetes, por lo que los inventábamos con cualquier cosa como la madera que cogíamos en los fabriquines o en los árboles que podaban en la Ciudad Jardín, con la que hacíamos espadas. Aprovechábamos los cañotos de las verduras para jugar al hockey y de pelota usábamos un canto rodado de la playa, y también jugábamos al frontón en la pared de la Escuela de Comercio con un huevo de madera de los usados para zurcir calcetines, aunque como dolía mucho al golpearlos con la mano, los forrábamos de hojas de lechuga.

Como en casa éramos catorce hermanos, todo el dinero que se ganaba era para comer, por lo que pocas veces me dieron dinero. Me apuntaba a recoger con la pandilla puntas, hierros viejos, trapos y zapatos para venderlos y conseguir así algunos patacones con los jugábamos al futbolín, comprábamos chucherías o cambiábamos tebeos, aunque también íbamos a cines como los Finisterre, España, Doré, Hércules y Monelos.

En mi juventud entré en la Agrupación Folclórica Aturuxo, donde también estaban amigos míos y en la que permanecí muchos años, tras lo que pasé al Ballet Gallego Rey de Viana y posteriormente a Coros y Danzas. Finalmente formé con unos amigos el grupo Brisas da Coruña y me dediqué a dar clases de percusión, aunque lo fui dejando porque me quitaba mucho tiempo para estar con la familia, ya que me casé con Ana María Rey Pan, con quien tuve dos hijos, Héctor e Ismael, quienes nos dieron dos nietos, Sara y Daniel.

Cuando éramos chavales, nuestras playas favoritas eran las de O Portiño, Santa Cristina y As Xubias. Para ir a las dos últimas lo hacíamos enganchados en el tranvía Siboney, en el que alguna vez fuimos hasta Sada. Recuerdo que llevaba hasta tres vagones repletos de gente, por lo que el cobrador se volvía loco y a los que íbamos enganchados nos tiraba arena de los frenos. También hacíamos escapadas fuera de nuestro barrio hasta Santa Margarita, Monelos, A Gaiteira, Palavea y la Granja Agrícola, lo que para nosotros eran aventuras, ya que aprovechábamos para coger en esos lugares maíz, guisantes, tomates, zanahorias, patatas y algunas veces arenques y pulpos que dejaban a secar en la antigua explanada del Palacete de Santa Margarita.

Hacíamos además batallas entre las pandillas como si fueran las que veíamos en las películas de romanos o de indios, y nos intercambiábamos tebeos y novelas, sobre todo las del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, Zane Grey y Keith Luger. En la edad del pavo empezamos a bajar al centro para pasear e ir al cine, así como a la Bolera Americana y los futbolines de El Cerebro, además de a los locales de las calles de los vinos.

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