08 de junio de 2019
08.06.2019

Exgerente del cine Valle-Inclán y exprofesor de Imaxe en el instituto de Educación Secundaria Monelos

Érase una vez una sala de cine llamada Valle-Inclán

07.06.2019 | 20:20
Vestíbulo exterior del cine Valle-Inclán en el estreno de la película de Fernando Trueba 'El año de las luces', el 7 de enero de 1987.

Érase una vez", o su sinónimo "Había una vez", son insinuantes locuciones empleadas en diversas lenguas y utilizadas en reiteradas ocasiones en cinematografía, literatura, televisión, o para dar título a composiciones musicales. Ambas expresiones destilan de sí mismas aromas de nostalgia, universos de fábula, de leyenda o puede que de una realidad, pero anclada en el pretérito que ya no es.

Activando la memoria de un pasado, capturo el seductor aforismo para recordar que: "Había una vez..." en A Coruña diversas y variopintas salas cinematográficas donde alternaban vetustos, aunque entrañables cines de las décadas 30 y 40 „Savoy, Coruña, Equitativa, París...„, con otros que, más próximos en el tiempo, llegaron a ofrecer al público coruñés las, entonces, avanzadas técnicas en proyección y sonido. Estos fueron esencialmente Riazor, Teatro Colón y Rosalía.

Difícil de olvidar son aquellas primeras proyecciones sobre las cóncavas pantallas de CinemaScope, o el Todd-Ao, VistaVision, Technirama... que conformaban un fascinante universo del audiovisual, deslumbrando a la adolescencia de los 50.

El cine Valle-Inclán

Tiempo después, hace ya más de 40 años pero en medio de ellos, estrenando democracia, el 23 de noviembre de 1978, abrió sus puertas, sin ruidos ni algaradas, ni tampoco gran pantalla, aunque sí pleno de ilusión y sólidos deseos de innovación, el que llevó por nombre cine Valle-Inclán.

Su pantalla la iluminó por vez primera Isabelle Huppert en su Dentellière y la nueva sala fue muy pronto bien aceptada por los espectadores, surgiendo de entre ellos un grupo que llegó a ser incondicional. Por estos fue apodada, con afecto y familiaridad El Valle.

Realmente su vida fue efímera aunque repleta de proyectos, ansias de mejora y especialmente respeto al espectador. Su filosofía existencial fue servir a la cinematografía y obligarse con la cultura ocupando un espacio desierto: el campo al que había renunciado el Goya, como Sala de Arte y Ensayo.

En el Valle no había innecesarios descansos ni consejos publicitarios, tampoco venta de chuches. Un sencillo y austero pero afable vestíbulo recibía al espectador bajo la mirada de una decena de dibujos-retrato de don Ramón María. Una sencilla mesa, próxima a dos sillas de rodaje, ofrecía una crítica-reseña de la cinta a proyectar. Las sobrias sesiones se limitaban a mostrar el film prometido, precedido de un cortometraje. Ciclos temáticos, recuperación de viejos clásicos, obras de autor, filmes en versión original subtitulada y también presentaciones y coloquios, fueron los pilares de sustento de ese local.

Guerra de empresas

Su corta andadura no fue fácil, pues sin nunca habérselo propuesto, ni ser invasor del terreno puramente comercial, llegó a ser la piedrecilla en el zapato que irritó a los dos gigantes que, aunque en guerra entre ellos, controlaban el mercado del celuloide en la ciudad y en Galicia. Una tercera empresa, por modesta que fuere, no era bienvenida y las distribuidoras fueron muy claramente advertidas sobre el material que debían y no debían contratar con el nuevo cine. Obtener el visado o visto bueno, sobre los títulos que pudieran ofrecer era conditio sine qua non. El pecado de desobediencia llevaba implícita una penitencia: no estrenar el título en el resto de Galicia. Así se creó un "monstruo" de poder que acabaría engullendo al propio creador.

Un optimista empedernido, copromotor de esta idea-proyecto, y que no ha mucho ha cruzado esa línea sin retorno que todos los mortales traspasaremos, solía aseverar con contundencia que "fue bonito mientras duró". No, no ha sido así exactamente, porque todos los días no fueron de vino y rosas, ni fáciles ni cómodas las contrataciones, ni gratas las polémicas de despacho cuando nuestra pequeña empresa con limitados recursos económicos había de firmar y pagar títulos que, por respecto a nuestros espectadores, nunca se iban a proyectar. También es de justicia testimoniar que gerentes de sucursales y distribuidoras de cine comercial y especializado vieron con simpatía el proyecto. Ellos facilitaron sugerentes y estimables títulos.

Tras 19 años de éxitos, fracasos, alegrías y desasosiegos, se llega al final del camino: el 30 de abril de 1997 el Valle cierra para siempre. En aquella fecha, de los dos colosos que controlaban el mercado del cine tan solo uno sobrevivía a sus guerras, pero estaba herido de muerte. Con dignidad, y he de reconocer que con respeto, éste propuso hacerse cargo para reabrir la recién clausurada sala, y el Valle-Inclán comenzó una breve, gris y triste travesía hacia su definitivo fin, lejos de los principios que engendraron su existencia. Era el verano de 2000.

Durante muchos años A Coruña y Vigo fueron sede, en Galicia, de sucursales de las grandes distribuidoras cinematográficas, denominadas Majors & Minors. Miles de cintas se movían anualmente en territorio gallego, con sus despachos delegados, gerencias, empleados y flota de transporte. Pero cuando los exhibidores cerraron, nadie había para contratar. Su presencia era absurda. Un solo exhibidor sería servido desde Madrid y tan sólo subsistieron escasas empresas de distribución familiar para servir pequeñas localidades.

El 23 de Agosto de 2002 cae el buque insignia de la única empresa existente: el teatro Colón. Realmente fue triste noticia. El gigante se desmorona. No quedan cines en la ciudad. Los distribuidores se han marchado de A Coruña y Galicia... Todo se fue con el viento.

Nostalgia

Aunque el núcleo urbano quedó cinematográficamente yermo comenzaban a florecer Los Rosales, preludio de una reforestación consumada por la llegada de diversas empresas con sus multisalas que hoy ofrecen un nivel muy superior al de aquellos viejos locales. Sin embargo sus técnicas de sonido, sus notables calidades de proyección digital, Isens, 3D y las cómodas butacas en gradas, con filas especiales de sensaciones vibratorias, no desvanecen el cálido recuerdo de aquellos poco cuidados locales de reestreno de imperfectas proyecciones, con lámparas no siempre en óptimas condiciones y el característico perfume de ambientador barato. También un evocador de la música rememora la fritura de un vinilo.

Pero los nostálgicos de aquella época, de aquel cine... boguemos penetrando las brumas del tiempo hasta arribar en las mágicas tierras de Brigadoom. Puede que allí exista un cine que materializándose durante una jornada en cada centuria, abra sus puertas y proyecte un film, que bien podría llevar por título: "Érase una vez...". Parafraseando a Rick: "Siempre nos quedará el Valle".

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