06 de octubre de 2019
06.10.2019
LA CIUDAD QUE VIVÍ

Los niños que espiaban en el Teatro Argentino

Los chavales de mi pandilla íbamos a la explanada de A Palloza cuando se instalaba la carpa del espectáculo de variedades para ver a las vedetes por huecos de las lonas, pero siempre nos echaban

05.10.2019 | 18:54

Nací en O Carballo, en el municipio de Oleiros, en la casa de mis abuelos maternos, aunque a los pocos días de mi nacimiento mis padres, Alberto y María Teresa, me llevaron para su casa en la ciudad, en la calle Fernández Latorre, donde nacieron mis hermanas Mercedes y Teresa. Mi padre fue armador de buques pesqueros, a los que se les conocía porque todos llevaban dibujado un pelícano en la chimenea y se les llamaba los Parrulos. El más famoso de ellos era el congelador Corcubión, que se hundió en el muelle de Vigo cuando estaba preparado para salir hacia África y por causas que nunca se supieron, ya que en aquel momento no había nadie a bordo.

Mi primer colegio fue el de los Maristas, donde estuve hasta los catorce años, tras lo que pasé al instituto Masculino hasta que entré en la Escuela de Náutica, aunque solo estuve un año allí y me fui a trabajar con mi amigo Adolfo a Palma de Mallorca, a donde fuimos con dinero solo para una semana, por lo que a los tres días ya estábamos a dos velas. Por suerte conseguimos trabajo en el restaurante La Casa Gallega, del futbolista Amador, del Atlético de Madrid. Allí estuvimos seis meses hasta que pudimos ahorrar para el viaje de vuelta y a mi regreso me puse a vender enciclopedias, aunque como no tenía éxito, me fui a la mili, que me tocó en Canarias, donde lo pasé bien porque fui el chófer de un general y me libré de guardias y otros servicios.

Al volver trabajé como representante de calzado en Galicia, Asturias y León, por lo que siempre iba cargado de maletas con zapatos del mismo pie, un empleo pesadísimo en que solo estuve un par de años. Luego fui representante de mangueras especiales de la empresa Comaga y más tarde trabajé en las empresas de montajes Isolux y Carvajal, hasta que aprobé unas oposiciones para entrar en Fenosa y me destinaron a la central térmica de Anllares, en la provincia de León, donde estuve siete años. Más tarde me destinaron a Noia y luego terminé mi actividad laboral en la térmica de Sabón. Me casé y tengo una hija llamada Lucía que ya me hizo abuelo con un nieto que se llama Alberto.

Mi pandilla de amigos estaba formada por Ángel Rey, José Cousillas, José Aneiros, mi primo Manuel Larrosa, Juana Longueira y Belén. De niños jugábamos en Cuatro Caminos, en lugares como la escalinata de Santa Lucía y la antigua explanada de A Palloza, donde estaba la antigua caseta de madera de la churrería El Timón y se instalaba el Teatro Argentino, en el que intentábamos ver a las vedetes a través de huecos de las lonas, aunque siempre nos veían y teníamos que escapar.

Además de jugar en la calle, nuestra mayor ilusión era ir al cine y disfrutar de las películas de aventuras que veíamos en los cines Doré, Equitativa y Monelos. A los trece años entré en la OJE para acudir a los campamentos de verano de Gandarío, donde practicábamos deportes de todo tipo y lo pasábamos fenomenal. En esa época empecé además a practicar el judo en el gimnasio Juda junto con mi amigo Romay, que luego sería campeón en este deporte. Hoy en día hago jiu-jitsu en el Judo Club Coruña, aunque con cuidado para no darme golpes en las caídas, ya que por mi edad me pueden dar problemas.

En nuestra juventud los domingos bajábamos a pasear por la calle Real y los Cantones para mirar a las chicas, aunque también íbamos a las calles de los vinos, donde parábamos en el Otero, el Linar, el Compostela y en el Hogar de la Guardia de Franco en la calle Real, situado en un primer piso, donde comprábamos unos buenos bocadillos que solo valían una peseta. También acudíamos a todos los bailes que había en la ciudad, como el Chivas o el Cassely, además del Rey Brigo en Betanzos.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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