16 de febrero de 2020
16.02.2020
LA CIUDAD QUE VIVÍ

La familia del ultramarinos de Peruleiro

La casa de mis abuelos, en la que viví con mis padres, albergó una tienda y luego un bar en una época en la que el barrio aún estaba rodeado de campos y en la que criábamos animales

15.02.2020 | 18:38

Nací y me crié en la calle que se llamaba Prolongación de la avenida de La Habana, hoy calle Peruleiro, en la que sigo residiendo. Cuando nací, toda aquella zona estaba rodeada por campos y casas en las que vivían las familias que los cultivaban. Una de ellas era la de mis abuelos Amalia y Benjamín, en la que también vivimos mis padres, David y Mercedes, y yo y en cuya planta baja hubo una pequeña tienda de ultramarinos y luego un bar en el que trabajaron mis padres, mientras que mi abuela era cigarrera en la Fábrica de Tabacos, mi abuelo trabajaba la tierra y mi padre lo hacía como sastre en casa.

Entre mis recuerdos de aquellos años está que al lado de nuestra casa se abrió un cine y sala de baile llamado Lux y que hasta mi juventud iba con mis familiares a unos alpendres que aún existen en una pequeña franja de terreno y que estaban junto a la casa del cura, ya que allí se encontraban unos animales que teníamos y a los que dábamos de comer.

Mi único colegio fue la Academia Galicia, en el que terminé el bachiller y al que iba andando o en el tranvía, sobre todo en invierno y muchas veces enganchado con otros amigos y compañeros para ahorrarnos el billete.

Mi pandilla estuvo formada por compañeros del colegio, entre los que destaco a Humberto, Mario, Berto, Jorge y José Luis, con quienes sigo manteniendo la amistad. Jugábamos casi siempre en el callejón del colegio y en la plaza de Maestro Mateo, así como en la zona del paseo de los Puentes y la Imprenta Roel.

Cuando llegaba el domingo, solo pensábamos en ir a los cines España, Gaiteira, Doré, Monelos o Santa Margarita, así como al Lux, al que venía mucha gente de mi barrio, de O Ventorrillo, A Moura y Meicende.

Ya de quinceañeros bajábamos al centro y acudíamos a los guateques escolares y a todos los bailes y verbenas de la ciudad y los alrededores, como el Saratoga de Monelos, La Perla de Mera, La Granja y sus famosos jueves rosa, además del Finisterre, en los que siempre había un gran ambiente. Otros lugares en los que nos divertíamos eran la Bolera Americana y la sala de juegos El Cerebro, al lado del cine Coruña.

En esos años comencé a jugar al fútbol en el Orzán, en que estuve dos años, tras lo que fui cedido al Batallador. Poco después me fichó el Español, con el que jugué cinco años y después regresé al Orzán cuando estaba de presidente Luis Rodríguez Lado, el padre de Luis Moya, y estuve seis años, en uno de los cuales fuimos campeones de Galicia tras ganar al Alondras de Cangas, lo que nos permitió jugar la final del Campeonato de España de Aficionados frente al Madrid C.

En el equipo del Orzán tuve como compañeros a Trujea, Gilberto, Salorio, José Luis, Genito, Borrás y Rajoy, además de a Nano Longueira como entrenador. En esos años me casé con Marisol, ya fallecida y que vivía en la calle de la Torre, con quien tuve dos hijas, Montserrat y Vanesa. Ya tengo un nieto, llamado Sergio, que lleva dentro de la afición futbolística de su abuelo, puesto que juega en el Deportivo Eume.

Al acabar el bachiller estudié la carrera de Peritaje Industrial en Vigo, aunque tuve que dejarla para ayudar a mis padres en la tienda y bar de la familia, aunque después aprobé unas opciones del Instituto Meteorológico, en el que desarrollé toda mi vida laboral. En la actualidad me sigo reuniendo con mis antiguos amigos para recordar nuestros años de juventud.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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