14 de septiembre de 2020
14.09.2020
La Opinión de A Coruña

La pasión por el fútbol de un soñador de A Silva de Arriba

Como en esta época apenas había juguetes, nos las teníamos que ingeniar para hacernos artefactos de madera para jugar, como espadas o tirachinas

14.09.2020 | 01:19
El coruñés recibe un premio del Silva.

Nací en Arteixo en el año 1945, pero a los dos años, mis padres, que vivían con mis abuelos, se trasladaron a A Coruña, a A Silva de Arriba, zona donde me crié junto con mis tres hermanos hasta que me casé.

Entré en el colegio público que había en la zona, cuyos alrededores en esta época eran todo monte, grandes campos y leiras. En este colegio también coincidí con niños de la zona, muchos de los cuales luego serían mis amigos de pandilla, como Fernando Guillamé, Pepucho, Marculeta, Josiño y Juanjo, además de otros ya fallecidos. Con todos ellos disfruté todo lo que pude de mis primeros años de infancia y luego de juventud, jugando en la calle y por los campos de los alrededores con total tranquilidad ya que apenas había coches y por la carretera antigua de A Silva-Pastoriza-Arteixo lo único que pasaba al principio era el viejo autocar -me parece recordar de Arturo Míguez- que hacía el recorrido de las distintas localidades, siempre llevando gente que venía a vender sus productos a la ciudad, además de trabajadores. Nos sabíamos de memoria a qué hora pasaba el autocar o cualquiera de los pocos vehículos que hacían este recorrido. Lo que más se veía eran los clásicos carros de animales, tanto de caballos como de vacas, que siempre iban cargados a tope, con productos del campo, gaseosas, lejía y madera que llevaban de un fabriquín que había en A Grela.

Como en esta época apenas había juguetes, nos las teníamos que ingeniar para hacernos distintos artefactos de madera para jugar, como las espadas, tirachinas o tiratacos, con los cuales solíamos hacer batallas entre otras pandillas por los campos de los alrededores.

También había otra manera de pasarlo bien y era leyendo tebeos y toda clase de cuentos que solíamos intercambiarnos entre los amigos. El poder ir al cine también era algo muy importante para cualquier chaval de mi época. Había que esperar a que llegara el domingo para que te dieran aquella pequeña paga de una peseta y poco más para que salieras corriendo al cine de barrio que, en este caso, era el Finisterre, e hiciera la cola correspondiente con toda la chavalada de la zona y sacarte la entrada para disfrutar de aquellas películas infantiles, tanto de aventuras como de dibujos, que te hacían soñar durante horas para luego volver a la realidad de lo que era nuestra época ya que no se ajustaba para nada a lo que veíamos en la pantalla.

La buena vida se me acabó en parte cuando con 13 años dejé la escuela y me puse a trabajar en el ultramarinos La Colonia, ubicado en Juana de Vega, en el que estuve cuatro años para luego empezar a trabajar en un fabriquín de madera que había en A Grela, donde estuve un año. Luego empecé a trabajar en fontanería y así aprendí el oficio que me valió para durante años pasar por otras fontanerías coruñesas en las que me empleé hasta los 26 años. Entonces me ofrecieron trabajo en la factoría de Emesa como fontanero. Ahí desarrollé toda mi carrera profesional hasta jubilarme.

Antes de entrar en Emesa, me casé con una coruñesa del Agra do Orzán, a la que conocí en O Portiño, con la que tengo tres hijos, los cuales ya nos dieron cinco nietos. En la actualidad, ya como abuelos, nos tienen bastante ocupados.

Tengo que destacar también que para sacar algunas perrillas en pandilla, muchas veces íbamos al campo de tiro que los militares tenían en la zona de A Silva. Allí esperábamos a que finalizaran las prácticas de tiro para luego recoger los casquillos y venderlos en la ferranchina, donde lo poco que te daban lo gastabas luego jugando en los futbolines. También solíamos jugar a la pelota en el Monte de la Cabra, donde había una parada de autocar, una fábrica de camisas y una cuadra donde se vendían cerdos. Cuando tenía ocho años, empezó a pasar el trolebús número 7, que iba de San José a Monelos. También estaba funcionando el viejo tranvía de Riazor, al que solíamos engancharnos subiéndonos en la parada de Juana de Vega y nos bajábamos en Peruleiro. Esto le enfadaba mucho al cobrador.

Con 13 años empecé a jugar al fútbol. Fiché por el equipo del Marte de infantiles, en el que estuve dos temporadas, para luego pasarme al equipo de juveniles del Silva, donde estuve once temporadas. De modesto pasé al Ciudad Jardín, donde también jugué otras once temporadas hasta que me retiré, pero seguí jugando en los equipos de veteranos, como el Español de la calle de la Unión y el equipo de la Joyería de Oro. Los partidos los hacíamos en la polideportiva de Salesianos, donde muchas veces nos arbitraba García de Loza. En la época de modestos tuve la suerte de que mi equipo del Silva quedó campeón en la Copa de Coruña y de las Mariñas, subiendo a Primera. En la mayoría de campos no había ni agua para ducharse y no teníamos masajista ni nada parecido. Si te daban una buena patada o tenías una mala caída, te aguantabas y seguías jugando. Al acabar, te daban con linimento Sloan para los golpes. En A Silva jugué acompañado por Eugenio, Moncho, Lete, Chema, Marculeta, Hernando, Bugallo, Sebastián, Juan El Gaitas y mi hermano. En la actualidad sigo viéndome y guardando la amistad con muchos de ellos.

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