“Los ayuntamientos de Abegondo, A Coruña, Arteixo, Bergondo, Betanzos, Cambre, Carral, Culleredo, Oleiros y Sada formalizaron un documento estratégico para favorecer un desarrollo urbano e integrado que estableciese un nuevo modelo de gobernanza: el Área Metropolitana de A Coruña”. Fue noticia en 2015. El objetivo perseguido, loable a todas luces, ambicionaba resolver problemas arrastrados durante décadas como el transporte, la movilidad, la gestión de los residuos sólidos urbanos o de las infraestructuras de agua en los diez términos municipales citados, en un período temporal que se extendería hasta 2020. Para lograrlo, los entes locales llevaron a cabo diversas reuniones de coordinación, al menos entre 2016 y 2017.

A mediados de 2021, sobre esta área del territorio que ocupa una superficie de 494 kilómetros cuadrados y en la que residen 420.000 personas, pretendemos reflexionar en relación, tanto a la ubicación de los polígonos industriales y la localización de dos grandes piezas metropolitanas, el puerto exterior y el aeropuerto, como al estado del planeamiento que les da soporte. Y con ello, realizar una mirada en la línea de la del escritor Eduardo Mendoza, premio Cervantes en 2016, en la novela La ciudad de los prodigios. En ella dejó reflejada la vida en la ciudad de Barcelona entre dos significativos eventos, las Exposiciones Universales de 1888 y 1929. Una crónica social y urbana de una sociedad cambiante, en el tránsito del siglo XIX al XX.

Hoy, en el área metropolitana, el uso industrial se localiza en 17 lugares, ocupando una extensión aproximada de 1.200 hectáreas. En seis ayuntamientos, regidos por una normativa urbanística del siglo XX, se ubican el 60% de estas islas funcionales diurnas. Si se tiene en cuenta su superficie, dicho porcentaje alcanza el 70%. En Arteixo se encuentran Sabón y Morás; en Bergondo, el denominado con este mismo topónimo; en Betanzos, Piadela; en Cambre, Espíritu Santo, O Temple y A Marisqueira; en Carral, Os Capelos; y en Culleredo, Alvedro y el Centro Logístico de Transporte. En los otros cuatro términos municipales, el área ocupada es variable. En Abegondo y Sada, con el de Arco Iris, testimonial; en Oleiros con los de Iñás e Icaria, exigua; mientras A Coruña con 300 hectáreas entre los de Agrela, Pocomaco y Vío, posee una significativa cantidad de suelo industrial.

Todas estas localizaciones responden a las políticas económicas de diferentes etapas. Las implantaciones más antiguas, el caso de Agrela-Bens en A Coruña, a una acción estatal de dinamización cercana al ámbito urbano con una mayor atracción poblacional. En los ejecutados en las siguientes décadas, a actuaciones que pretendían dotar a cada uno de los términos municipales de un suelo que albergase actividades ruidosas, molestas, incluso nocivas, o sencillamente necesitadas de un espacio que la malla urbana no les ofrecía. En un tercer estadio, estos sectores industriales se colocaron de forma autónoma y especializada, asociados a lugares muy próximos a los nudos de las grandes infraestructuras viarias. Deslocalizados formalmente con relación a los núcleos residenciales, su eficiencia responde a criterios de optimización del tiempo de desplazamiento. Se relegó su integración en la trama espacial.

En todos, su especialización funcional les vincula a una operatividad horaria diurna, provocando en las horas nocturnas un vaciamiento que genera lugares inseguros, propicios para acoger actividades marginales. Y qué decir de la huella ecológica, de la emisión de dióxido de carbono como consecuencia de su dependencia de un único medio de movilidad, el asociado al motor de explosión: camiones, autobuses, furgonetas o automóviles privados.

¿Casualidad o causalidad? Esta última, un principio filosófico según el cual nada puede existir sin una causa suficiente. Recordemos el estado del planeamiento municipal en el Área Metropolitana. De los seis ayuntamientos regulados por una normativa urbanística aprobada en la última década del siglo XX, entre 1987 y 1995, únicamente en uno de ellos el documento posee rango de Plan General de Ordenación, el PGOU de 1987 en Culleredo. Los cinco restantes, Arteixo, Bergondo, Betanzos, Cambre y Carral se rigen por una normativa subsidiaria, las Normas Subsidiarias Municipales (NSPM) de 1995, 1992, 1996, 1994 y 1993 respectivamente. En conjunto, los seis suman una superficie de 301 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 61% de la total del área, concentrando 115.000 residentes, un 27% del global considerado. En el ámbito de estos seis ayuntamientos, se alojan 10 polígonos industriales.

Continuando en esta línea, veamos la vigente normativa urbanística de los cuatro ayuntamientos restantes del Área Metropolitana. Tres de ellos, A Coruña, Oleiros y Sada, poseen planes generales de ordenación municipal (PGOM) aprobados en la última década del siglo XXI, en 2013, 2014 y 2017. Mientras Abegondo, que ha visto su plan general anulado por una sentencia judicial, ha tenido que formular en 2019 un documento denominado “Instrumento de Medidas Provisionales de Ordenación do Concello de Abegondo”. Los cuatro determinan una extensión de 193 kilómetros cuadrados y acogen a 305.000 almas.

Por otra parte, en dos de los 10 polígonos señalados se localizan, a su vez, dos de las grandes infraestructuras de transporte de mercancías y viajeros. Ambas en los términos de Arteixo y Culleredo, respectivamente denominadas puerto exterior —exterior, ¿a dónde?, ¿a qué?— de punta Langosteira, y aeropuerto, con el añadido de una coletilla: “de A Coruña”. En uno y otro caso, la dependencia del vehículo privado es un hecho constatable, y/o lamentable. El aeropuerto, una instalación inaugurada en los años sesenta del siglo XX, a día de hoy, sesenta años más tarde, aún no cuenta con un medio de transporte alternativo como la ferrovía o un metro ligero. Incluso hasta la apertura del enlace con la AC-14, para llegar a la terminal no quedaba más remedio que pasar entre las alineaciones edificadas a lo largo de las carreteras nacionales o provinciales de diversos núcleos residenciales. Una situación peligrosa para sus residentes, e incómoda para quienes querían acceder al aeropuerto.

Algo similar acontece con el puerto de punta Langosteira. Administrado por la Autoridad Portuaria de A Coruña, es uno de los cinco puertos ubicados en la costa gallega que dependen del Estado. Resultó ser una de las actuaciones más importantes acometidas, dada la complejidad de su ejecución, y su incidencia en las actividades económicas del área. No obstante, su estudio y diseño, iniciado en los años noventa del siglo XX, se ha demostrado escasamente integrador dado el lastre derivado de la falta de la preceptiva infraestructura ferroviaria precisa para su óptimo funcionamiento.

La posición en el territorio de ambos elementos, polígonos industriales y grandes infraestructuras de transportes, denota la ausencia de una estrategia de conjunto. El desfase en los documentos vigentes para la ordenación del territorio, elaborados desde las diferentes administraciones locales, refleja la descoordinación urbanística, a la vez que se propone dotar al área de un desarrollo integrado y sostenible. O al menos, así se transmite en los discursos oficiales. De igual modo, y mientras se busca ordenar el territorio con este “batiburillo” documental, la administración autonómica ha promulgado una nueva ley del Suelo, la de 2016. Es evidente: ninguno de los diez ayuntamientos la contempla en su ordenación.

¿Creen ustedes en los prodigios? Hemos de decir que nosotros somos escépticos con ellos. Sin embargo percibimos este territorio, el Área Metropolitana de A Coruña, como un lugar vivo, y vivido. En definitiva como un espacio prodigioso. Un espacio que es capaz de sobreponerse a las fragmentaciones causadas por los objetos autónomos que se ubican en un territorio singular —en algunos casos, atendiendo a legítimos intereses “particulares”—; a la carencia de sinergias entre las actuaciones, o entre ellas y el resto de funciones territoriales; o a la falta de una red sistémica que conjugue las expectativas de las industrias con el interés colectivo por el espacio público.

El Área Metropolitana, un organismo territorial, vivo y dinámico, requiere la atención urgente de la ciudadanía, así como su toma de conciencia para entender lo colectivo como un camino a explorar. Una cuestión que requiere el rescate de valores… ¿a la baja?, como el compromiso, y la capacidad de asumir la propia cuota de responsabilidad. Una actitud que tampoco muestran una parte de nuestros gobernantes, que parecen encontrarse más preocupados por atender a asuntos cortoplacistas —locales, autonómicos, metropolitanos— que por cooperar mediante pactos en el logro de un territorio sostenible social, económica y ambientalmente. Pactar no equivale a derrota, sino a logro y amplitud de miras.