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La Opinión de A Coruña

La vida en la cárcel de Teixeiro: con ganas de salir adelante

Internos cuentan su experiencia en prisión, desde el primer día a sus sueños de futuro

Internos y familiares, durante la jornada de convivencia del martes, en Teixeiro. | // CASTELEIRO/ROLLER AGENCIA

Pili cuenta que el primer día en prisión, para ella, fue horrible, que nunca había pensado en que tendría que estar privada de libertad y que se lo toma como un “trago” que tiene que pasar y prefiere hacerlo “sola” porque espera no volver “jamás” a un centro penitenciario. Cuando ingresó, solo se lo contó a una amiga para que se lo dijese a su hija. Nadie más de su familia lo sabe y así quiere que siga siendo.

“El error lo he cometido yo y no tengo que hacerlos partícipes a ellos, prefiero que estén tranquilos. Me daba mucha vergüenza”, confiesa Pili, que no permite que su hija vaya a verla. “Ella tampoco quiere, porque no quiere que la relacionen con la prisión y a mí tampoco me gustaría que viniese”, sentencia.

Tanto ella, como Génesis y Fran, están de acuerdo en que, si cuentan los días que les quedan para salir, la condena se les hace más larga, porque casi todos los días son iguales. Pili, por ejemplo, no quiere ni pensar en cómo será pasar la Navidad ahí dentro, y claro que piensan en el futuro, aunque les asuste.

Fran sabía que, con la vida que llevaba, era más que posible que acabase en prisión, pero espera que este ingreso sea el último. “Una vez que estás aquí, esto te marca para toda la vida. Si en algún momento estás en el lugar equivocado, en una discusión, por ejemplo, si vas a un juicio, vas a tener un alto porcentaje de perderlo, porque eres una persona con antecedentes. Aunque no tengas la culpa, tu verdad va a tener menos credibilidad. Es un peso que vamos a llevar siempre encima”, comenta Génesis, a quien también le da miedo que la rechacen cuando vaya a pedir un trabajo. Pili, sin embargo, cree que seguirá teniendo el empleo de antes cuando deje Teixeiro, porque para ella este paréntesis es algo que ha de vivir para recuperar su vida.

“Si tienes causas pendientes, ya no te dan permisos, aunque no se haya demostrado que eres culpable”, apostilla Fran, que defiende que, en su caso, “era necesario”, que él acabase en la cárcel, para “ver tranquila” a su familia, para estar mejor él y para “poder recuperar la relación”.

A Génesis le pasa algo similar. “Los errores y las decisiones las tomamos nosotros. Lazos que yo no tenía, porque se habían roto, han vuelto a unirse, porque el perdón ha sido de mí hacia ellos y de ellos hacia mí, así que, hay que ver tanto la parte buena, como lo mala”, zanja.

Para Pastor, que es coordinador del Módulo Nelson Mandela, como también lo es Génesis, lo más duro no es entrar en prisión, con todo lo que eso implica, sino “haber hecho daño” a su familia. “Yo estoy privado de libertad, pero en este módulo no me siento como si estuviese en la cárcel, sé que no puedo salir, pero me recuerda más a un colegio donde hay unas normas que seguir. Si yo dejo la chaqueta en la percha, tengo la seguridad de que cuando vuelva, estará donde la dejé, igual tengo una anotación por haber incumplido una norma, pero la chaqueta va a estar”, explica, porque en la cárcel hay un sistema de puntos negativos y positivos que influyen en el día a día de los internos.

Como Pili, Pastor tampoco le contó a toda su familia su situación actual, porque cree que, si su padre se entera y fallece, porque es ya muy mayor, siempre pensará que hay una relación “causa-efecto” y que no se lo podría perdonar, tampoco ve a su mujer, porque un día fue a la cárcel y se fue “muy triste”, así que, decidieron “llevarlo de otra manera”, con dos llamadas diarias, pero sin visitas.

Fran, a quien le gusta estar ya preparado y con la cama hecha cuando los funcionarios hacen el recuento, que es, de lunes a lunes a las ocho de la mañana —después hay otros a las 14.30 horas y a las 21.00 horas—, no consiente que su madre vaya a verle. El martes acudieron su padre y su hermano, pero con su madre prefiere hacer llamadas y videollamadas, y que esos contactos rompan la rutina de todos los días.

Tras el recuento y el desayuno, toca asamblea y, al finalizar, cada uno se va a sus talleres, porque en la cárcel se hacen muchas cosas, desde preparar exámenes para la Universidad a Distancia hasta avionetas de hélices con papeles de colores. Sobre las 10.30 horas, descansan un ratito, y a las 10.45 horas, vuelven a las actividades que, en este módulo, son obligatorias. Sobre la una de la tarde comen, después suben a la celda —aunque este término está empezando a ser desplazado por el de habitación— hasta las 16.30 horas, que vuelven a las actividades, otra vez quince minutos de tiempo libre y, sobre las 19.30 horas, la cena está en el plato y ya, una vez en el cuarto, y a puerta cerrada cada uno puede dedicar el tiempo a lo que quiera.

A pesar de que el módulo es mixto, los pasillos en los que están las celdas —que pueden ser individuales o compartidas— son exclusivos para hombres o para mujeres y cuando ellos no están dentro, siempre están abiertas, aunque solo se les permite acceder en el horario marcado para ello.

Sentados en la mesa de la biblioteca, estos cuatro internos, que le robaron tiempo a la convivencia con sus familias para contar su experiencia, resaltan la labor de los profesionales de la cárcel, tanto del equipo de inclusión de la Xunta, como del del centro penitenciario, aunque, como en todas las iniciativas que acaban de nacer, tienen muchas ideas para mejorarla A Fran, por ejemplo, le gustaría poder seguir viviendo en el módulo e ir a trabajar, porque es algo que, por logística de la cárcel, los hombres no pueden hacer y las mujeres, sí.

A Génesis, que se reconoce “agradecida” por poder estar en un módulo así, le gustaría que hubiese más opciones para las mujeres. en Teixeiro. “Si cometes un fallito o un fallote, te juegas irte del módulo, y no te quieres ir a una UTE, si tú nunca has consumido drogas, ni al 10, donde hay todas las clases de grados, porque ahí, en vez de avanzar, igual vas para atrás”, relata.

Fran, que invirtió horas y horas en peinar y arreglar a sus compañeras para la visita del martes, reconoce que él es “el vivo ejemplo de lo que cambia la cárcel”. En su caso, para bien, porque entró “muy mal”, “muy bajo de ánimo y de peso” y, ahora, como a sus compañeros y compañeras, rebosa de ganas de salir adelante.

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