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Escritor y periodista. Presenta su última novela ‘Revolución’

Arturo Pérez-Reverte: “Si fuera gallego, podría escribir novelas de Galicia durante toda mi vida”

“Hay historias que ya no puedo contar porque se han hecho viejas y otras para las que todavía no estoy preparado” | “Soy un escritor feliz, no tengo angustia creativa”

Arturo Pérez-Reverte, ayer, en A Coruña. | // VÍCTOR ECHAVE

Un hombre, tres mujeres, una revolución y un tesoro. La historia de todo ello se esconde en Revolución, el último libro publicado por Arturo Pérez-Reverte, que ayer visitó A Coruña para presentarlo. Confiesa que nunca ha sufrido la crisis de la hoja en blanco, que todavía tiene mucho que contar y que le gustan los “pueblos que han sufrido”, como Galicia, porque “tienen una sabiduría especial”.

¿Por qué volver a México?

Yo soy escritor profesional, una novela es un artefacto que debo contar con eficacia. Ese es el objetivo principal. Yo cuento historias, no soy un artista. Uno elige los lugares, los personajes y las tramas que son más útiles para la historia que quiere contar. Esta es una historia de aprendizaje, de cómo un joven, que no es romántico ni literario, es un ingeniero, ve cómo cambia su vida, enfrentado a la vida real, a la violencia, a la guerra, a la revolución, al sexo, a la amistad… Pensé que México era un buen lugar para ese aprendizaje. Es una aventura de la formación de un joven a través de la violencia.

¿Escribirá alguna de esas aventuras en A Coruña?

No lo sé, pero en La reina del sur sale Santiago Fisterra, un gallego que está en el Estrecho de Gibraltar.

También aparece un Francisco Vázquez en El puente de los asesinos. ¿Tiene algo que ver con el exalcalde?

No, nada. Paco es un viejo amigo de hace muchísimos años. Pero tengo muchos gallegos en mis novelas.

¿Hay historias de aquí que le atraigan?

Muchas. Lo que pasa es que un escritor no puede hacerlo todo, tiene que acotar su mundo y mi mundo me lleva lejos de Galicia. Pero aquí hay mucho material. Si yo fuera gallego, podría escribir novelas de Galicia durante toda mi vida. Hay temas apasionantes del mar, de la tierra, de la gente, de las mujeres, de la política, de la historia y del campo. De todo. Los pueblos que han sufrido tienen una sabiduría especial. Los pueblos cómodos son hasta aburridos. Los que han sufrido, han luchado y han tenido mucha amargura tienen lecciones de vida muy interesantes. Soy un fan de Castelao. Aquí hay una riqueza enorme. Por eso a mis amigos gallegos, como Pedro Feijóo o Manolo Rivas, los admiro mucho porque aquí hay una fuente inagotable de tipos humanos y de historias de dolor. Narrativamente envidio a los gallegos.

¿Son sus viajes los que le inspiran y le permiten entrar en estas historias?

Claro. Yo tengo una ventaja, pasé mucho tiempo en lugares como el de Revolución. Tengo una cierta experiencia personal. A mí la violencia no me la han contado, la he vivido. No he estado en la revolución mexicana, pero sí he estado en otras revoluciones. He llevado parte de mi experiencia personal a la novela. Cuando hablo en el libro de violencia, de muerte o de horror es porque lo he vivido.

¿Qué le ha dado de esa experiencia al protagonista de su último libro, Martín Garret?

Muchas cosas. Entre otras, el asalto al banco. La novela empieza con un asalto a un banco en Ciudad Juárez. Yo asalté un banco en el año 77 con unos guerrilleros en Eritrea. Fui con ellos, volaron el banco, mataron a todo el mundo y se llevaron el dinero. Me he llevado eso en el tiempo a otro lugar, pero la sensación, la mirada, mi recuerdo de aquello me ha valido para montar la historia. No hay que buscar nunca en una novela la realidad, porque es imaginativa, pero la realidad te ayuda a montar la historia.

O sea que alguna vez le ha ocurrido lo mismo que a su protagonista de pensar “no me quiero morir aquí”.

Sí, es verdad, no he querido morirme en muchas ocasiones. Esa sensación de “soy demasiado joven para que me maten”. La mirada de Martín Garret se beneficia de mi propia experiencia, pero no soy yo evidentemente. Es un personaje muy joven.

¿Lo quería así para que fuese evolucionando?

Exacto. Yo era un chico bien educado, con una visión del mundo occidental organizada, es decir, los guardias son buenos, las familias están unidas… y descubrí que no. Cuando fui a la guerra con 22 años descubrí que el mundo no era lo que me habían enseñado. La guerra no era heroica, era sucia, olía mal, era horrible, sangrienta y desagradable. Sometí a revisión los valores con los que me habían educado. Al protagonista le pasa un poco eso. Es un joven que en la revolución descubre que la vida es otra cosa. Es como un máster de vida en la revolución mexicana.

¿Hay diferencias entre la revolución y la guerra?

Bueno, la revolución incluye la guerra a menudo. La guerra, como yo la entiendo, es la violencia del hombre contra el hombre. Yo cubrí 18 conflictos como reportero, de los que 7 u 8 eran revoluciones. Hay muchos rasgos comunes, pero también hay diferencias. La revolución es más una guerra civil que una guerra abierta.

¿Es duro pensar que de tanta violencia se puede sacar un aprendizaje?

No, no es duro. También lo saca un pescador gallego cuando sale a la mar con 18 años a ganarse la vida, o un minero asturiano o un médico de urgencias. Nosotros, en occidente, vivimos en un territorio más bien confortable. En general, un mundo cómodo. Pero la gente que está en contacto con la realidad dura de la vida, se da cuenta de que hay momentos muy duros.

En ese horror también hay sitio para el amor y el desamor. En la novela aparecen tres mujeres.

Siempre he pensado que el hombre progresa a través de las mujeres. Que el hombre que no ha tenido mujeres en su vida, y hablo de madres, hermanas, tías, abuelas, hijas, amantes o esposas, le falta un grado importante en el aprendizaje de la vida. La mujer enseña muchas cosas. El hombre que se acerca a ellas con humildad profesional, dispuesto a aprender, progresa mucho en la vida. En la novela, a Martín le pongo a tres mujeres que le hacen entender cosas que nunca había entendido sin ellas.

¿Todavía le quedan historias que contar?

Sí. Soy un escritor profesional. La cuestión es el momento adecuado para contar esas historias. Hay algunas que ya no puedo contar porque se han hecho viejas y otras para las que todavía no estoy preparado. A la edad que tengo ya, hay que tener mucho cuidado con las historias que se eligen. Soy un escritor feliz, no tengo angustia creativa. Al contrario, saco una novela y ya tengo otra preparada. Es mi trabajo.

¿Le molestan que digan de usted que saca demasiados libros?

Me encanta. Soy escritor prolífico. Eso no merma la calidad.

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