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Steven Meisel, aquel niño fascinado por las modelos de las revistas

La exposición ‘Meisel 93. A Year in Photographs’ abre sus puertas hoy al público en el muelle de la Batería y se podrá visitar hasta el 1 de mayo de 2023 || Reúne más de un centenar de retratos tanto en color como en blanco y negro, del año que cambió su vida, ya que experimentaba con la imagen andrógina, con las curvas y el movimiento, sin olvidar la rebeldía y la provocación

Una joven consulta el folleto de la exposición ante imágenes que resumen el año 1993 para Meisel. | // CARLOS PARDELLAS.

“No quiero hacer una retrospectiva. Yo no estoy muerto”. Eso fue lo que dijo el fotógrafo Steven Meisel cuando su equipo y él empezaron a trabajar en el encargo de la Fundación MOP —impulsada por la presidenta de Inditex, Marta Ortega— para organizar una muestra sobre su obra que, desde hoy y hasta el 1 de mayo de 2023, se puede visitar en el muelle de la Batería. El comisario de fotografía y también autor del texto del catálogo que acompaña la exposición Meisel 93. A Year in Photographs, Michael Benson, y el que es agente del artista, Jimmy Moffat, ofrecieron ayer una visita guiada por los secretos de estos más de cien retratos realizados en 1993 que le cambiaron la vida al fotógrafo y también a la industria de la moda.

Sección de fotografías de moda masculina. | // Cabalar/Efe

El pequeño Meisel, según contaron Benson y Moffat, estaba obsesionado con las modelos que salían en las revistas que compraba su madre, tanto era así que, con doce años y una cámara en el bolsillo, llegó a faltar a clase para retratarlas por la calle, cuando descubría que iban a estar trabajando en los estudios de su Nueva York natal.

Cuando se enteró de que su ídolo de entonces, la modelo Twiggy, iba a visitar su ciudad por primera vez, llamó por teléfono con una amiga a todos los estudios fingiendo que ambos trabajaban para el fotógrafo Richard Avedon con el único objetivo de descubrir dónde estaría para poder conocerla. La treta dio resultado y el joven Meisel guardó, durante años, el autógrafo de Twiggy en su mesilla de noche.

Años después, sus caminos volvieron a cruzarse y de esa reunión nació la única foto profesional que Meisel le hizo a Twiggy, sentada en una escalera, totalmente despreocupada por las formas, aunque trazando unas líneas con sus piernas y sus brazos que solo podrían obedecer a la planificación de Meisel.

Lámina de agua ante el espacio expositivo Carlos Pardellas

De ese chaval de doce años que no sabía que se dedicaría a la fotografía y que pensaba que su futuro estaría ligado a la ilustración, quedan ahora ocho instantáneas, a modo de germen de todo lo que pasó después, que se han integrado en esta exposición —la segunda impulsada por Ortega, tras la de Peter Lindebergh del año pasado—.

Desechada la retrospectiva, se fueron también a la basura otras ideas, como repasar treinta años de su carrera, del año 1993 al 2023, y se quedaron con la que ahora se expone, una inmersión en aquel 1993, que empezó con la resaca de la publicación del libro Sex, que hizo junto a Madonna. En la selección de fotografías participó el propio Meisel, del que se dice que tiene “todo en la cabeza” y que nada es casual en sus instantáneas, así que, para visitar la exposición, lo mejor es ir con tiempo y prestar atención a los detalles porque todo, absolutamente todo, tiene su razón de ser, desde los libros que completan la escena en las habitaciones —muchas de ellas del Ritz de París— en las que se realizaron las sesiones hasta los perros que se cuelan en el encuadre.

Catálogo de la exposición en la sala de proyecciones. Carlos Pardellas

“En 1993 hizo 120 historias en todo el año, es como si un músico publicase cuarenta discos o un escritor, treinta novelas”, dijo Benson ayer, en la visita guiada con los medios de comunicación. Y es que, aunque efectivamente, era mucho trabajo en aquel momento Meisel se encontraba en un punto “de plena creatividad y versatilidad”.

En las paredes de los antiguos contenedores de transporte, ahora teñidos de plateado —y precedidos por una lámina de agua ante el silo restaurado para cafetería y tienda— en referencia a los espejos que tanto le gustaba utilizar en sus sesiones, cuelgan imágenes de musas como Linda Evangelista, que fue la primera modelo en arrancarle una expresión de admiración, cuando le pidió que se mostrase ante la cámara como lo haría Katharine Hepburn, también de Carla Bruni o de Naomi Campbell, con la que consiguió que Vogue hiciese un número con modelos racializadas.

'Collage' de portadas de 'Vogue', hechas por Meisel en 1993. Carlos Pardellas

De él recordó también Moffat que, en el set de rodaje, cogía los peines o los pinceles de maquillaje si hacía falta, para que las y los modelos lucieran tal y como él los tenía en su cabeza, tanto es así que, aseguró, le llamaban “el hombre orquesta”, porque lo hacía todo para que la foto reflejase lo que él había soñado, incluso las poses que tenían que replicar las modelos.

Hay imágenes en color, por supuesto, ya que en las 28 portadas que hizo y las más de cien editoriales que firmó en ese año imperaba el color, pero en la muestra toman protagonismo el blanco y negro y los retratos y esa intención tan buscada, como recalcaron Benson y Moffat, de que las personas que se pusiesen ante su objetivo saliesen lo más bellas posible.

En un mundo en el que no existía Instagram ni los móviles, el pequeño Meisel se hacía pasar por el “chico de los recados” del ya consagrado Richard Avedon para que los estudios le entregasen las fotos que tenían de modelos y así, como quien colecciona cromos sin que exista el álbum, iba conociendo los nombres propios de la moda. De él dijeron también Benson y Moffat, que descubrió a la joven Stella Tennat y que la convirtió en modelo aunque ella no estaba ni siquiera interesada en serlo. Le gustó su imagen, pero, sobre todo, que no aceptase quitarse el piercing de la nariz cuando él se lo pidió. Esa decisión provocó que sus fotos entrasen en Vogue, pero impidió que fuesen directas a la portada. A Stella se la llevaron a París a una sesión con Linda Evangelista y con Kristen McMenamy, en la que, como tantas otras veces, jugaba con la figura andrógina. Stella le dijo a Linda que no sabía “qué pintaba allí”, a lo que, la que se convertiría en su amiga con el tiempo, le dijo que siguiese, que lo estaba haciendo “muy bien” y siguió.

Un fotógrafo ante dos instantáneas de Meisel. M. Dylan/ Europa Press

Para Meisel no posaron solo las modelos que después se acabarían convirtiendo en top models y que él descubrió y ayudó a crear, sino también hombres, a los que ya durante ese año, fue despojando de la imagen de “hombre de Marlboro”, tal y como los definió el guía de la visita, para dulcificarlos y dejar que su imagen se confundiese con el de las mujeres. Eso supuso también un antes y un después en la moda porque, según recordó Benson, en los años 60 y 70, las revistas de moda eran “muy conservadoras” con la imagen que reproducían de los hombres. Y es que, tal y como apuntó Benson, “la transición” fue otro de sus puntos fuertes en la creación de Meisel, también “el juego” y la diversión, como se puede ver en la sesión que hizo en una habitación del Ritz de París, con Linda Evangelista metida en una bañera y con las botas puestas.

Cada editorial, cada portada, cada colección necesitaba un sello, así que, Meisel jugó con el movimiento en las fotos en grupo, con el grunge, con los gorros rusos, con la imagen de una joven vestida con ropa deportiva, sentada en un baño y con la mirada perdida, con las referencias cinematográficas, con El Gran Gatsby, con la belleza espontánea, como la de las mujeres inglesas que acudían a la ópera de París, y con el amor, por ejemplo, el que surgió entre Linda Evangelista y Kyle MacLachlan y que él capturó con su cámara.

“En 1993 hizo 120 historias en todo el año, es como si un músico publicase cuarenta discos o un escritor, treinta novelas”, dijo Benson

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No todo fue fácil para Meisel en esa época de tanto trabajo, aunque en la edición italiana de Vogue solo tuviese la premisa de la directora, Franca Sozzani, de que disparase lo que quisiese, “pero que fuese bonito”. Muchas de las sesiones tenía que hacerlas por la noche, entre desfile y desfile en París y se veía obligado a inventar y a crear siempre algo nuevo para las firmas que lo contrataban, incluso, según recordaron ayer Benson y Moffat, una foto soñada y que lo tenía todo para salir bien podía complicarse. Fue el caso del retrato de Barbra Streisand a la orilla de río Hudson. Para tomar la imagen que cuelga ahora en el muelle de la Batería, tuvieron que esperar dos horas porque la actriz se negaba a salir del coche ya que decía que el suelo estaba muy sucio. Cuando finalmente se decidió a posar, pidió a Meisel que cambiase el objetivo de la cámara. Lo hizo y ahí está esta foto, como tantas otras, para el recuerdo.

Barbra Streisand en el río Hudson, retratada por Meisel. Carlos Pardellas

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