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La Opinión de A Coruña

Conflictos musicales

Novias borrachas y bates de béisbol: grandes peleas de la música latina

Antes que la de Residente y J Balvin, la música latina ha proporcionado al mundo enemistades legendarias que han mantenido en vilo a los fans, bien por el calibre de los protagonistas, bien por el encono de la pelea, la mayor parte de las veces por una combinación de las dos cosas. Calamaro peleó con Charly García, Sabina peleó con Páez, Blades peleó con Colón

Andrés Calamaro y Charly García.

La de Residente y J Balvin parece encaminada a convertirse en la trifulca de referencia del mundo de la música latina en este siglo XXI, salvo que vengan otros dos a elevar el tono y desplazarlos, y aunque solo sea por la envergadura de los insultos que el puertorriqueño ha vertido contra el colombiano en su más reciente composición. Del futuro no sabemos nada, en realidad, pero sí del pasado, rico en desencuentros que desembocaron en peleas sonadas, algunas para redimirse en también sonadas reconciliaciones y otras para separar por siempre a dos que en un tiempo, las más de las veces, se habían considerado amigos. Hay tres broncas en el mundo de la música latina que por el calibre musical de sus protagonistas, por las consecuencias que tuvieron y por el relato sobre el cual se construyeron merecen ser destacadas: la que dividió, para conciliarlos luego, a Fito Páez y Joaquín Sabina, la que enfrentó a Andrés Calamaro y Charly García (para más o menos conciliarlos luego) y la que separó para no volverlos a juntar nunca a los dos grandes genios de la salsa: Rubén Blades y Willie Colón.

Fito Páez / Sabina

Joaquín Sabina y Fito Páez.

El mutuo malestar que separó al rockero argentino y al cantautor español quedó registrado en estudio para la posteridad, en mensajes de ida y vuelta, como suele ocurrir cuando las peleas son entre músicos. Esto dijo Paéz en su canción ‘Al lado del camino’, grabada en 1999 como parte del álbum ‘Abre’: “No es bueno nunca hacerse de enemigos / Que no estén a la altura del conflicto / Que piensan que hacen una guerra / Y se hacen pis encima como chicos”. Y esto Sabina en ‘Cuando me hablan del destino’, del álbum ‘Dímelo en la calle’, grabado tres años más tarde: “Las coristas y las farras / Se esfumaron con la guita / Los muchachos de la barra / No me echaron ni un piolín / Charly no tuvo un detalle / Ni Fito un “¿qué necesitas?”

Las cosas se habían dañado entre ambos durante la grabación del álbum conjunto (de profético título) ‘Enemigos íntimos’, editado en 1998. Tinta es lo que ha corrido con respecto a lo ocurrido entonces, de lo que se puede rescatar que el germen del malestar fue el hecho de que el disco se grabara en Buenos Aires, en los estudios de Páez, con la consecuencia de que el producto final sonaba más al argentino que al español. Sabina nunca llegó a sentirse cómodo. El detonante de la ruptura fue el desacuerdo con respecto a quiénes debían dirigir los videoclips, pero la cosa venía de atrás. La gira de promoción por Latinoamérica y España tuvo que ser cancelada y durante muchos años los músicos se lanzaron acusaciones a través de la prensa (“mentiroso profesional”, llegó a decirle Páez) y de sus canciones. Tendría que pasar una década para que volvieran a cantar juntos. Ocurrió en ‘No sé si es Baires o Madrid’, un disco en vivo para el que Paéz contó con la colaboración de Sabina. Sobre la pelea, entonces, apenas dijeron que son cosas que pasan, y sobre la reconciliación, que había sido muy fácil.

Charly García / Calamaro

Pocas peleas entre músicos podían generar más interés y desasosiego entre los argentinos que la que mantuvieron a finales del siglo XX el padre del rock de ese país, Charly García –maestro donde los haya–, y su discípulo Andrés Calamaro. ¿Quién apadrinó a Calamaro? Charly García. ¿Quién produjo el primer álbum de Los abuelos de la nada, uno de los primeros grupos donde salió a relucir el talento de Calamaro? Charly García. Y tocaron juntos, y compartieron bandas, y subieron de la mano a decenas de escenarios. Hasta que un día se pelearon por una mujer.

Mónica García era la mujer con la que Calamaro se había casado en secreto en 1992. También era amiga de Charly, de modo que solían ir los tres juntos, y tenían un nombre para cuando se juntaban: Los tres chiflados bien. El problema empezó a raíz de la colaboración de Mónica para el disco de Charly ‘Say no more’, publicado en 1996. Por alguna razón que hasta ahora no ha salido a la luz, Calamaro creyó que algo había ocurrido entre su mujer y su amigo durante la grabación del álbum. “Andrés dijo que yo me había acostado con su mujer, pero en realidad, quizá alguna vez nos acostamos en la misma habitación o en habitaciones contiguas cuando Mónica me salvó con su tarjeta de crédito aquella vez que me echaron de un hotel en Madrid. Pero de ahí a lo otro… ¡pará un cachito!”, le dijo Charly García a su biógrafo, Sergio Marchi.

En 1997, un año después de ‘Say no more’, Charly publicó con Mercedes Sosa ‘Alta fidelidad’, y poco después Calamaro editó su ‘Alta suciedad’. Charly no creyó que fuera casualidad, y además, le pareció que la ‘Flaca’ de Calamaro, la que clava sus puñales por la espalda, hacía referencia a Mónica. Fueron años sin hablarse. Años aireando su pelea a través de los medios. “Calamar asqueroso”, llegó a decir Charly. Se cuenta que un día Calamaro timbró en la casa del maestro armado con un bate de béisbol. Hasta que, 10 años después, todo acabó como empezó: súbitamente. “Yo no tengo conflictos con Charly, además ya somos grandes como para molestarnos”, escribió Calamaro en su blog poco antes del regreso de Charly a los escenarios en 2009, después de 15 meses de rehabilitación. Hasta ahora no se han vuelto a insultar.

Blades / Colón

Rubén Blades y Willie Colón.

La gran pelea por antonomasia de la música latina tuvo lugar a principios de este siglo, cuando el salsero panameño y el neoyorquino de origen puertorriqueño se reunieron para celebrar los 25 años de la obra maestra que habían creado juntos en 1978: ‘Siembra’. Lo celebraron, cómo no, con un concierto, ‘Siembra 25 años después’, que tuvo lugar en mayo de 2003 en el estadio Hiram Bithorn de Puerto Rico. Y ahí acabó todo, o empezó. Si Sabina y Páez se pelearon por cuestiones artísticas, si Charly y Calamaro se pelearon por una mujer, Colón y Blades se pelearon por lo más peregrino y ordinario que puede separar a unos amigos: el dinero.

Lo eran. Amigos. Se habían conocido cuando los dos empezaban en el Nueva York de los años 70, bajo el paraguas de Fania, y habían conformado una sociedad de la que brotaron frutos tan jugosos como ‘Metiendo mano’, y sobre todo, el ya mencionado ‘Siembra’, donde llevaron a la máxima expresión los términos de su asociación: la exuberante creatividad de Blades, así como su deseo de innovar, y la maestría de Colón como arreglista y director de orquesta. La salsa cambió con ese disco, que los hizo famosos entre el público latinoamericano y les dio prestigio ante la crítica. Blades / Colón es una llave que siempre será recordada como maestra.

Por razones –como siempre– que no están claras, después del concierto en Puerto Rico Colón consideró que el panameño había incumplido el contrato y lo había estafado, de modo que lo demandó. Es cierto que después retiró la demanda, pero las cosas entre los dos ya se habían roto. Los que han seguido la carrera de ambos músicos cuentan que sus maneras de vivir la música, distintas, ya los había distanciado, y que el pleito judicial no era más que el punto de llegada de algo que venía de atrás: pobre consuelo para la legión de salseros que lloran la ruptura. Nunca se han vuelto a hablar.

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