Cofradías y mariscadoras intensifican las patrullas para cazar a ‘furtivos de bañador’

Desde los pósitos de Noia, Boiro, Redondela y A Illa denuncian que cada vez son más los bañistas que aprovechan la jornada de playa para esquilmar los arenales

Un grupo de mariscadoras, en playa arousana de O Rial, en Vilaxoán.  // Iñaki Abella

Un grupo de mariscadoras, en playa arousana de O Rial, en Vilaxoán. // Iñaki Abella / Carmen Novo

Carmen Novo

Antes de pisar la arena de la playa de Xastelas, en A Illa de Arousa, un cartel amarillo, rojo y azul da la bienvenida a los bañistas: “Zona sometida a un plan de explotación. Prohibido mariscar”. Es uno de los múltiples arenales gallegos en los que conviven el rendimiento pesquero y el turismo. Aunque por norma no está permitido entrometerse en la extracción de ningún tipo de moluscos sin los permisos correspondientes, los trabajadores de la ría aseguran que, en un día de verano, no es raro encontrarse a bañistas intentando llevarse almejas, berberechos o navajas en los bolsillos. Son los conocidos ‘furtivos de bañador’, personas sin licencia que recopilan marisco pero que, a diferencia de los furtivos, no lo hacen de forma profesional.

Mercedes Mariño, de la Cofradía de Cabo de Cruz, en Boiro, enumera todos los objetos en los que ha llegado a interceptar marisco: colchonetas hinchables, balones, cubos de arena, botellas de plástico, envases de comida y los bolsillos del bañador. “Es llegar y ver gente con las manos en la arena”, explica. “Nosotras avisamos de que no se pueden coger porque es trabajo nuestro, sembramos y por eso pagamos una cuota”, narra Ana Cores, mariscadora en A Illa de Arousa.

Confirma que, pese a ser una práctica extendida y asimilada, en lo que va de temporada han interceptado a más personas que años anteriores. El mes de agosto, cuando la población de los municipios costeros aumenta significativamente a causa del turismo, es clave. “Viene mucha gente de fuera a la que le hace gracia coger un par de mejillones y llevárselos de recuerdo. Echan la mano y capturan alguna que otra pieza, pero aunque no sea mucha cantidad, si lo hace día sí y día también todo el mundo, se nota”, continúa la mariscadora.

Explica que no es difícil identificarlos. Partiendo de que no son furtivos profesionales y de que no tienen el conocimiento necesario como para saber dónde puede haber marisco y dónde no, lo extraen con la marea baja, cuando las plantaciones quedan a la vista. Tampoco se llevan mucha cantidad, “solo un par de mejillones para darle sabor al arroz”, y no les importa el tamaño del molusco “porque no saben, ni les interesa, identificar una buena pieza”.

Para paliar el problema, las mariscadoras hacen turnos de vigilancia en las zonas de costa. Explica Ana Belén Sotelino, presidenta de la Agrupación de Mariscadoras de Redondela, que, entre todas, contrataron una empresa externa para desempeñar las tareas de vigilancia durante el año. A esta se le suma el representante de la Cofradía, que ejerce la misma labor de control. Ellas, las mariscadores, los ayudan en los meses de verano, cuando el turismo en la zona incrementa el número de usuarios de los arenales. En total son ocho mujeres, que se dividen en grupos de dos o de tres para patrullar los diferentes sectores. “El 80% de la gente que viene a la playa de Chapela se lleva algún marisco”, sentencia.

Algo parecido sucede en A Illa. Explica Ana Cores que, para vigilar, las mujeres se dividen en parejas. Pasan cada día cuatro horas recorriendo los arenales en busca de furtivos y, de media, asegura interceptar tres o cuatro por jornada. “Tienes que estar atenta para asegurarte bien de que no se te escapan. Ves a mucha gente agachada que no sabes qué está haciendo, si castillos en la arena o buscando algún berberecho”, explica la mariscadora.

“Tenemos la obligación de vigilar. Es nuestro trabajo”, reflexiona Francisco Pérez, de la Cofradía de Noia. A diferencia de sus compañeras de las Rías Baixas, se muestra más cauto sobre el estado del ‘furtivismo de bañador’. Señala que este año todavía no han tenido demasiadas incidencias. Aún así, guardan cada zona de su costa con patrullas compuestas por dos o tres mariscadoras. En total, con los turnos, a cada una le toca trabajar entre dos y tres veces al mes.

En cuanto interceptan a algún bañista atrapando marisco, primero apuestan por el diálogo. Se dirigen hacia la persona y le explican la situación. “Algunos lo hacen de forma inocente porque desconocen que no se puede coger el marisco así como así”, explica Pérez, haciendo hincapié en que muchos vienen desde fuera y no están familiarizados con la legislación de la costa. En parte, cree que es un problema de concienciación: “No tenemos muchos avisos en la entrada de las playas y los que hay no son muy visibles. Al llegar, por muy grande que sea, la gente no se percata del cartel”.

Cuando se trata de veraneantes que no son conscientes de que su acto puede ser un delito, el patrón no recuerda conflictos. “Les pedimos que nos enseñen lo que tienen y que lo suelten de nuevo en el mar”, explica. No obstante, el perfil del ‘furtivo’ es amplio y no todos encajan de la misma manera la advertencia. “Ves a algunos que suben una y otra vez del agua a la toalla cargados con cubos. Esa gente sí que sabe lo que hace”, indica el noiés.

En esos casos, las mariscadoras indican que la justificación más escuchada es que “el mar es de todos”. Ana Cores cuenta cómo, hace un par de días, tuvo que ir a llamarle la atención a un bañista. “Cuando le expliqué que no podía llevarse el marisco, me dijo: ‘Si no lo puedo sacar, me lo como en la playa’”, relata.

Cuando se niegan a devolver la carga al mar, llaman a la Guardia Civil. “Nosotras no podemos poner multas, solo avisar”, explica Mercedes Mariño. En la Cofradía de Cabo de Cruz, cada mariscadora aporta una cuota para contratar a un guardapescas. No obstante, su función es la misma: interceptar y comunicar, no sancionar. La mariscadora relata que, la última vez que se vieron obligados a llamar a la Guardia Civil, el furtivo se negó a identificarse. A veces es más sencillo dejarlo pasar.

“Hay muchas zonas en las rías que están contaminadas y el marisco cultivado en ellas tiene que pasar obligatoriamente por la depuradora”, indica Mariño. Las mariscadoras coinciden en señalar que coger el marisco para el consumo propio puede suponer un problema para la salud. “Ese marisco no se puede llevar directamente a la cocina porque pueden acabar en el hospital”, sentencia Francisco Pérez, el patrón de Noia, que califica el furtivismo de bañador como una práctica dañina para la salud. “Hay muy pocas zonas en las que puedas coger el cultivo y llevarlo a la boca directamente”, concluye.