Crónica del concierto en el Palacio de la Ópera de la Sinfónica de Galicia el viernes 19 de febrero de 2021. ‘Concierto para piano nº4’ de L. V. Beethoven y ‘Sinfonía nº 41, Jupiter’ de W. A. Mozart. Javier Perianes, al piano, y Anja Bihlmaier, directora

Si nuestros dirigentes fueran conscientes del poder de la música, y del impacto que produce en las personas, créanme que no lo desaprovecharían abriéndolo al 30% de su capacidad, porque uno sale renovado, transformado y con ganas de vivir.

Volvía la OSG a su casa después de unos meses de destierro en el Coliseum, y se sentía emoción, ganas de reencontrarse con su público, con su sala. Era tal la simbiosis tras el concierto que la propia Orquesta aplaudía al público, ¡a su público!, que puesto en pie le correspondía emocionado y entregado sin dejar de aplaudir, como si nuestra orquesta se hubiera clasificado para la final de la Champions. Créanme si les digo que fue lo mas emotivo de la noche.

En un momento de una película de Lone Scherfig, un niño le pregunta a su madre tras escuchar la música que salía del interior de un edificio: “¿Qué se hace ahí mamá?”. “Pues no lo se —responde la madre—, creo que cierran los ojos y escuchan”. Y así afronté yo mi primer concierto tras tanto tiempo, y el subidón que me produjo el sonido del Steinway que manejaba Perianes ya no me abandonó. Ese comienzo inusual del piano solo es una maravilla y premonitorio, porque si se logra ese climax inicial, engancha al oyente ya todo el concierto, como así sucedió. Perianes es un pianista sobrio, sin un gesto de más, pero con tal dominio que puede permitírselo porque no le hace falta para cautivar a un público y a una orquesta, que ya tiene ganados de antemano con su música. Ese sonido del segundo movimiento es el resultado del músico que profundiza en el sonido, en querer producir la emisión del mismo sin forzarlo, y transmitirlo desde su alma. Un concierto, el cuarto de los cinco que compuso Beethoven, que Perianes pudo degustar gracias al fantástico acompañamiento de orquesta y directora, ayudando en todo momento a brillar a uno de los grandes músicos españoles del momento. Chapeau para Anja Bihlmaier guiando a la orquesta en una siempre acústica difícil, ya que aunque parezca imposible los músicos no se oyen entre ellos y dependen del director que les guíe para no estar a ciegas. Y vaya si los guió, sobre todo en las entradas de la orquesta tras las fermatas del pianista o en los pizzicatos de la cuerda. Su elegancia y gracilidad con la batuta se tradujo en un sonido resonante de la OSG en los acordes y en los finales de frase, con ganas de llegar hasta el último recoveco de la sala con su música, encontrando en el primer movimiento de la Júpiter los mejores momentos de la última sinfonía que Mozart compuso. La exactitud del los pizzicatos arrancando el sonido desde los bajos aún me sigue asombrando con la distancia física que hay entre contrabajos y violines. Tras la síntesis tan genial, si se puede decir así, de dos géneros tan opuestos en forma y espíritu como la sinfonía y la fuga del movimiento final, uno se queda pensando por qué Mozart no siguió componiendo más sinfonías en los siguientes tres años antes de su muerte. Buen concierto, con pequeños detalles, como el pequeño solo de la sección de violas en el concierto; la fusión en un solo instrumento de flauta y oboe que solo puede conseguirse con la perfección de afinación, ritmo y un gran balance que lograron en gran parte de la noche; los estupendos momentos de los primeros violines; y los contrabajos con su buen hacer hoy,. Estos detalles son los que marcan la diferencia y nos dejan esos momentos mágicos.