Opinión | arenas movedizas

Cuando éramos felices

Hubo un tiempo en que éramos felices y la democracia era aburrida. La actualidad apenas se sacudía por si una proposición no de ley era roja o azul y la principal amenaza era el mal de las vacas locas. Qué recuerdos de aquellas imágenes de una vaca de lengua azul en la soledad de una granja, ni siquiera macrogranja, granja a secas, y qué emotivo, visto desde este 2022 que arrancó pusilánime, revisitar las hemerotecas con las estadísticas de la gripe a una columna y el perfil a toda página del futuro dirigente de un partido que prometía la regeneración. Qué lejos debe de andar la regeneración para que nuestros políticos siempre estén prometiéndola.

Lo más escandaloso era una teta de Sabrina y luego las Mama Chicho, aquel combo de bailarinas que sacudió las televisiones privadas y nos parecían el colmo de la modernidad catódica porque venían de Italia. Un tal Berlusconi había inventado la carnaza televisiva que anhelábamos que llegara a la España del primer canal y el UHF. Las cosas aquí siempre parecía que ocurrían muy lejos. El kilómetro emocional. La hambruna de Etiopía, el régimen de Idi Amin, los golpes de Estado en América Latina, los vídeos de Frankie Goes to Hollywood, Reagan y Chernenko peleándose en un ring de mentira, Gadafi recibía en palacio y regalaba camellos, Hernández Mancha le decía a Suárez “dónde vas, Adolfo mío”. Todo excepcionalmente lejano, como aquella otra vaca argentina (en todas las crisis siempre aparece una vaca) muerta de hambre en tiempos de corralito en el país de la vaca (hay más vacas que personas en Argentina).

Aquello era la normalización del drama. Nos cruzábamos con los voluntarios de la hucha del Domund sin pararnos a pensar que si nos plantaban una pegatina en la solapa era porque había hambre en el mundo. Los niños de vientre hinchado parecen haberse desintegrado de la actualidad. La mafia mataba a Falcone y Borsellino; ETA, con todo su horror, era un par de páginas más en la actualidad que atacaba en el pueblo de al lado pero nunca en el nuestro, hasta que lo hacía y aprendíamos al poco tiempo a convivir con aquello como un elemento del decorado. Los chicos de la gasolina, les llamaba Arzalluz, así, sin más, como quien se pone a dar tiros en la nuca como el que come palomitas. Qué se le va a hacer, maldita sea, pensábamos, ponme una caña.

Todo cambió hace un par de años. Primero el virus y ahora la guerra. Guerras ha habido siempre y virus también. El reportero Pérez-Reverte era un habitual a la hora de la comida y hoy tenemos que esforzarnos para acordarnos de las guerras que contaba. De aquello solo queda aquel Pérez-Reverte que luego se hizo novelista y más tarde tuitero. El ébola nunca nos asustó porque nuestros amigos no mueren de ébola, sino de COVID; la guerra no nos atemorizaba porque era en Oriente Medio y a sus víctimas nunca las vimos pasear por Benidorm o Lloret de Mar. Nuestra retina almacena cada minuto del 11-S, pero en menor medida las guerras que llegaron a consecuencia de aquello. Otra vez el kilómetro emocional.

Qué felices éramos a pesar del horror. O creíamos serlo, porque ya no nos acordamos de lo que nos entristecía convivir con todo ese espanto. Desde marzo de 2020 hasta hace apenas un par de semanas no ha habido día en que el COVID no apareciera en las portadas de los periódicos. La historia todavía continúa escribiéndose en el papel y no en internet, donde la actualidad se cuenta al minuto pero no pasa al cajón de la memoria. Hace unos días, me sobrecogí al no ver en las primeras páginas una sola noticia del coronavirus. La guerra había vuelto. Ni un día sin guerra en la historia del planeta.

Olvidamos pronto. El olvido es el mejor antídoto contra el horror. También contra la inacción. El tiempo no cura, el tiempo acostumbra. Tan felices no éramos, entonces, salvo en aquellos momentos de aburrimiento en que no pasaba nada. Arrumbamos los efectos devastadores del miedo porque preferimos recordar a las Mama Chicho antes que hacer memoria del conflicto bélico que nos narraba Pérez-Reverte mientras sorbíamos cucharadas de sopa. Y es en estos momentos, cuando vemos a un niño ucraniano jugar con un peluche en una estación de metro, con los misiles jarreando en el exterior, cuando echamos de menos aquel aburrimiento y a aquella vaca loca de lengua azul. Ojalá la democracia vuelva a aburrirnos de nuevo.

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