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La Opinión de A Coruña

Jorge Dezcallar.

Ucrania: posibles finales de una locura

Si uno se pregunta cómo va a acabar la guerra de Ucrania, una guerra imperialista propia del siglo XIX, la respuesta obvia es que mal. Mal para todos, para los ucranianos en primer lugar, para los rusos en segundo lugar y luego para todos los demás, desde los europeos afectados por las subidas de precios hasta los africanos que no recibirán el grano que les llegaba de Ucrania. Ya se anuncian hambrunas en el Cuerno de África. Tampoco conviene a China la recesión económica que se anuncia, el alza en los precios de las materias primas o los cortes en las líneas de suministros. Todos perdemos con esta loca aventura.

Lo ideal sería que a la vista del empantanamiento de la guerra el Kremlin buscara una salida lo menos deshonrosa posible que le permitiera salvar la cara, aunque solo fuera de puertas adentro porque de puertas afuera será muy difícil a la vista de las barbaridades que ha cometido y del fracaso de la “operación militar especial” que ha montado. Cuando pasan estas cosas lo mejor es recortar pérdidas antes de que sea demasiado tarde rebajando las expectativas en una negociación que se plantea muy difícil: Kiev puede hablar de corredores humanitarios, renunciar a la OTAN y aceptar otras exigencias de desarme así como sobre el estatus de la lengua rusa, pero difícilmente podrá reconocer formalmente la anexión de Crimea o la “independencia” de las “repúblicas” de Lugansk y Donetsk, o la pérdida de más territorio.

Otra cosa sería regresar para Donbás a autonomía que contemplaban los acuerdos de Minsk de 2015 que Ucrania no quiso aplicar mientras tuvo tiempo para hacerlo. La información de que hay negociaciones que pueden poner fin a la guerra han hecho subir las Bolsas de medio mundo. Ansiamos tener buenas noticias.

Pero también puede suceder lo contrario: que las conversaciones fracasen ante las demandas rusas y que el Kremlin doble la apuesta y eche el resto empeñando a todo su ejército para planchar Ucrania como hizo en Chechenia, o que utilice armas terribles que acaben con la voluntad de resistencia de la población, como pueden ser las químicas o bacteriológicas sobre cuyo uso los servicios de inteligencia norteamericanos vienen advirtiendo desde hace algunos días. O las mismas bombas nucleares tácticas cuyo radio de devastación “se reduce” al perímetro de 1,5 kilómetros y de las que Rusia al parecer posee un par de millares. Ninguna de las cosas parece probable pero el mero hecho de que se hable de ello, aunque sea como posibilidad remota, es ya de por sí muy preocupante, al igual que cuando se utiliza el término de Tercera Guerra Mundial. Si Rusia llegara a utilizar esas armas habría que saber cuál sería la reacción de la OTAN ante semejante acto de barbarie.

Cabe otra posibilidad, al menos desde un punto de vista teórico, y es que el conocimiento real de lo que sus soldados están haciendo en Ucrania llegue a la población rusa y descubra que no liberan del nazismo a nadie sino que machacan a los “primos” ucranianos que son eslavos como ellos y que están muy ligados a Rusia y a su historia, hasta el punto de existir muchos lazos familiares entre ellos, tantos que Putin los considera “un solo pueblo”. Hay amores que matan. Y si a eso se añaden unas sanciones que ya han hecho que el rublo pierda el 50% de su valor, que los ciudadanos no puedan disponer de su dinero como consecuencia de un “corralito”, ni enviarlo ni recibirlo por estar fuera del sistema Swift, cuando sean conscientes de que las inversiones extranjeras se retiran, cuando vean que sus artistas y deportistas son vetados en el mundo, cuando comience a haber desabastecimiento en las tiendas y ellos no puedan viajar por falta de vuelos y porque sus pasaportes no son aceptados, y además constaten que, como resultado de todo ello, se han convertido en los parias de la Tierra, entonces quizás los rusos se vuelvan contra el autor de este desaguisado y le pidan cuentas del desastre al que les ha conducido.

A corto plazo las esperanzas del mundo están puestas en las negociaciones. Ojalá progresen y acabe el sufrimiento de tantos inocentes como a diario nos muestran las imágenes de los telediarios.

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