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La Opinión de A Coruña

Pilar Garcés

El desliz

Pilar Garcés

Impostoras desde niñas

Un estudio publicado en la revista Science Advanced revela que las adolescentes son más propensas que sus compañeros a atribuir un eventual fracaso a su propia falta de talento. No es una conclusión cocinada a base de apreciaciones e hipótesis, sino derivada de la respuesta de 50.000 estudiantes de 72 países a una pregunta incluida en el cuestionario de 2018 del programa PISA. Tampoco trata de una revelación radicalmente novedosa, pues ya otros informes destacaban la falta de referentes femeninos cuando se preguntaba por personas muy listas tanto a alumnos como a alumnas, o evidenciaban la paradoja de que las niñas de seis años estén menos predispuestas que los niños a pensar que las personas de su sexo son brillantes. A la pregunta de si cuando algo les sale mal atribuyen la culpa a sus carencias, “cuando estoy fallando, tengo miedo de no tener suficiente talento”, textualmente en PISA, las chicas responden afirmativamente en un 61 por ciento, mientras que los chicos lo hacen en un 47 por ciento. La famosa voz interior boicotea con más mala leche a nuestras hijas, que ante un fallo puntual se hacen una enmienda a la totalidad, mientras que nuestros hijos consideran otras opciones como una circunstancia adversa, la pura casualidad, un mal día o la simple suerte aciaga. Esta manera de acatar que no se tiene suficiente habilidad al primer fracaso contribuye a la falta de asunción de retos vitales y profesionales, que acaba en la clamorosa ausencia de mujeres en puestos de responsabilidad, en oficios tradicionalmente masculinos, en cargos políticos y etcétera. Ellos no suelen pensar que les falta capacidad. Pero me he ido a los problemas de nuestras generaciones de mujeres educadas para no molestar ni sobresalir, cuando las alarmas están saltando en la cantera. Pensaba que el famoso “síndrome de la impostora”, que paraliza a quien lo sufre porque no se considera digna de la responsabilidad o el reto que le proponen, que se machaca convencida de que no estará a la altura y que se convence de que no merece su éxito, era un mal del que venían vacunadas las jóvenes generaciones. Lo han sufrido mujeres de carisma arrollador como Michelle Obama, Angela Merkel o Meryl Streep, y por suerte (y según relatan ellas con mucho esfuerzo) se han sobrepuesto a esa suerte de carcoma de la autoestima que ordena a las mujeres que no ocupen el lugar que se han ganado. Pero lo de las adolescentes me deja perpleja, va a resultar que las féminas venimos sin autoconfianza de serie por algún tema biológico, o ambiental.

Y entonces, qué podemos hacer por nuestras hijas. El estudio de Science Advanced explica que las diferencias más notables entre las percepciones de sus capacidades de niños y niñas, desfavorables a ellas, se registran precisamente en los países con mayores niveles de igualdad social y mayor desarrollo. La bomba. A más derechos y menos zancadillas, menos amor propio. A mejores circunstancias para que las chicas pongan a prueba todo su potencial, estereotipos de género igual de tóxicos. Se me ocurre que la reacción machista a los avances de las mujeres puede llevarles a evitar la competición y la dificultad. No quiero, no puedo, no sé, como escudos para vivir más tranquilas. También que sus referentes culturales no han incorporado a las mujeres empoderadas que se equivocan y siguen adelante, que aceptan los retos y ya habrá tiempo de arrepentirse. Les tenemos que explicar muy bien que permitirse cometer errores es la única manera de vivir sin miedo.

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