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La Opinión de A Coruña

Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

¿Información o movilización?

Habría que preguntarse si muchos medios, sobre todo audiovisuales, de nuestro democrático Occidente no están confundiendo últimamente su obligación de “informar” con la de “movilizar”.

Es como si se tratara de preparar a la opinión pública para una inevitable carrera hacia el rearme frente al oso ruso.

Es, por supuesto difícil, resistirse a las continuas imágenes de la destrucción, de esa inmensa carnicería en la que se ha convertido la invasión de Ucrania con los cadáveres de civiles esparcidos por el suelo y la diaria huida en masa de mujeres y niños.

El espectáculo casi cinematográfico que se nos sirve a todas horas desde los medios y redes sociales impide reflexionar con un mínimo de serenidad sobre lo que sucede, sobre sus causas y las posibles soluciones.

Se echa de menos ya no solo en las informaciones sobre esa guerra en suelo europeo, que no es por cierto muy distinta de otras guerras de las que, sin embargo, apenas nos hemos ocupado, un análisis mínimamente histórico que pueda ayudar a entender, que no justificar, algo que nos resulta tan repugnante como incomprensible.

Para el ensayista indio Ruston Bharucha, “hay algo de pornográfico en esa maximización del poder de la violencia” mientras que para el crítico cultural estadounidense Henry Giroux “la militarización de la estética” a que asistimos sólo parece servir “a la guerra permanente” (1).

En los programas de radio y televisión de todo Occidente —da igual que uno esté en España que en Inglaterra, Alemania o Estados Unidos—, aparecen continuamente los mismos o similares personajes soltando más bien simplezas binarias sobre la lucha entre el bien y el mal absolutos.

El bien lo personifica siempre, por supuesto, Estados Unidos, “líder del mundo libre”, que nos llama ahora a defender a la inocente Ucrania contra las fuerzas del mal, encarnadas, ¿cómo no?, por la Rusia de Vladímir Putin.

Sin que pueda negarse esto último a la vista del criminal comportamiento del líder ruso en el país invadido, no puede tampoco olvidarse la brutalidad con la que Estados Unidos invadió también otros países —véase, por ejemplo, Irak— sin que ello le pasara factura.

Pero esta vez el atacado es un país europeo, de gente blanca y, por más señas, cristiana, y esto es algo que se tiene muy en cuenta en otras partes del mundo, donde se denuncia la hipocresía que rodea el tratamiento mediático de este conflicto.

El problema de lo que algunos ya califican de “militarización” de la información por parte de los medios de referencia es que éstos no parecen admitir nada que no sea la versión de los hechos que sirve a la causa de Occidente.

Solo así se explica, entre otras cosas, el apagón de la “propaganda” rusa, contraria a todas las buenas palabras sobre libertad de información en nuestras democracias.

Como me escribe, no sin sarcasmo, un buen amigo lingüista que ha estudiado a fondo los mecanismos del poder, “nuestras autoridades velan siempre para que nadie nos pueda intoxicar”.

Numerosos ex corresponsales italianos de distintos medios que han cubierto otras guerras han firmado una carta pública en la que denuncian el hecho de que se nadie parezca molestarse muchas veces en verificar las noticias sino que se den automáticamente por buenas si la fuente es Kiev.

¿Cómo explicar, si no es por ese ambiente militarista, que en Estados Unidos, los Socialistas Demócratas del senador Bernie Sanders y la representante Alexandra Ocasio-Cortez, hayan sido acusados de “traición” y de “apoyar el expansionismo ruso” solo por poner en cuestión el envío continuado de armas a Ucrania por parte de los países de la OTAN?

Aunque el grupo de Sanders condena sin paliativos la invasión rusa, al mismo tiempo aboga por acabar con el tono beligerante de los principales medios de comunicación estadounidenses. Pero no se admiten matices: la condena debe ser total.

Así, para The New York Times, “no hay ya tiempo para discutir si las quejas de Rusia (sobre la expansión continua de la OTAN) tienen o no base real”. O sea: Roma locuta, causa finita. ¡No se hable más!

(1) En la publicación independiente ‘Truthout’.

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