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La Opinión de A Coruña

Ana Bernal Triviño

Miente, que algo queda

En 2018, la Comisión Europea advertía que España era el país de Europa que más noticias falsas recibía. Y un informe de Gartner detallaba que en 2022 se consumirían más noticias falsas que verdaderas. Ya estamos en ese 2022 y recordé este dato cuando, en algunas conversaciones al azar en estos días, he escuchado bulos expresados como verdad. Vox ha sabido capitalizar este espacio de desinformación, aun solo con el interés de generar incertidumbre y alimentar a grupos sociales descontentos.

Lo vimos en la propia pandemia. Cuestionar la legitimidad del Gobierno, a pesar de que ello implicara el rechazo a las reglas más básicas de la democracia, sirvió de argumentación para negacionistas o para caceroladas en los barrios con más renta de Madrid, que apenas estaban sufriendo los estragos económicos de la pandemia. En la misma etapa, les vimos alentar el bulo de que la manifestación del 8-M provocó la expansión del virus, llegando el caso hasta los tribunales, donde se archivó. Incluso se dudaba de la objetividad de la ciencia para sugerir inclinaciones políticas. Quizás ya aquello nos parece lejano pero estos días, aprovechando el alza de los precios por la guerra, sabían que la crisis era una oportunidad para vender que estábamos casi al borde del apocalipsis. Algunos medios se sumaron al espectáculo en lugar de contrastar e informar lejos de los bulos, para generar una menor tensión social.

Lo vimos con la huelga de transportistas. Y no porque sus reivindicaciones no fueran legítimas y urgentes, que lo eran, sino porque se explicaba muy poco que el grupo que más presión ejercía no respetaba las normas democráticas de representación de su colectivo. Pero, porque además, incluso después de las negociaciones entre Gobierno y representantes del sector, el grupo que mantenía el paro hacía aún peticiones que ya sí estaban aprobadas en ese acuerdo cerrado.

Lo mismo ocurrió con la falsa alarma de que la reforma laboral impedía las jornadas de trabajadores durante la Feria de Sevilla. Los medios dieron eco a unos empresarios que pedían jornadas ilegales. No solo porque la jornada en España de ocho horas lleva desde 1919 y el descanso de 12 horas entre jornadas desde 1980. Es que, en aquella rueda de prensa, nadie preguntó a aquellos empresarios cómo podían estar en contra de una reforma laboral acordada por la propia patronal, que dijo que “garantizaba la paz social”. Esos transportistas y empresarios se han quedado solos pero durante días alimentaron rumores entre sus trabajadores, tertulias lejos de datos y referencias, cadenas de grupos de WhatsApp o en Telegram y nudos de información en Twitter donde, casi siempre, los resultados analíticos demostraron cómo líderes de Vox o afines estaban detrás de la dispersión de estos contenidos.

Lo último lo hemos visto con el nuevo vicepresidente de Castilla y León. Por un lado, con la ley de violencia intrafamiliar para negar la ley de violencia de género. Por otro, dicen que “la izquierda ha utilizado la historia para dividir a los españoles, odian la reconciliación nacional y el abrazo que se dieron nuestros abuelos”. Pero la ley de memoria histórica actual no hace ninguna separación entre víctimas, sino que los equiparaba por igual. Y resulta que todo el mundo tiene derecho a localizar y enterrar a sus abuelos. Y eso pasa por reconocer que quienes perdieron la guerra aún están sin enterrar y eso no implica abrir heridas.

A veces, ellos mismos niegan sus propios bulos, aunque en esos casos no los mueven mucho por redes sociales. Ortega Smith hace tiempo dijo que había que reducir “el gasto político innecesario, el despilfarro en las comunidades autónomas”. De hecho el vicepresidente de Castilla y León, García Gallardo, ha manifestado que pedirán derogar el título octavo de la Constitución, sobre las autonomías. Mientras, ellos cobrarán un sueldo en esas autonomías, a veces bastante más que el propio presidente del Gobierno. Será el caso de Carlos Pollán, presidente de las Cortes, que se llevará 101.555 euros al año.

Las ideas ultras avanzan. Estos días a Le Pen, en Francia, ni siquiera su apoyo a Putin le restó apoyos. Por si alguien duda, Abascal felicitó a Marine Le Pen el pasado 11 de abril. Todo queda en familia. Y mientras tanto, una sociedad desinformada sin reflexión. Aunque días después algunos medios nieguen el bulo, ya es tarde. “Miente, que algo queda” es la estrategia. En su caso, 52 escaños y una vicepresidencia, que no salen de la nada. Con la mentira les sale la cuenta a favor.

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