Kiosco

La Opinión de A Coruña

Miqui Otero

O yo o el caos en Francia

Debería existir un punto en el Código Penal y una celda en el infierno para el que pretende opinar solemnemente sobre un asunto porque algún día pisó un país (un viaje de fin de curso en Portugal o una escala en un aeropuerto de Centroamérica). Y, sin embargo, me ha cogido la primera vuelta de las elecciones francesas en Arlés, en el sur de Francia, así que me dispongo a arriesgar mi futuro en la cárcel o el porvenir de mi alma.

Hay el agravante de que llegué apenas horas antes del escrutinio. Digamos que no me dio tiempo a entrar en el anfiteatro romano ni a cortarme la oreja como sí hizo aquí Van Gogh. Ni siquiera a escuchar a muchos lugareños. La muestra demográfica que manejo es absurda, diminuta: el anfitrión del piso donde duermo. Discos de Noir Désire, AC/DC o Jacques Dutronc, fotografías enmarcadas de motos de trial en desiertos y de humo en manifestaciones, chupa de cuero. Él no parece que haya ido a votar, aunque se alarma ante la posibilidad de que gane “esa mujer” (Marine Le Pen).

Por las calles, el cuartel del Partido Comunista cerradísimo, pósteres situacionistas en las fachadas (como el célebre Las elecciones se han anulado o como una variación del de los adoquines y las playas que reza: Detrás de este muro está Ibiza) y carteles electorales en las afueras que resisten en mejor o peor estado: el del fascista Éric Zemmour con los ojos arrancados (ha conseguido dignificar y convertir en asimilable a Le Pen, “que ya no parece Hannibal Lecter”, dice el editorial de Libération), intactos los de los varios partidos de izquierdas que se presentan (se huele victoria aquí de Mélenchon), mellada la sonrisa de Macron.

Se intuye, en la salud de estos carteles y en la frase de mi anfitrión, el desengaño del votante de izquierdas que ha visto cómo la izquierda no ha actuado como tal. Y que no hay razón para votarla, del mismo modo que uno no compraría una cáscara de nuez vacía.

Ante esta situación, un presidente que se presenta como centrista, liberal y europeísta. Que se presenta, en realidad, como la única opción. O yo o el fascismo. O yo o el caos. Explica Antonio Delgado en su magnífica serie de pódcast La batalla de Francia, que podéis escuchar en la web de RTVE, que lo malo de plantear siempre ese dilema es que en algún momento puede ganar el caos. Y muchos de los analistas franceses que consulta interpretan la figura de Macron como el síntoma del desplome del sistema político francés. Uno no sabe si es el héroe o el antihéroe, porque puede ser quien lo mantenga con vida, claro, pero también quien haya provocado y certifique su defunción.

Ya dejó escrito Manuel Vázquez Montalbán que el primer paso para que algo desaparezca o muera es que alguien (o muchos) hable de salvarlo. Sean koalas, cascotes polares o estados del bienestar, añado. Esto sucede aún más cuando se supone que toda su supervivencia depende de una persona. En el Barça lo sabemos bien: Cruyff, Maradona, incluso (y esto me duele decirlo y probablemente sea falso) Messi.

Y Macron no es Messi. Se parece más a un ambicioso personaje de Balzac, aunque tiene algo de Fouché, el político que resistió a la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la restauración monárquica gracias a, según su biógrafo Stefan Zweig, “su talentosa falta de carácter”. De ideología.

Y, sin embargo, sospecho que mi anfitrión votará en la segunda vuelta, quizás siguiendo el consejo de Mélechon: “Ni un voto a Le Pen”. No esta vez. No por el momento. Aunque en la portada de Libération leo al día siguiente: “Esta vez da miedo de verdad”.

Compartir el artículo

stats