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La Opinión de A Coruña

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Jorge Fauró

El último aliento de Ciudadanos

La noche electoral andaluza del 19 de junio puede representar para Ciudadanos el comienzo del fin o prolongar su agonía por espacio indefinido a la sombra del más que probable contexto de un PP en minoría o con apoyos de la ultraderecha. En ambos casos, el predecible escenario que se presenta para la formación naranja la aboca a plantearse si le conviene seguir navegando para tratar de sobrevivir lejos de puerto; si nadar a merced de las corrientes con escasas posibilidades de no perecer de hipotermia; o si amarrarse definitivamente a la maroma de salvación que las baronías populares están arrojando a sus dirigentes desde hace meses.

En cualquier caso, todo apunta a que el proyecto nacido hace más de una década de la iniciativa de Albert Rivera y de otros miembros fundadores está condenado a diluirse en el recuerdo de una parte notoria del electorado que, de forma ilusionada, les compró el discurso, ese que les situaba a la izquierda del PP y a la derecha del PSOE, el centro sociológico que determina el éxito o el fracaso en las votaciones.

Ciudadanos nada en la intrascendencia, aunque no en la irrelevancia. Es intrascendente por cuanto ha dejado de importar a su electorado de cara al futuro, pero continúa siendo relevante en gobiernos municipales y en algunas diputaciones provinciales donde todavía sustenta al poder ejecutivo, bien el propio o bien apuntalando a otras formaciones. En muchos casos, su apoyo incondicional al partido del que ha llegado a parecer una escisión evidencia el fin de la aventura, pero —ya se ha dicho—, quedan enclaves en que continúa siendo indispensable para el PP en cuestiones de gobernabilidad, aun a costa de mirar de soslayo o de taparse la nariz en situaciones de sospecha, como está ocurriendo ahora en Madrid. Veremos por cuánto tiempo.

Lo cierto es que a raíz de la fallida moción de censura de Murcia de hace un año, con Inés Arrimadas desde aquel día entregada a la labor interna y ocupada en apagar fuegos lejos de los focos, Francisco Igea abandonado como una pareja despechada en Castilla y León, Toni Cantó en su chiringuito madrileño y Juan Marín convencido de la caducidad de sus servicios en Andalucía, el principal escaparate de la formación que venía a regenerar el centro político se reduce a Begoña Villacís en Madrid. No hay más que poner el oído a su intervención en el último pleno del Ayuntamiento, durante el debate sobre la presunta estafa de los cayetanos con las mascarillas y demás material sanitario antiCOVID, para advertir la dificultad para trazar una línea diferencial entre el discurso de Almeida y el de la portavoz de Cs. Isabel Díaz Ayuso, compañera de agrupación del alcalde de Madrid, no ha defendido jamás de forma tan enardecida al primer edil de la capital ni con el apasionamiento con que lo hizo días atrás Villacís. Una vez consagrada Ayuso como presidenta autonómica del PP, habrá que ver cómo la lideresa maneja sus buenas relaciones con Vox frente a la desafección que Martínez Almeida parece proyectar en la capital de España hacia el partido ultra.

La historia de Cs es conocida, por tanto, es gratuito repetirla. Nunca sabremos qué habría ocurrido con la organización en el caso de que hubiera cuajado una alianza entre Albert Rivera y Pedro Sánchez para formar gobierno. Lo que sí sabemos es cómo ha acabado la historia de algunos partidos minoritarios —regionalistas en este caso— que escucharon los cantos de sirena del Partido Popular, véanse los ejemplos de aquella desaparecida Unión Valenciana de González Lizondo o la profunda herida causada en Unión del Pueblo Navarro cuando dos de sus diputados cayeron tentados por la manzana envenenada que les ofreció Pablo Casado en el debate sobre la reforma laboral.

Ahora, y en previsión de lo que ocurra en Andalucía, Ciudadanos está valorando si concurre en conjunción con el PP en próximas listas electorales de la Comunidad Valenciana, Navarra o Baleares. Este Partido Popular, sin embargo, ya no es el mismo de Pablo Casado. Núñez Feijóo es poco amigo de coaliciones, como demostró en Galicia o cuando apoyó al exdirigente vasco Alfonso Alonso en su oposición a formar alianzas en Euskadi, lo que acabó costándole el puesto. La cuenta atrás de Ciudadanos comenzó hace meses. El comportamiento errático de Albert Rivera activó el temporizador y en Castilla y León ya detonaron las primeras cargas. Solo es cuestión de un par de meses comprobar qué capacidad de destrucción para el partido tendrá la próxima deflagración, el próximo 19 de junio en Andalucía.

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