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La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

Los consumidores son tontos

Ignacio Sánchez Galán ha depurado la frase cenital del marketing en cuatro palabras, “Los consumidores son tontos”. El presidente de Iberdrola no solo justifica su sueldo de 13 millones de euros anuales en plena pandemia, sino que logra una expresión inteligible incluso para las desastrosas clases medias. El genio de las relaciones públicas se refería a los clientes de la tarifa regulada, pero declarando tontos a esos diez millones de infelices, o fusilando a 26 millones como propone otro fenómeno siempre en tono jocoso, a los antidemócratas se les empieza a notar demasiado.

Una vez establecida la Ley Sánchez Galán de los tontos contemporáneos, y que por supuesto le excluye, ya solo falta decidir si bajo este impulso por la imbecilidad late la pujanza de Vox. O tal vez la ultraderecha moderada florece precisamente en el país de tontos que han creado prohombres como Sánchez Galán. En el lenguaje numérico que viene al caso, si los consumidores no fueran muy tontos, difícilmente tolerarían que el presidente de Iberdrola consiguiera un sueldo solo mil veces superior al de un trabajador medio, trabajando en un servicio esencial y por tanto con el negocio asegurado. Presume de tontos por propia experiencia.

En el inapelable juicio económico, Sánchez Galán equivale en ingresos a mil tontos, una acertada conclusión de su carrera profesional. La repercusión de la declaración hidroeléctrica de que España es un país de tontos ha sido curiosa. Las vicepresidentas Nadia Calviño y Yolanda Díaz han respondido tibiamente, tal vez porque en el futuro aspiran a un sueldo millonario en el sector energético, como tantos políticos jubilados. Más incomprensible resulta la reacción de las clases medias periodísticas. Si un independentista plantea una mínima duda sobre la convivencia nacional, hay que encarcelarlo por golpista. Cuando la denigración colectiva procede de un presidente del Ibex, son cosas de Sánchez Galán. Incluso se le disfraza de cómico honorario, una humillación para un titán de la mercadotecnia. Otros dirán que hay que ser muy tonto para tomarse a Sánchez Galán en serio, pero los precios y su sueldo le vienen dando la razón.

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