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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Cuando el dinero da calor

El final de las competiciones deportivas de invierno volvió a ser abundante en lágrimas. Lloraron, a moco tendido, los jugadores de los equipos de fútbol al término de los partidos que los descendieron a la Segunda División. Y lo mismo, o muy parecido, ocurrió con los jugadores de los equipos de baloncesto, balonmano, balonvolea, rugby, ciclismo, gimnasia, hockey (sobre patines, sobre hierba, sobre hielo), y con cualesquiera otras especialidades que contribuyan al entretenimiento de la masa cuando deja de trabajar (que es lo suyo) y tiene un rato de ocio reglamentado. Los medios, que ya han ritualizado esa expansión colectiva, nos pasan imágenes de mocetones derrumbados sobre el suelo e inconsolables para cualquier otro sentimiento que no sea su propio dolor. Pocos días antes de este funeral, los jugadores habían sido vilipendiados, insultados y hasta agredidos por esa misma hinchada que los acusaba de no sentir amor por los colores de la camiseta del club que les pagaba el sueldo generosamente. Tan generosamente como para permitirles comprar unos lujosos coches deportivos. De esos que solo están al alcance de multimillonarios, oligarcas rusos, jeques de Arabia, toreros y figuras del espectáculo. Tal es la fuerza del reproche que algunos seguidores tienden a asociar una racha de malos resultados con salidas nocturnas, excesos gastronómicos y ese tipo de vida que llamamos “disipada”. Al parecer, se dio el caso, cada vez más frecuente, de jugadores que habiendo sido contratados a precio de oro, ordenasen retirar sus automóviles del parking del club para evitar represalias. El calendario de la competición se vio alterado por la concurrencia de importantes acontecimientos deportivos (Olimpiadas blancas, Copa de Europa de fútbol de selecciones nacionales, Mundial de fútbol) que al unirse a los ya muy agobiantes torneos regulares provocaron un atasco monumental. Adelantar fechas resultó casi imposible y hubo que acortar espacios reduciendo también el tiempo entre unos partidos y otros. El sobresfuerzo se hizo notar y proliferaron las lesiones musculares. Los entrenadores y los preparadores físicos ensayaron rotaciones de la plantilla para aliviar la carga de trabajo, pero al cuerpo no se le engaña fácilmente y cuando se rebasan ciertos límites hay que parar. O lo paras tú o te lo para él de un pistonazo. Los principales responsables de este monumental desaguisado son el emir de Qatar, la FIFA, la UEFA y las entidades nacionales. El emir de Qatar, por haber jugado la baza propagandística de situar su reinado en el centro de atención mundial con la celebración del Campeonato Mundial de fútbol, el deporte con más seguidores. A nadie se le hubiera ocurrido tal atrevimiento porque en Qatar y alrededores hace un calor espantoso y jugar allí al fútbol es una temeridad propia de quien ha perdido el sentido de la orientación en el desierto y empieza a delirar. Repito, a nadie se le hubiera ocurrido, excepto al emir. Y el gran argumento para convencer a los no creyentes fue, como suele suceder en ese país de Las mil y una noches (y en casi todas partes), el dinero. Una cantidad fabulosa de dinero. Solo el dinero puede convertir el calor en frío polar y animarte a jugar al fútbol.

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