Kiosco

La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Sobre explicaciones imposibles

Prospera entre el pueblo llano, y entre la clase política, la exigencia al rey emérito de una comparecencia pública en la que debería dar explicaciones sobre su conducta. Nadie sabe hasta ahora qué explicaciones son esas, ni cuál sería el ámbito de la indagación, ni el lugar o institución apto para acogerla, ni quiénes iban a ser sus interlocutores, ya que semejante acontecimiento podría merecer desde un estudio de televisión hasta un escenario al aire libre, ante la previsible avalancha de ciudadanos curiosos. El mismo rey emérito, tampoco sabe a qué carta quedarse.

Durante su estancia en el Náutico de Sanxenxo, para asistir a una regata, bajó la ventanilla del automóvil en el que viajaba para atender a los periodistas de a pie que aguardaban micrófono en mano a sacarle unas pocas palabras. El diálogo fue brevísimo. “Majestad, ¿va a dar unas explicaciones?”, le preguntó la más diligente de la tropa mediática avanzando la alcachofa hacia la jeta real. ¿Qué explicaciones?, se le oyó decir con un ligero acento de broma. Mientras, el automóvil arrancaba otra vez y se subía el cristal de la ventanilla. Y tiene razón el monarca. Hay explicaciones imposibles tanto de pedir como de dar.

Estos días, les he oído decir a algunos diputados que no esconden su republicanismo, que Juan Carlos I debería comparecer ante una comisión parlamentaria para contestar a las preguntas que sus señorías tuvieran a bien hacerle. Sin límite de tiempo ni de materias. Imagino que la mayoría de ellas adolecerían de impertinencia y que la sesión derivaría en tumulto. Ahí es nada darse el gustazo de montar una cacería con el penúltimo de los Borbones coronados haciendo de zorro por el monte. No estamos en el tiempo de la Revolución Francesa ni conocemos a ningún parlamentario español con las cualidades necesarias para ejercer de Robespierre, una pena.

Así pues, descartada la posibilidad de una encuesta parlamentaria, el resto de las fórmulas propuestas adolecen de falta de sentido común. Una entrevista en televisión, con un presentador independiente y escogidos representantes de eso que pomposamente llamamos la “sociedad civil”, tampoco parece el protocolo (o formato) adecuado. El rey emérito tiene 84 años, mucha cirugía en el cuerpo, y un final de su reinado abundante en escándalos financieros y amorosos. Tuvo una infancia triste y con diez años su padre, don Juan de Borbón, lo envió a Madrid para que fuese educado por el general Franco, lo que es más triste todavía.

A la vera del dictador ferrolano se fue curtiendo en el manejo de los resortes del poder, siempre sin alzar la voz ni sacar los pies del plato. Luego se casó con la hija del rey de Grecia y esperó acontecimientos. A la muerte del sátrapa que, en su testamento, lo dejó bajo la tutela del Ejército y de la embajada de Estados Unidos, empezó a ganar peso en todos los sentidos con el apoyo de un político atrevido, Adolfo Suárez. Luego, vino el golpe fallido del 23 de febrero de 1981 y su mitificación como supuesto salvador de la democracia. A partir de ahí, cometió el error de creer que era el rey del mambo y que todo le estaba permitido. ¿Qué más hay que explicar?

Compartir el artículo

stats