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La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

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Matías Vallés

La vida de Boris es una juerga

Condenar a Boris Johnson por juerguista equivale a reprocharle la violencia explícita a Quentin Tarantino, ¿a quién pensabais que habíais contratado? Santiguarse por las celebraciones pandémicas del primer ministro descalifica a quienes le votaron y aplaudieron, porque siempre concibió su vida como una fiesta. Ascendió a primer ministro pese a que o porque desafiaba las convenciones, incluida la frontera entre realidad y fantasía. El escándalo acostumbra a residir en los escandalizados. Es dudoso que se pueda ni esbozar que el descaro de Boris Johnson produce envidia, y que la fiesta clandestina era la única reacción a confinamientos estilo gulag de ventajas sanitarias inciertas, pero de secuelas que se prolongarán durante años. Occidente se rindió al virus con la excusa de combatirlo.

La victoria esmirriada entre sus propios diputados es otra constante en la peripecia de Boris Johnson, siempre camina al borde del abismo. Tal vez debió sopesarse la victoria para Putin del descabezamiento de su principal enemigo occidental, y en cuanto repose la polvareda habrá que ahondar en la posibilidad de que el premier británico sea superior a sus enemigos. Es un bufón autoproclamado, pero también el autor de una biografía de cuatrocientas páginas sobre El factor Churchill. Y así se llega a la figura histórica que el cuestionado desea emular o parodiar.

Boris Johnson repite como héroe los capítulos más señalados de la biografía de su héroe, plagada de encontronazos con la legalidad y de reproches de sus correligionarios. Churchill se caracteriza por haber librado al mundo de Hitler mientras ejercía su santa voluntad. Al sucesor le falta por demostrar el valor en combate que imitó con su visita a Kiev, pero comparten una visión frívola de la existencia, una indiferencia apasionada hacia los vuelcos que impone el destino, el desprecio a la burocracia como obstáculo para la gloria. Sobre todo, el actual primer ministro sabe que Churchill se adentró en la década de ostracismo previa a la Segunda Guerra Mundial a la edad actual de su sucesor. De ahí que este replicara en el Parlamento que “mi carrera política acaba de empezar”.

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