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La Opinión de A Coruña

Ana Bernal Triviño

“En mi cuerpo mando yo”

En muchas reflexiones sobre el debate de la prostitución se usa una frase, de forma repetida, cual comodín: “Si las feministas decís con el aborto en mi cuerpo mando yo, ¿por qué no dejáis que las prostitutas decidan sobre su propio cuerpo?” Que alguien en contra del aborto diga esto, se puede entender. Que se haga desde la izquierda asombra por varios motivos.

Primero. La propuesta abolicionista que el movimiento feminista trasladada a las fuerzas políticas respeta, siempre, la decisión de la mujer que quiera ejercer la prostitución. No se prevén medidas punitivas a las prostitutas. La que lo desee podría continuar. La abolición persigue bajar la demanda, de ahí las medidas contra puteros y proxenetas. ¿Que perseguir a ellos pone en peligro a ellas? No, salva a muchas más. Sería la misma falacia decir que la ley de violencia de género, por establecer condenas a los maltratadores, pone en peligro a sus parejas en lugar de prevenir y condenar. Somos abolicionistas porque sus medidas contemplan a todas, las que quieran serlo y las que no. De lo contrario, seríamos prohibicionistas o regulacionistas, se dañaría siempre a una parte y ellos serían los salvados.

Segundo. La frase en mi cuerpo mando yo surge porque, justo, quienes solo decidían en el aborto eran las que podían pagárselo. La ley permite abortar a la que quiera y, la que no quiera, no está obligada. La decisión está en manos de cada una, al margen de su dinero. Por eso, en el caso de la prostitución, la abolición es la única vía para que cada una elija y sin necesidad económica. El dinero anula el consentimiento. Por ello, se prevén alternativas económicas. La decisión de una minoría no puede obligar al resto a ser explotadas, y cada vez más menores.

Tercero. Decir, en la prostitución, en mi cuerpo mando yo es una trampa. Porque cuando alguien paga por acceder a tu cuerpo, ya no haces lo que quieres con él. En la prostitución no mandas tú tampoco, manda quien te da el dinero. Porque, si ese hombre no te paga, no accedes. Luego, no es tu decisión, es la suya la que te condiciona. Y si paga, tu cuerpo deja de ser tuyo. Y ya no solo porque con ese dinero él puede acceder a ti sino porque impone las prácticas violentas que le apetezca. ¿Las consecuencias sobre tu cuerpo y mente? Da igual, no importan. “Es que también cedo mi cuerpo cuando trabajo en el McDonald’s”, dicen. Pues Evelina Giobbe, superviviente de la prostitución, siempre respondía: “Bueno, al menos, cuando trabajas en McDonald’s no eres la carne”.

Cuarto. No solo es que tu cuerpo no sea tuyo porque pague un putero, es que sabemos que el 90% de la prostitución es trata. “Pero es que la trata no es prostitución”, dicen. Pues resulta que sin prostitución no habría trata, así que sí que tienen relación. Y desde que pones un pie en esa red criminal dejas de existir como persona para ser un trozo de carne fresca, como dicen los propios proxenetas. No es que no tengas ya decisión sobre tu cuerpo, es que no tendrás decisión en nada de lo que pienses o quieras hacer. Sí asumirás una obligación: pagar la deuda que tienes con tus proxenetas. Por supuesto, están anulados tus derechos de circulación o de acudir a la sanidad si te encuentras mal, por ejemplo. ¿Qué libertad es esa?

Cuando respondes todo esto, dicen que somos una moralistas o puritanas. ¿Desde cuándo los derechos humanos son moralina? Un derecho humano no es ser explotada, eso es lo que hasta ahora ha hecho el patriarcado y el capital. Y esto sorprende que lo defienda la propia izquierda. ¿Por qué, entonces, no se regula la venta de riñones o de manos? ¿Por qué no se puede mercantilizar la sanidad pero sí se puede con el cuerpo de las mujeres? Si es un trabajo como cualquier otro, ¿por qué no te penetra tu compañero de mesa o no te obliga a drogarte para soportar el dolor o no hay tasas altas de suicidio? Que el discurso de puteros y proxenetas no se haga dueño del nuestro, con sus mismas trampas, o condenamos a las próximas generaciones a un sistema criminal que elimina toda libertad. Sí, en mi cuerpo mando yo es lo que el feminismo siempre ha gritado en el aborto y lo que también gritará en la prostitución, para que las que no son libres puedan serlo de una vez.

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